Por Martín Zariello
LEVRERO IS GOD
Martín Zariello
Acabo de leer a Levrero. Y me convertí en un predicador evangelista de Espacios libres, un viejo libro de relatos publicado en 1987. Probablemente, la fascinación que me produjo entorpezca este texto, que no quiere ser otra cosa que una sencilla recomendación. Lo que voy a escribir a continuación debe ser leído literalmente: Levrero logra la hazaña de inventar un mundo original y construir sentido a partir de ese enigmático contexto. Puede que no comprendamos del todo lo que ocurre en estos cuentos, sin embargo, lo único que sabemos es que no podría ocurrir de otra forma. Los relatos de Levrero son dispositivos de una ilógica sistematizada y parecen ir más allá del típico motivo de la literatura rioplatense en el que lo maravilloso se funde con lo cotidiano. A partir de aquí esa definición se torna naif, demasiado inocente. Hay cierto costumbrismo bañado en ácido, es verdad, pero eso no es todo. Ángel Rama lo ubicó entre los “raros” de la literatura uruguaya, en la senda de su compatriota Felisberto Hernández y la “literatura imaginativa”. Pero Levrero es mucho más, invita a replantear nuestras certidumbres desde la extrañeza metafísica y la carcajada más furibunda.

Durante la lectura de Espacios libres se asiste al establecimiento de un submundo, con indescifrables costumbres, nuevas cosmogonías, actitudes disparatadas. El mismo Levrero, al escribir su primera novela (La ciudad), alguna vez confesó que debió forjar un nuevo vocabulario. Se trata de una perspectiva lúcida no exenta de territorios inasibles. Pero no es exactamente un juego onírico. Ni surrealismo. Ni ciencia ficción (como la crítica lo ha enmarcado porque su editor, Marcial Souto, es una figura señera del género). Mucho menos realismo mágico. Descubrir su obra en el campo de la literatura es una verdadera revelación que el lenguaje (ante lo indecible, plagado de adjetivos calificativos) está a años luz de expresar. Como un Isidoro Blanstein pasado de revoluciones. Como un baldazo de agua fría en pleno invierno. Como recorrer tu habitación, encontrar una puerta que nunca antes habías visto y perderte para siempre. Eso mismo le ocurre al personaje de uno de sus maravillosos cuentos, “Nuestro iglú en el Ártico”. Lo único que sabemos de él es que tiene una mujer llamada Elga y quiere salir a tomar aire. Pero a partir del instante en que halla una puerta entornada detrás del ropero, su casa comienza una mutación estructural (nuevos pasillos, sótanos, muebles abarrotados en lugares inasibles, filas interminables de damajuanas) y se cruza con un sinnúmero de extraños: una pareja teniendo sexo en un estante del armario, una siniestra tortuga con cara de pájaro, dos mujeres desnudas que lo seducen (el erotismo voyeurísitco aparece constantemente). Al mismo tiempo, en pocos minutos llegará de visita el presidente y él no encuentra pantalones. Entre tanto, se entera de que allí se va a firmar “un pacto político que puede resultar de gran beneficio para el país”. Por una serie de malentendidos que no viene al caso referir, termina matando a su gato con la culata de un revólver y al final se va con una de las mujeres que ha conocido ese día. Narrado desde mi precario enfoque, “Nuestro iglú en el Ártico” puede parecer una fantasía levemente divertida; al leerlo se tendrá la certeza de estar ante uno de los cuentos más graciosos de la historia, una fabulosa máquina de encadenar situaciones y actitudes insospechadas que se inscribe en la huella del relato humorístico, una tradición desdeñada en la literatura latinoamericana. También se descubrirá en qué lugar formó su trastornado cerebro Leo Masliah.

Promediando el libro aparece una nouvelle de 6 episodios titulada “Capítulo XXX (El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes)”, un (serio) delirio erótico vegetativo que alucinará a propios y extraños. En un estado alerta (con los 5 sentidos abiertos a cualquier reverberación artística), el efecto de lectura es el mismo que el de una droga psicotrópica fulminante. Lo que sucede en este relato no tiene ningún tipo de correspondencia (es único) e ingresa al receptor en un estado sobrenatural. El personaje principal de esta joya es un muchacho de 15 años llamado Jorg, que vive en una playa de la que no se sabe mucho a no ser que está dividida entre adultos y jóvenes. Un día, un hombre rubio llega a la costa y es trozado en diferentes partes por los habitantes de la Isla. Antes, Jorg le roba una bolsita con tres huevos rojos que entierra cerca de su cabaña, donde vive con Luisa, que se la pasa jugando con muñecas. A esta altura es pertinente apreciar que la prosa de Levrero es magistral, con observaciones minimalistas y un claro sentido de la poesía. Las descripciones de la monstruosa planta que comienza a germinar (junto a las moscas y hormigas que la rodean) son asombrosas. Paulatinamente, Jorg sufre un proceso de mutación que lo va convirtiendo en un viejo (a la inversa que Benjamin Button) hasta que una noche llega a su guarida y encuentra a Mabel (su otra amante) tirada en el piso, mientras un falo gigantesco que proviene de la planta viola a Luisa. Cuando el resto de la comunidad se entera de los extraños acontecimientos que están ocurriendo en la cabaña de Jorg, los tres (que, a su vez, imbuidos por una conexión mística, gozan de tener sexo con la planta) escapan. Las dos mujeres están embarazadas y Jorg sigue degradándose en forma progresiva, tanto que tiene que llevar su cabeza entre las manos. Al final, nos enteramos de que es la misma cabeza la que narra la historia. El espíritu de Jorg, sin embargo, ha superado su etapa terrenal y se prepara a “nacer, dulce y alegremente, a la verdadera vida”. Sublime.

Pero eso no es todo, son 19 los extraordinarios relatos que conforman Espacios libres. En muchos de ellos se advierte la sombra de Kafka, en otros, el humor más sórdido. Del primer calibre es “Noveno piso”, la crónica de un viaje en ascensor que se extiende a través del tiempo. En “Crucificado”, el miembro de una comunidad o un grupo de amigos o una familia evoca la llegada de un desconocido (un tipo “flaco y barbudo”) que no es otro que Jesús. Siempre lleva los brazos abiertos porque debe cargar con su cruz. Al finalizar el relato es crucificado nuevamente porque tiene relaciones sexuales con una integrante del grupo…
Según lo que indican las reseñas de sus últimos dos libros póstumos (El discurso vacío y La novela luminosa), Levrero nació en Montevideo, en 1940 y murió en 2004. Entre algunos de los oficios que se le atribuyen (fotógrafo, librero), aparece el de hacedor de crucigramas en revistas de ingenio. Justamente “ingenio” fue lo que le sobró para escribir, entre fines de los años 60’ y mediados de los 80’, los relatos de Espacios libres. Lo hizo secretamente (para revistas de ciencia ficción y concursos de relatos), ya que en vida, a excepción de la admiración de algunos lectores fieles y varios escritores nunca tuvo el reconocimiento “masivo” con el que cuenta hoy. Descubrir su obra en medio del despliegue audiovisual posmoderno se asemeja a una epifanía. También leer algunas entrevistas o semblanzas sobre su persona: asegura tener diversas experiencias telepáticas, cuenta cómo durante la dictadura militar en Uruguay casi lo llevan preso por jugar al flipper y no dejar que la bola se pierda. El armado de sus cuentos es fácil de explicar, pero imposible de reproducir: Levrero arroja una lanza en medio de la oscuridad y luego manda un ejército a buscarla. A la primera actividad Bergman la llamaba “intuición”, a la segunda, “intelecto”. Releo comentarios sobre su obra, advierto que la mayoría cayó en la síntesis que he mencionado al iniciar el texto: Levrero creó un mundo. Evocando la leyenda sobre la forma de tocar la guitarra de Eric Clapton y prestando atención al carácter único de su literatura, se hace difícil no escribirlo: Levrero is god.
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2 comentarios
Me encantó esta crítica:inteligente y sensata…
hace varios años compré la novela “La Ciudad”, de Levrero, y al terminarlo, recuerdo haber quedado sorprendida de la genialidad de la obra y del autor, y de lo poco conocido que era (y que con solo 2 lucas haya comprado esa obra de arte!).
Sí, como dices, recuerda a Kafka pero logra crear un mundo propio y una narrativa distinta y maravillosa, muy oscura por lo demás.
Leyendo tu reseña, no me queda otra que seguir buscando cosas de este autor (¿es mi idea o se puso de moda?) y esperar que sus libros no suban de precio…
Por cierto que Levrero ¨Is God¨!!!!
Lo descubrí en una revista ¨El Péndulo¨ (Que God la tenga en su glory, porque la presté y no me la devolvieron), donde publicaban lo que llamaron el relato largo ¨El Lugar¨, que me voló el cerebro.
No puedo ser más elocuente que vos Martín en los elogios a la originalidad y autenticidad de sus textos, por no hablar de su increíble capacidad para describir las imaginerías más abstractas (Como excelente ejemplo, sugiero calurosamente su cuento ¨La novela Geométrica, donde asistimos de asombro en asombro a un viaje por rectas, planos y aristas).
Por entonces en Montevideo era poco menos que imposible conseguir un libro suyo y mucho me costó dar con ¨París¨ (Precedida por La Ciudad y 3a y última parte de lo que llamó una trilogía involuntaria).
Me lo leí en un camión de frutas que me llevaba a La Paloma y no pude dejarlo hasta terminarlo ya en la playa.
Muchas gracias por mencionerlo, aunque en su libro El Alma de Gardel dice precisamente que ¨Al mencionarlo, al escuchar sus discos lo tiran para abajo¨ El sólo quiere elevarse, pasar a un plano superior, pero sus propios devotos son quienes se lo impiden. Mmmmmhhhhh…