Cuento: Un amor de Carbonell

Por Martín Zariello

UN AMOR DE CARBONELL

Por Martín Zariello

Durante siete años Carbonell es novio de Laura. Se trata de un amor desesperante, repleto de problemas y situaciones complejas de resolver. Tanto es así que la mayoría de ellas no se resuelve y, para peor, aumentan la desazón emocional de los dos novios. Como se quieren y no tienen mucho que hacer además de estar juntos, toleran sus diferencias con una capacidad inaudita hasta que Laura decide acabar con el noviazgo. Para hacerlo, aprovecha una discusión nimia un mediodía de noviembre. A partir de ese momento, Carbonell y Laura pasan algunos meses intentando sobrellevar con la mayor elegancia la ruptura. Laura se siente aliviada. Carbonell se siente morir. Deambula por los lugares por donde caminaban juntos. Enciende la computadora y se queda observando fotos viejas hasta que los ojos se le llenan de lágrimas. Llama a Laura y le dedica extensos monólogos llenos de ruido y de furia. Se arrepiente una y mil veces de actitudes que, a su entender, provocaron el final de la pareja.

Una noche, luego de pasar una semana alejados sin saber nada del otro, vuelven a reencontrarse. Carbonell advierte que Laura lo ve por lástima y, al instante, se larga a llorar. Al principio, ella lo abraza, pero, conforme avanza el tiempo y el llanto y las palabras y los reproches insoportables, comienza a sentir una seria aversión hacia él. En determinado momento, toma sus cosas (ella ahora vive en otra ciudad y ha venido a visitarlo) y se va, no sin antes sufrir los pesados pedidos de auxilio de Carbonell, quien se encuentra en un estado sepulcral. Antes de irse, Laura mira hacia atrás: Carbonell está llorando, tirado en un sillón y afirmando que se va a morir. Cierra la puerta y se dirige a la Terminal. Ha decidido no verlo nunca más.

Los próximos días, Carbonell la pasa tirado en su cama mirando el techo y pensando algunas cosas malas. Todas ellas lo conducen a Laura. A veces se levanta y mira a la gente pasar por la ventana. Lo único que agradece es que sus padres se hayan ido de viaje. A nadie dice nada de su ruptura definitiva con Laura e incluso miente alegando que han decidido darse un tiempo. Se consuela pensando en la gente mutilada. En los indigentes que duermen en las calles. En los sidosos. En los que no tienen gusto para escuchar música. En los que, por estrechez cerebral, nunca van a poder vivir un amor en plenitud. Ellos, se miente Carbonell, la pasan peor que yo. Por las noches, llama a Laura a su celular. Cada tanto, ella atiende el teléfono absolutamente indiferente y le dice que tiene que cortar porque está apurada, que es una de las mejores cosas que se le puede decir a alguien enamorado para que se hunda en la mierda.

Un día, Carbonell se levanta, compra el diario y consigue trabajo lavando copas. Es uno de esos trabajos ruines y mal pagados de temporada de verano, sin opción de ascenso ni perspectiva alguna. Es, entonces, el trabajo que sólo una persona como el desahuciado Carbonell puede aceptar gustoso. Pasar detergente por vasos y platos es lo único que puede ponerle la mente en blanco. Es tanta su inclinación por el trabajo que, en muchas ocasiones, el jefe de la cocina tiene que decirle que se vaya porque ya se pasó la hora. Cuando llega a casa, abre una cerveza y mira los resúmenes deportivos del día. Una o dos horas después, cae en una nueva depresión.

Al salir de madrugada de su trabajo, se levanta muy tarde. Come hamburguesas o salchichas por la tarde y espera, sin hacer nada, la hora de entrada del trabajo. Piensa a veces en Juana, un amor anterior, una chica indecisa que él mismo decidió dejar. A veces cree estar seguro de que Juana todavía piensa en él, de que le está mandando ondas telepáticas para que la llame. Otras veces piensa que Juana ya no debe vivir en la ciudad o que Juana debe estar casada o que Juana debe haber muerto en las vías del tren. Estos pensamientos son fugaces, en realidad, la mayor parte del tiempo Carbonell la pasa reflexionando sobre su amor con Laura y esperando que ésta lo llame, milagrosamente, de un momento a otro, para decirle que quiere volver con él. Mira entonces el último mensaje de texto que Laura le mandó el 31 de diciembre a la tarde: Feliz año. Aunque ha pasado un mes y medio todavía no lo borra. Lo mira y lo interpreta. Ya hace semanas que no la llama y no piensa volver a hacerlo. Sin embargo, la tentación es grande. Para sacarse la idea de la cabeza, se dirige al baño y, hasta la hora en que ingresa a lavar los platos, se queda debajo de la lluvia.

Las personas que lo ven le manifiestan su preocupación. Parece que su rostro se volvió cadavérico y que su paso está defectuoso. Parece que sus ojeras cubren la mitad de sus mejillas y que tartamudea al hablar. Parece que cada vez está más callado y no se junta con nadie. Incómodo ante tales consideraciones, Carbonell actúa un estado de ánimo diametralmente opuesto para que nadie tenga dudas de que la está pasando muy bien desde que se alejó de Laura. Cuando se despide de las visitas o los conocidos que lo cruzan por la calle, tiene la sensación de que poco a poco se ha ido despegando de las personas hasta no tener nada en común con ellas. Si me cruzara a Laura ahora mismo, no sabría que decirle, piensa.

Sin que se dé cuenta, una camarera comienza a frecuentarlo. No sabe muy bien por qué, pero lo trata mejor que al resto. Es morocha, le llega a la altura de los hombros y le apoya sus imponentes tetas cuando le habla. En los descansos fuma incansablemente y habla de sus patéticos y esnobs gustos literarios. Un sábado, Carbonell invita a la camarera a tomar algo. No lo hace porque la quiera, por supuesto, sino porque desea tener sexo cuanto antes. Ella acepta gustosa y le da un beso en la mejilla. Caminan desde el restaurante a un bar del centro entre una multitud de turistas. La noche está muy calurosa y, por primera vez en mucho tiempo, Carbonell siente que su cabeza está despejada. Sin detenerse apenas un segundo, la camarera le habla de cosas que él apenas entiende, tanto es así que durante un instante Carbonell está seguro de que la camarera maneja otro idioma. Se sientan en una mesa al aire libre y empiezan a tomar cerveza. A la tercera él decide contar su situación. Habla mucho y, por momentos, está convencido de que la camarera se espanta o se aburre o bosteza, pero eso es lo que menos le importa. Toman dos cervezas más y se dan un beso teatral, moviendo las lenguas a la velocidad de la luz. Carbonell aprovecha para tocar las piernas cortas y fuertes de la camarera, que se ha vestido con una pollera diminuta. Van a un Hotel. El cuarto es muy caluroso y abren las ventanas. Carbonell ya no se siente desahuciado, está feliz y se coge a su camarera hasta que el recepcionista lo llama para informar que se acabó el tiempo. Si la camarera confunde cantidad con calidad (Carbonell cree que ésa confusión rige la vida de la camarera), podemos asegurar que la pasó bien.

Al llegar el fin de la temporada, Carbonell y la camarera han conformado una relación basada estrictamente en el sexo, aunque él no está persuadido de que ella lo sepa. Carbonell confirma su presunción cuando se entera de que un mozo abusa de la camarera y no siente el más mínimo celo. También lo sabe porque todavía llora o piensa o implora la vuelta de Laura y, cada tanto, la de Juana. Una tarde de franco, Carbonell y la camarera deciden pasarla juntos. Cogen en casa de Carbonell, gastan parte de su sueldo en libros y ropa y caminan de la mano por el centro. Mientras Carbonell espera que la camarera salga de un local de carteras ve a Laura caminando hacia él. No es la Laura final, desganada y harta del amor, ni la vital del año en que la conoció, sino otra. La nota desencajada y con varios kilos de más. Es notorio que no lleva corpiño porque las tetas se le mueven al compás de su andar. No está pintada ni tiene el pelo atado. De alguna manera, parece que ha pasado por una guerra y ha vuelto a la ciudad a narrar sus testimonios, a filmar un documental sobre su experiencia en el campo de batalla. Le da un beso y advierte que no tiene perfume. Laura se ha convertido en un puto musgo, piensa Carbonell. Los meses que llevan separados han hecho mucho daño en el aspecto físico de Laura. Parece arrepentida. Le pregunta qué ha hecho. Le cuenta sus cosas. Al principio quiere provocar una imagen de suficiencia pero a los pocos minutos le informa que piensa volver con él. Al decir esto, la camarera sale del local. Carbonell las presenta en modo solemne. Brotan lágrimas de los ojos de Laura, quien se va caminando con paso apurado en dirección desconocida. La camarera estalla en un ataque de furia. Insulta a Carbonell y a su familia. Le pregunta por qué no le dijo que seguía viendo “a la otra”. Carbonell pensaba que la camarera se sabía “la otra”. Le pregunta quién se cree que es. Carbonell no tiene ganas de responder, ya que está agobiado por la imagen de Laura, y la deja ir.

En los próximos días, Carbonell llama constantemente al celular de Laura. Una noche ella lo atiende haciéndole prometer que nunca más la va a llamar. Le explica lo duro que ha sido estar sin él los meses anteriores (lo dice como si él fuera el que la dejó). Le dice que viajó a su ciudad al poco tiempo de cortar pero que no quería llamarlo: prefería encontrárselo espontáneamente por la calle. ¿Por qué?, pregunta Carbonell. Quería que fuese el destino el que nos uniera, responde ella. Carbonell cree que Laura se volvió loca. Así y todo quiere estar con ella. No por lo que es ahora, sino porque el Pasado es un lugar al que algún tipo de gente errada siempre quiere volver. Y Carbonell es de ese tipo de gente. Pero la trastornada Laura se ha desencantado completamente. Verlo con otra le ha borrado las ganas de verlo, de hablar, de estar con él. ¿Qué querías que hiciera?, pregunta Carbonell, al borde de un llanto que le muerde la garganta. Laura corta. Carbonell siente que se ha producido un punto de quiebre del que nunca podrá escapar. Mira la viga de madera que traspasa el techo de su cuarto y se sube a una mesa. Proyecta una serie de medidas con sus manos y abre la puerta más alta del ropero. Toma una sábana. La anuda, primero a la viga y luego a su cuello. Después junta una pila de libros y se para encima. De no existir vida después de la muerte, con solo mover uno, el desahuciado Carbonell dejará de sufrir. Piensa en decir algo, pero se arrepiente (¿quién lo va a escuchar?). Piensa en escribir una consigna desesperada en la pared antes de matarse, pero Carbonell es de los que odian hacer bullicio. Piensa en morir escuchando su canción favorita, pero son demasiadas. La sensación de saber que dentro de poco estará muerto lo alivia, pero no puede decidirse a terminar con todo de un segundo a otro. Repasa mentalmente las personas que lo rodean: en su imaginación, no sabe bien por qué, están todas de la mano, mirando con gesto bovino. Todas se le hacen desechables. Recuerda algunas situaciones en las que fue feliz y se siente satisfecho. No tiene rencores ni odios ni ganas de llorar. Piensa que puede escribir: “Hasta acá llegué”, pero desiste. Ya se decidió. Antes de hacerlo, larga una carcajada, porque la escena (él subido a una pila de libros, con una sábana alrededor del cuello, pensando cómo despedirse ante nadie) es muy risible. Suena el teléfono.

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One Comenta

  1. Jorge
    Posteado el 10/06/2009 a las 1:34 pm | #

    Muy choto.

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