Crítica: Slumdog/Vicky

Por Enrique Núñez

La cámara viajera

Por Enrique Núñez Mussa

Filmar en otro lado. Ser verosímil y armar una buena historia con una realidad ajena. Ese fue el desafío de ambas películas ganadoras en los Globos de Oro de este año. “Slumdog Millionaire” situada en la India, dirigida por el inglés Danny Boyle, que se impuso con el premio al Mejor Drama y Vicky, Cristina, Barcelona filmada en España, del estadounidense Woody Allen, triunfadora en la categoría Mejor Comedia o Musical.
La India y España son locaciones que se convierten en un personaje más de la historia, que la condicionan y a través de la forma en que los protagonistas viven determinadas emociones, queda expuesta la visión que tiene cada director del país escogido.

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En “Slumdog Millionaire”, Danny Boyle, muestra a la India como un lugar para sacar canas verdes a cualquier Servicio Nacional de Turismo. La pobreza conduce al engaño y a la delincuencia, los turistas son estafados, pero no se trata de maldad sino de necesidad. Ese terreno en el que no existe la confianza, proporciona el espacio idóneo para el quiebre que da pie al argumento de la cinta.
Jamal es un adolescente hindú que concursa en la versión local del programa “¿Quién quiere ser millonario?”, su participación extraordinaria genera suspicacias y es sometido a un interrogatorio policial en el que la revisión del video sirve para profundizar en el pasado del protagonista y sus circunstancias hasta llegar al programa.
Un relato ágil, donde el desencanto es pan de cada día, por lo tanto la posibilidad de lograr cualquier meta implica un sacrificio: primero hay que ser torturado o embarrarse en mierda. Un ejemplo es la escena en la que Jamal debe lanzarse a un pozo de excrementos para conseguir el autógrafo de su ídolo bollywoodense, Amitabh Bachchan, y aún así su triunfo no está asegurado.

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No obstante, en ese ambiente hay algo que no logra contaminarse, que se mantiene puro a lo largo de la historia y es lo que otorga honestidad a esta cinta. Se trata del amor de Jamal por la chica que lo tiene flechado desde la infancia. Un amor dispuesto a soportar todas las pruebas, porque es su motor, su oxigeno. Un amor tan obsesivo como necesario. Aunque Jamal sea joven, tenga un trabajo estable y la opción de buscar otra mujer en la que centrar su interés amoroso, no lo hace, porque ese amor es su único refugio, familia y patria.
En ese sentido se entiende y justifica la crudeza con que Boyle muestra la India. Exponer un espacio donde aflora lo peor del ser humano, permite que si en una persona nace un sentimiento de amor genuino, resalte como un cobertizo en medio de una tormenta, un cobertizo único, pequeño considerando su magnitud en el contexto social, pero fuerte, porque en el amor de Jamal no hay espacio para consideraciones superficiales. Las inseguridades, el físico y toda clase de preocupaciones burguesas no tienen lugar cuando el amor es sinónimo de supervivencia.

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En amplio contraste con las relaciones amorosas está lo que Woody Allen plantea en “Vicky, Cristina, Barcelona”. Cinta en la que hasta el título suena a comercial turístico y en la que la ciudad aparece como un espacio de ensueño deudor del cine erótico, en el que están permitidas todas las fantasías. Evidencia de los prejuicios anglos respecto a la cultura hispano parlante.
Barcelona es el lugar para romper con la rutina, volverse loco y ser libre. El marco para que interactúen un lote de personajes que dan forma a la representación de una fantasía sexual, más que a una buena historia. No es casualidad que la escena que metió más bulla se trate de un beso entre Scarlett Johansson y Penélope Cruz.

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Javier Bardem encarna a un tipo que no podemos más que envidiar, tiene a tres mujeres hermosísimas completamente locas por él (literalmente en el caso de Penélope Cruz) con las que se puede dar el gusto de mantener una relación paralela, es un artista que vive de sus pinturas con una holgada situación económica y le sobra el tiempo libre. El sueño de Woody, el sueño del pibe.
Tanto Bardem como sus tres amiguitas, las guapísimas Rebeca Hall, Penélope Cruz y Scarlett Johansson, representan a eternos adolescentes. Siendo la última un personaje que roza en lo caricaturesco con su constante búsqueda y experimentación que nunca llegará a puerto. Lo mismo ocurrirá con los otros personajes, ya que están determinados por su inmadurez y ligereza, por esa razón viven el amor como si se tratara de un juego.

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En “Vicky, Cristina, Barcelona”, nos encontramos con seres chatos que no tienen por donde evolucionar: mientras los personajes de “Slumdog Millionaire” son niños-adultos obligados a madurar por medio de cambios drásticos, los de “Vicky, Cristina, Barcelona”, son adultos-niños que se pueden dar el gusto de sobredimensionar sus jugueteos para hacer más entretenida su existencia. Por lo mismo, resultan irrelevantes al no ser capaces de desprenderse de los cánones sociales que consideran establecidos para ellos, según la imagen que tienen de sí mismos.
Por lo tanto, la cinta no es más que un divertimento. Una acumulación de situaciones chistosas, diálogos simpáticos y chicas guapas. ¿Alguien dijo Morandé con Compañía al estilo Allen? Ni siquiera está presente esa mirada aguda que a través del humor es capaz de expresar su lectura de la sociedad, un sello de Woody hasta en sus comedias más livianitas como “Bananas”.

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De todas formas, en ambas películas es destacable que consiguen ser un deleite para la vista, seguramente por tratarse de ambientes que revisados por un extranjero, tienen el encanto de la sorpresa, de esa curiosidad original que es capaz de mostrarlos de una manera nueva y fascinante.
En el caso de Boyle, pese a su estilo chacalonero, resulta bien encaminado con una dirección de arte que busca saturar tras un ejercicio de cuidada observación, selección y mezcla de elementos reales del entorno, que la salvan de los forcejeos rebuscados en la paleta cromática tan de moda en el cine Indie.

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Por su parte, Woody menos brillante en la selección de su entorno, apuesta por sandías caladas, que aún así están formidablemente bien filmadas y demuestran su capacidad de invitarnos a apreciar el encanto del lugar que sumado al de sus actrices nos obliga a tener los ojos pegados a la pantalla.
Dos visiones sobre dos lugares, encausadas a través de dos historias en las que el amor se vuelve dependiente de la locación, desde esa lectura todo lo que Boyle ganó en densidad emocional con la India, a Allen le faltó en Barcelona.

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