Por Simón Soto
El río de Russo
Un texto equívoco acerca de Puente de los Suspiros, de Richard Russo Por Simón Soto1. Es de madrugada y hace algunas horas terminé de leer “Puente de los Suspiros”, un mamotreto de casi 700 páginas que consumí en una semana, un tiempo que se vio delimitado no tanto por mi capacidad como lector, sino más bien por los continuos retos de Diego Zúñiga, y su presencia fantasmal en mis horas de lectura. Los caminos de ese sueño me llevan por las calles aledañas al Parque Forestal, específicamente a la librería Metales Pesados, donde me atiende el poeta Víctor López. La presencia del señor López, creo, se debe a que en las horas de vigilia previa estuvimos compartiendo unas cervezas junto a algunos amigos en un bar de Bellavista, luego de una lectura de poesía en La Chascona. Vitoco me dice que llegó la continuación de Puente de los Suspiros. ¿Qué cosa?, le pregunto. Él me responde pasándome un libro que no ha de tener más de 150 páginas. Por desgracia no puedo recordar el nombre ahora, pero sí al autor. Es efectivamente un libro de Richard Russo, y todo indica que es la continuación del libro que acabé en las horas previas, en el plano de lo que acostumbramos en denominar realidad. La edición es similar a la de Puente de los Suspiros, pero los colores de la portada se orientan más al verde musgo, al azul turquesa. Una portada submarina, pienso. Comienzo a preguntarme por qué una segunda parte, cuáles fueron las aristas que Russo quiere cerrar en este nuevo volumen. Finalmente, cuál será la deuda que el autor sintió pendiente con los lectores. Qué nos debe. La sensación al despertar es, por lo menos, desconcertante. Me sucede siempre que sueño con obras creadas únicamente en el escenario onírico. A ratos pienso que cruzo el puente entre el mundo de los sueños y el de la vigilia. Un puente colgante, que se mueve a cada paso. Un puente endeble, casi ficticio.
2. Lou C. Lynch es un hombre de clase media acomodada, un padre de familia que jamás ha abandonado su pueblo natal. Se siente orgulloso de sus padres, y ahora del cómodo y acogedor escenario que él mismo se ha encargado de conservar, y continuar construyendo. Dice amar a Sarah, su mujer de toda la vida. Dice amar a su hijo Owen y a la esposa de éste. La vida de Lou es perfecta. Eso nos está narrando en las primeras páginas de Puente de los Suspiros. Sus 60 años de existencia como ciudadano norteamericano ejemplar. Pero hay interferencias. Imagino un programa de televisión que empieza a perder la señal. De a poco.
3. A Lou nadie le dice Lou. A Lou le dicen Lucy. Es una extraña ambivalencia la que propone Russo. Como si quisiera a su personaje y a la vez no pudiera guardarse ciertos recelos, ciertos odios que no puede contener.
4. Hay más cosas que atormentan a Lucy. A los 10 años fue encerrado en un baúl por el grupo de matones del pueblo. Los niños-matones se llevan a Lucy a un lugar apartado (digamos: un peladero), lo encierran en un baúl y orinan en la superficie. Lucy apenas puede vislumbrar lo que pasa afuera. Sólo tiene miedo y después el miedo se transforma en costumbre. El horror. El horror de Norteamérica. Porque eso es el horror: el miedo perpetuado, el miedo camuflado en un paisaje hermoso, el miedo escondido en la tranquilidad de los días de familia. Lucy nunca podrá olvidar el episodio del baúl.
5. El rapto y el baúl se transformarán en largos episodios de ausencia. Lucy de pronto deja de mirar y de observar y se pierde en sí mismo.
6. La admiración. La obsesión. Lucy se obsesiona con su vecino Bobby Marconi. Bobby, el niño extraño, misterioso, el rudo silente. Y así comienza el libro. Lucy y Sarah planean un viaje a Venecia para visitar a Bobby. Sólo que Bobby ya no es Bobby, es el afamado pintor Robert Noonan. Noonan no quiere saber nada de Thomaston. Pero han mantenido el contacto a través de cartas que Lucy le envía con más regularidad de la que quisiera Noonan.
7. Las imágenes comienzan a desfilar a través de la narración de Lucy intercalada con el narrador omnisciente. Es la historia de Norteamérica contada a dos voces. Russo se niega a tomar partido. Pareciera que quiere tomar el american dream y destruirlo con sus propias manos, como si fuera una carta indeseable, un mensaje que es mejor no leer. Pero algo le impide hacerlo. Nunca rompe por completo la carta. Por eso Russo construye a un padre de familia ejemplar que quisiéramos abofetear. Por eso a Lou todo el mundo lo llama Lucy.
8. Los episodios del pasado se conectan sutilmente con los hechos del presente. Nos olvidamos de entonces de la indecisión moral de Russo y nos concentramos en la construcción de la novela-río que tan bien se les da a los norteamericanos. El relato comienza a entretejerse con la historia familiar de Lucy, que es impensable sin la historia de propio pueblo que han habitado por toda la vida. Las familias de distintas clases (el Lado Oeste, el Lado Este y el Burgo), los seudo-vagabundos, los pendencieros, todos los personajes imaginables de la fauna social de los Estados Unidos están presentes en el relato de Richard Russo; sólo que funcionan, el autor puede hacerlos escapar del cliché y darles una nueva dimensión. Esos hilos sirven para unirse con los hechos del presente más cercano.
9. Aún no sé por qué mi subconsciente me dice que el libro está incompleto. Que vendrá una segunda parte. Un libro bastante más breve que Puente de los Suspiros. Una conclusión. Quizás, pienso ahora, me gustaría ver qué nos quiere decir Russo, cuál será finalmente su decisión. Odia la horrible vida norteamericana. Ama la ejemplar vida norteamericana.
9. Hay también una discusión velada (y no tanto) en torno al arte y a la vida “común”. ¿Por qué Bobby Marconi se transformó en artista? ¿Por qué Sarah no pudo convertirse en una, y en cambio eligió ser la ejemplar esposa de Lucy?
10. ¿Es Thomaston la pesadilla, el valle infectado de Zombies?
11. “En lugar de darles una lección a sus padres, se la había dado a sí misma, y ahora quería regresar al antiguo mundo, a su dormitorio rosa de su casa del Burgo, incluso con su madre, enfadada y desagradable como era”, dice uno de los narradores de Puente de los Suspiros sobre uno de sus personajes, Nan Beverly, la niña bonita del pueblo, la chica educada al amparo de la familia más rica de Thomaston. La chica acaba de portarse mal después de pelear con su madre. Salió a conocer la parte fea del pueblo, entró a los boliches de mala muerte y terminó la noche perdiendo la virginidad con su novio Bobby Marconi. Pero nada de eso le gustó. Observo aquí uno de los puntos más logrados del libro. Nan despertando en los brazos de Bobby, ambos revolcándose en un saco de dormir, en un cuarto impresentable, sintiendo cómo la sangre de Nan se enfría, mientras impregna la tela y sus propias pieles. La verdad es dura, horrible, fría, incómoda. Por eso es mejor construir una realidad que cubra el lodo y el cemento resquebrajado y los malos olores.
12. Es un torrente. Así funciona la prosa de Russo. Es un río gigantesco que en sus mejores momentos se desborda. Sólo que ese desborde crea la ilusión de lagunas. O pequeños riachuelos que no existen, pero que nos gustaría conocer.
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