Por Claudia Apablaza
Antesala del acontecer
Por Claudia ApablazaEsta novela sucede en un día. Tal vez en menos, desde las 19:19 o desde una supuesta tardecita, hasta las 2:52 a.m. Desde la espera de una celebración hasta que sucede y la celebración que tanto han esperado Betulio, Fresno y el personaje principal de esta narración. Una celebración que, a la hora de llegar a puerto no se cuenta, porque la felicidad… “es fome narrarla – quién puede hablar de felicidad sin caer en lugares comunes y cursis- mejor me la tomo así no más al seco y la disfruto”, nos dice el personaje-narrador de esta historia.
Y más allá de que sea fome contarla, supongo que al igual que otros autores, como Juan José Saer en Glosa, trabajan con la idea central de que la estructura o la espina dorsal del texto se arma desde el suspenso de lo que iba a suceder, y tan sólo así se logra que el texto tome cuerpo y se arme, porque para Valenzuela Prado y otros autores, no es importante lo que sucede, sino que toda la antesala de ese acontecer. Hay una impotencia, por tanto, de decir, de llegar al hecho, una tragedia y se arma desde un dramático y bien estructurado merodeo.
Así, en el trabajo de la estructura narrativa de este texto vacío, hay que ubicar un punto fijo o una estrella hacia donde lanzarse desde una supuesta idea original, y tener la posibilidad de acabar la historia con la decisión y opción drástica de no narrarla, porque sólo así habría podido ser estructurada y haber existido en este caso: Jueves. Así veo que Valenzuela Prado toma esa opción narrativa y su estrella personal y se lanza con el punto fijo que en este caso es una la celebración, la celebración de que será día jueves, y que no sucede en todo el texto sino que sólo se enuncia su llegada al final.
¿Y qué pasará en Jueves y el día jueves esperado?

Se van tejiendo de forma absurda las horas de este recorrido, en diálogos que recorren la infancia de tres personajes, tal como en Las Sillas de Ionesco se teje, pero con dos. En Las Sillas se pone en escena a una pareja de ancianos en una torre situada en el interior de una isla, que han organizado una gran recepción a la que invitaron a personas imaginarias. El montaje de ambos escenarios se asemejan mucho: El escenario desaparece al final y nos quedamos, como espectadores o lectores, con una gran risa. Así en esta novela todo se va emparentando a lo dramático: lectores-espectadores que esperan con ansias un suceder. Y por qué no recordar, además de Ionesco, la obra Esperando a Godot de Samuel Beckett, en que se espera y se espera a que llegue Godot y finalmente todo acaba cuando eso está ad portas.
Hay en este texto un diálogo directo con la estructura dramática y la línea del teatro del absurdo, incluso en su lenguaje y propuesta narrativa. La mixtura de los géneros y la sospecha del autor: una novela que debería y/o podría ser montada.
El narrador de Jueves es fanático de las esperas, es más bien especialista en esperar que un acontecimiento suceda, y digo entre dientes: menos mal, ya que es lo que le da temporalidad a este texto y lo que supongo, le da la posibilidad de serlo. Hay una exageración de la idea de que si no hay espera de un suceso, no hay texto de ficción, no hay narrativa. Algo se va a narrar en unas páginas, algo va a suceder en determinada página. Se supone que el suceder y la distancia que lo separa de la espera a qué suceda es una de las materias prima de toda ficción y Luis Valenzuela Prado abusa con soltura de ella. Se realiza un doble juego: hacer esperar al lector que algo suceda, como todo narrador, y además tomar esa espera como motivo de su historia: la espera de que una celebración acontezca. Hay algo por lo que el autor debe quedarse, y que finalmente es el texto mismo.
Foto de Alexis DìazEntonces, supongo que también en este texto se trata de la posibilidad de la ficción y la posibilidad de que el lector llegue a terminar la lectura. Habría una intención encubierta, digamos perversa del narrador o artífice de todo esto, para llegar al lector a las páginas finales, y más que un suspenso y reírse de él, como un lector ingenuo, como el que no vio Las Sillas o no leyó a Beckett, como el lector que no leyó nada. En ese sentido, el texto y el autor se reconocen a sí mismos y se celebran.
Así, de alguna forma habría que hacerlo, piensa el artífice de todo esto, para que la novela parezca novela, la vida parezca vida y los amores, amores, el simulacro de; y entre esos “algos” está el trabajo detallado de la temporalidad y entre las posibilidades de la temporalidad está la espera de un acontecimiento. Y entre esa espera, me agarro a un lector ingenuo y me vuelvo a reír de él. Así el autor desaparece con un gesto perverso y queda el texto diciendo: fui texto, te hice esperar. Habría una suerte de tiranía encubierta también.
Debo confesar que había leído con anterioridad a Luis Valenzuela Prado, cuentos en diversas antologías, virtuales sobre todo, y no había logrado encontrar la voz que lo definía o la voz que espero encontrar en cada propuesta literaria, esos sellos que lleva cada escritor, y que supongo son los puntos de partida desde donde se ahonda la propuesta literaria. En Jueves se vuelve todo más radical, Valenzuela Prado muestra una voz bastante definida que ya podría traicionar.
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