Poesía: Manuel Illanes

Por Manuel Illanes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Illanes (1979)

 

1

El aire de Abisinia, seco, áspero como un gin de tormenta.

M. cierra los ojos, apoya la cabeza sobre la roca más cercana,
se acomoda pensando en el nuevo día que vendrá:
hijos de puta por doquier, noches entibiadas apenas
por la salazón de una postal pornográfica, atrasos
reiterados, el larguísimo camino que conduce a la fosa común.
-M se duerme rápidamente aplastado por el cansancio.
El cráneo agrietado en mitad de la noche,
hordas de diablillos escapando por los resquicios,
libertinos en una bacanal de la que a la mañana siguiente
sobreviven algunas modestas, escalofriantes imágenes,
pronto arrastradas hacia el olvido por la resaca de la vida diurna.
Delgadas paredes separan su cubículo de la celdilla
más próxima, casi se presiente tras la frontera del tabique,
entrechocando en oleadas confusas como contra un litoral rocoso,
el ronroneo de los estupros y el hipnótico ruido de fondo
de televisores mal sintonizados.

El aire seco de Abisinia quema la piel de los arrendatarios,
provoca estallidos de suciedad en los panales modernos,
a primera vista tan ordenados, tan asépticos.
“Los niveles de vida mejoran diariamente”,
proclama Cristo Redentor, Demagogo Cristo,
pero la noche sigue perteneciendo a los chacales,
a las hienas vestidas con jeans.
M recuerda con claridad, en las madrugadas
más hirvientes del verano,
el tartamudeo sordo de las balas que cruzan
de una vereda a otra, animando a punkies y raperos
a danzar sobre el asfalto quebrado de las calles.
Manchas de sangre en las encrucijadas, sombríos
restos de un ritual de apareamiento inconcluso.

La cuidada intimidad de las habitaciones no existe
en el Afuera, la realidad es un teatro oscurecido
por vacilaciones, una pared llena de graffitis
con olor a orín y sexo presuroso, piensa M.

 

2

Una taza de café tras la borrachera, la mejor
forma de volver a la vida. M observa
el cielo de su habitación, blanco mapa
cruzado de estrías, la sonrisa de escorbuto
que le devuelve el espejo mientras orina
en silencio el borde del pulcro baño,
jalonándolo de oscuras manchas marrones.

Pasmosos despertares después del festín,
turbios como el agua de un río desbordado
por la ceniza.
El pensamiento ha dejado de tener la ligereza
nocturna, fresca como brisa que sostiene
a pelícanos y gaviotas mar adentro,
y las cosas recuperan el peso milenario
que les otorga la inercia, volviéndose espesas,
intratables. Circuncidadas pasiones
toman el lugar del entusiasmo,
los bajeles de nuestro ímpetu retornan
al Puerto del Hambre.

Cuando la festín termina, una pirámide de platos
aguarda en la cocina, hay botellas vacías
sobre la mesa manchada y vasos a medio
llenar por los cuatro puntos cardinales
de la casa. Ceniceros atestados.
La boca está cruzada por estrías como la tierra
que tortura una prolongada sequedad
y una sed malsana, terrible anida en el cuerpo,
porque la carne es un pozo cegado por soles
inclementes.

El tiempo bombea nuevamente por nuestras
arterias, rueda ahora por llameantes autopistas.

Habrá que volver a pagar los impuestos al Demonio
de la sobriedad, su tributo cobrado en especias,
oro y todas los metales invaluables
del espíritu, las riquezas dilapidadas.

De nuevo las preocupaciones, el viento de la mañana
arrojándolas sobre la conciencia como a una legión
de tábanos que arrastrara desde lejanas fronteras,
cerca del desierto.

La vida para erigir un castillo de naipes
que el sencillo aleteo de una mariposa derrumba.

De nuevo el cuerpo un ancla, un lastre
que nos liga de una vez y para siempre a la ceniza.
De nuevo el cuerpo, territorio cercado, amenazado
por las mesnadas sin número de la Calavera.

Las canciones de Bowie sueños, salvajes sueños
de una edad pagana: M desearía escuchar
Rebel, Rebel en su discman, camino a la eternidad.

La voluta sagrada del pensamiento deshecha,
el alcohol esfumado de la sangre
-un soplo de Cristo basta.
Llamadas telefónicas perdidas.
Ex-amigos, goletas que la noche hundió
en sus profundidades.
Cuadernos llenos de garabatos impublicables.
El decálogo en que sobresale una sola ley: “Compra”.

De nuevo el tiempo, una escudilla vacía que se debe
llenar hasta el tope con trabajo, con ideas, con sonoras
palabras, una lucha sin fin.
Nada de espasmos, nada de risas, nada de iluminaciones
conservadas.
Abrazar cansado la Sombra.
La fiesta termina y el resplandeciente horizonte
que M contemplaba, tan puro como un recién nacido,
tan puro como las luces de la ciudad entrevistas
en la madrugada,
se oculta tras el espeso sabor de una taza de café.

 

3

“Querida:

Amo lamer el bronce gastado de tus pezones,
manchar la blanca y densa leche de tus piernas
con la leche sucia de mi virilidad.
Blonda hermana de mis quebrantos,
tienes mil veces razón: está macerado en rabia,
en feroz impotencia el pecho del que te cubre,
del que responde a tus gemidos y risas
con torpes sílabas de amante inexperto,
de animal sobrecogido por la catástrofe.
Querida, entre tus piernas me siento
casi hombre, como seguramente
lo han sentido todos aquellos que han sido
apresados por el lazo de tu amplia cintura,
casi centauro en la llanura de humo,
casi verde en la hojarasca del canelo
alrededor del cual se celebra la ceremonia
de la vida.

Sólo en el verano abigarrado de tus piernas, querida.”

El aire de Abisinia tiene la tristeza de amoníaco
del semen seco.

 

4

El otoño y los edificios se confabulan
para simular una imagen de ensueño,
trivial, elusiva como cartel publicitario.
Llamadas insistentes retumban en la oficina 61.
Un cementerio de vehículos en circulación
bloquea la Avenida Providencia.
La masa verde del cerro entra lentamente
en el reino de las sombras.

 

5

La menguante corona el cielo semiclaro
de Ciudad Lepra y aguarda
con satánica paciencia la destrucción,
el fuego que arrasará los panales en 10 o 15
años más,
cuando la mierda acumulada por tanto
tiempo en esta franja de tierra reseca y sufriente,
estalle derribando los muros de la casa
de remolienda.
Cortesanas, escribas, inválidos,
pederastas, ladrones, solitarios gobernantes,
toda esa corte que come y gime y caga
sentada en la mesa de Cristo Redentor,
al pie de esa verga ensangrentada
que llaman cruz del Carpintero,
arderá en las llamas de aquelarre
de los famélicos.

 

6

El techo del vagón es una pileta
donde se agitan como peces de múltiples
colores las siluetas de los apretados,
sudorosos pasajeros en la borraja
del tren matutino.
Hipnotizante mixtura de formas
cuya fuerza se desvanece
como si fuera una bandera desgarrada
que se hunde lentamente
en la profundidad de aguas aceitosas.

 

7

Ningún cátaro sobrevivió
al acoso de Cristo Redentor.
Ningún gnóstico yace hogaño
en el estiércol para iluminarnos.
Pero este bastardo de Heráclito,
este amigo de las moscas
que ruega por una moneda
empapado en la suciedad del harapo,
que interpela a su sombra
con chuchas y miradas extraviadas
como aspas que tantean en vano el vacío,
es nabí de los palacios y los vados
de nuestra noche resquebrajada,
cabeza decapitada
de nuestra orgía en sordina.

 

8

El sol acaricia con mano suave
las páginas del libro abierto
sobre las piernas de M
y lo convierte en una pequeña
brasa de fuego que mantiene tibios
los ateridos dedos.
Mística del ángel de la mañana,
tan fugaz como un viaje al centro de Lepra.
M bebe rápidamente el delicado
champagne antes que el aire de Abisinia
se torne áspero, amargo
como un gin en plena tormenta.

 

9

Más fácil fingir el sufrimiento, decorar
la pasión
con bellas y vacías palabras,
que sentirla clavada realmente
sobre el lomo de la bestia espumosa
que representamos en esta tauromaquia
sangrienta, como un venablo que fulmina la raíz.
Más fácil remedar el beso
carnívoro de los adúlteros que han de separarse
para reencontrar sus cuerpos entre las sábanas
del día siguiente,
que ser el amante que se despide para siempre
de un cuerpo de sombra desvanecido en el umbral,
el sueño de vida conyugal que malgastó nuestra
torpe juventud en los bares.

 

10

Agua consagrada y óleo
sobre la frente del frágil Bodhisattva,
la penumbra de la iglesia en la madurez de la tarde.
Las ovejas responden al llamado del pastor
que invoca desde el púlpito el poder
del alfa y el omega
y lo blande como una espada sofocante.
El llanto de los niños es incienso
que se quema en el ara del ídolo sordo.
Frágil, inocente Bodhisattva,
que los vientos del arenal te sean propicios,
que la orquídea de fieltro que tu madre
cuelga con un beso de madre
del cuerno de tu frente morena,
sea el amuleto que apacigüe la furia
del sol todopoderoso.
El gesto del Amor, superior
a la amenaza de cualquier espada herrumbrosa,
fértil como el abrirse de una rosa
que se deshoja para llenar de vida
a la sequedad.

 

11

Los tiuques sobrevuelan el espacio
cercado por las torres de alta tensión,
girando en círculos sobre el parque
lleno de escombros.
Convocados por el aroma de un perro muerto,
han acudido presurosos a su cita con la tierra,
ataviados de rigurosa etiqueta.
El caracol ciego del azar se ha anticipado
a ellos, su estela de pomos rotos y bolsas
empolvadas desborda la avenida manchada
de cuando en cuando por visibles novas de vómito,
su baba inmunda inscribe una circunferencia
infinita en el asfalto quebrado de las calles.
Bachas de pasta base dispersas por el suelo
-de noche fulgurantes ojos de lince
que titilan entre una cascada de risas
y deseos reprimidos bajo la máscara
de improperios, de agresivas miradas.

Muy cerca de la mesa servida para el agasajo,
las piscinas de los condominios permanecen
vacías y sobre su irisada superficie,
en la que flotan los carozos desdentados
de la estación,
se suceden sin pausa los negativos
de esa difusa película que proyecta
el sol otoñal en los panales modernos.

Ciudad Lepra es una versión
cada vez más refinada del infierno,
la cabeza de Anubis destaca
como un monolito impalpable en todas las escenas.

Por las ventanas semiabiertas
de solitarios departamentos cruzan
obesos escapados de algún cuadro
de Lucien Freud,
cerdos de piel albina,
de hálito humedecido por el desinfectante
bucal y los antibióticos.

El horizonte es una mancha borrosa
tras la que se esconden como huestes
salvajes en un bosque raleado
las carnicerías de los años futuros.
Cactus y hortensias envejecen
en la orilla de las terrazas,
un padre enseña a su hijo
por vez primera a tascar
el arnés de la ceniza.

Apenas queda oxígeno
en el aire de Abisinia,
el óxido tiñe el cielo
de un esplendor radioactivo,
el sabor del gin destilado en las copas
del neón.

Los tiuques graznan impacientes,
han llegado a tiempo a su cita con la tierra.

M tiene ahora el filo de la palabra muerte.

 

12

No podía evitar amarlos, se decía M.
Sentados en la cuneta de todas las calles
del mundo, con la paloma del desamparo
ceñida estrechamente en sus frentes
como una corona de lirios ajados,
tenían los labios ennegrecidos de tanto
beber vino con que entibiar el corazón.

El invierno arreciaba con crudeza
sobre los tejados, el hielo apuñalaba
sus muslos de bronce,
había que mantenerse vivo masticando
mota o tabaco,
trocando el ajenjo de los días
por cualquier pan que supiera
lejanamente a éxtasis.
Las mejillas agrietadas por la sal,
los oídos ensordecidos por el aullido
famélico de las ambulancias, por el venablo
de incontables adioses clavado sobre el lomo.

Ay de su carne que flameó como un emblema
de la sed
expuesta a los sirocos del desierto.
Ay del lapislázuli de sus vísceras,
que partido en mil fragmentos
dispersos entre la niebla de la ciudad,
fue barrido por el ojo implacable
de las mañanas.

En la cuneta de todas las calles del mundo
M escuchó sus salmos, entonados en mitad
del desgarro, sus solos de saxo crispados
y vacilantes, el tartamudeo febril
en que los sumió la derrota, el abandono,
apoyó sus imprecaciones de cuervo
sobre la tumba desecrada de Marx.

Un ejército de tonsurados, de perros lujuriosos
a los que nunca podría dejar de amar,
ardiendo entre los espejismos de Ciudad Lepra,
besando volutas que confundían con cuerpos,
masturbándose melancólicamente en cuartos
estrechos, mientras contenían las ganas de llorar,
las ganas de volarse la tapa de los sesos
de un balazo,
siempre imaginario.

 

13

Trazos de bárbaros sobre los muros de Ciudad Lepra,
cuchilladas que rasgan la tersura del epitelio soberano, rajadas doncellas,
graffitis descoloridos como flores de semen arrebatadas por el estío

-avenidas extendidas en la oscuridad,
hipogeo del gemido, muros que rememoran la violencia de los botellazos-.

Una noche más, el zodíaco grabado débilmente en el firmamento, hileras de asnos a la salida de las sucursales, magnetismo fetal del Oro.

-“¿Vas a rajar el arco de la aorta?”.
-“No, la femoral”.
-“Quieres un baño de sangre entonces”.

Diagrama de intensidades, un cruce de carreteras que atraviesa el Sahara del sexo.

Radiofonías semejantes a tormentas eléctricas, estallidos sociales en incubación, transmisión marcial de nuestros líderes por las frecuencias de la Zona, multitudes extasiadas, la hetaira democracia que heredamos en acción, aplicándose sin asco sobre la verga lacia de un elector potencial, un tímido contribuyente, un orgulloso pater familias.

Una noche más,
$2000 por fellatio en los barrios más viejos, más ásperos de Lepra.

****

La contemplación del ser, la contemplación de los campos meridionales de la sal.

En Lepra los cuerpos no son sino intensidades, perturbaciones eléctricas que producen atracción o rechazo en los miembros situados en su campo de acción, quemaduras de tercer grado en el espíritu, implosiones genitales en los órganos de la materia.

Los cuerpos tienen el color del semen, de la sangre contaminada, de las heridas, a veces la textura de cera de una vagina estimulada mediante cunnilingis,
los cuerpos son granos de sal, revólveres humeantes, una cadena indiferenciada de shocks y fugaces momentos de éxtasis inducidos artificialmente

-ya sea por furiahetero u homoapertura,
-ya sea por morfina, marihuana o anfetas

Los cuerpos caminan sobre una delgada capa, se entremezclan como partículas elementales en un baile sin orden, se agitan y estremecen en un instante de placer hasta hacer crujir el árbol de la Palabra.

****

-“Hoy es más barato estar muerto que vivo”.
-“Eso dicen”.

En el reverso de toda plenitud se halla este parpadeo de luminarias apenas conservadas, de fachadas convertidas en eriazos, una voluntad de ruina disfrazada tras la-

tras la-

sonrisa enferma de la primavera y la eterna renovación.

Edificios a medio construir, cementerios de indígenas y N.N sepultados bajo la grava y las cañerías, restos de parietales, fémures astillados, antecedentes del canibalismo,

-¿antropofagia del crédito?-

monedas de cobre + el recuerdo reseco de antiguos mártires sociales.

-“Eso dicen”.

Hemos acabado por enterrar el festín de los solsticios, el cántico al Oriente que nace.
De ahora en más sólo dispositivos, trampas mentales. Abluciones en los moteles.
La música concreta de los espejos, los platos rotos.

Una noche más en Lepra.

CODA

¿Y qué queda hoy de los días paganos?:
arena en la cara y los zapatos, estrellas
rabiosas, el cumpleaños nº 24 de la locura
celebrado entre los ajetreos de un mar fiero
- como un pájaro enloquecido
coronado de plumas enhiestas-,
el ulular paria del viento sobre la terraza
y las sinuosas heridas en el cráneo
de la conciencia que provoca el machetazo
de un Mitjans y un Martini coaligados para el asalto.

Asombro por la lenta combustión de un lucero
en el firmamento, aerolito desbocado
que se niega a devenir ceniza, y en su resistencia
ilumina nuestras retinas como los faros
de un Impala que arranca conduciendo
a tres argonautas y una puta al magno desierto.
Suave almohadón de las dunas, territorio de insectos.

La voz de Mick Jagger repitiendo, una y otra
vez, que el amor es como una música
que viene y se va.

Lecturas de poemas al borde del océano
o cerca de una piscina transformada
en reflejo del ocaso: crónica
de Teillier forastero, Aragon
y su licantropía contemporánea,
la explosión de lava e imprecaciones,
de argot y fuego que es Mario Santiago.

El fantasma de Arturo Belano paseándose
por los pasillos y nuestros sueños,
cual padre de Hamlet por su castillo.

Y desde el mascarón de proa de un alto
promontorio, contemplar la eternidad
del mar replegarse sobre sí misma,
hora tras hora, arrobados, como si
se exhibiera ante nuestros ojos
un documental del Génesis
y el Apocalipsis reunidos.

Cofradía de cátaros, decididos
a descifrar los jeroglíficos que la blancura
inscribió con afilado punzón sobre las cosas,
determinados a establecer su campamento
en el prado de una habitación muy pronto
arrasada hasta sus últimas raíces.

¿Y qué queda hoy de los días paganos?

¿Disueltos en la neblina de la vida
postmoderna como transeúntes
que se pierden tras el recodo
de las calles?

¿Boyas arrastradas
hacia el Mar de la Paranoia, el Mar
de la Cesantía, el Mar de la Dispersión?

¿Leña para quemar en la gran fogata
de la pedofilia, la prostitución, las argucias
y sofismas con que seduce el poderoso?:

No. Estos días son la savia
que sustenta el crecimiento
de los árboles, hoy ahogados
por el invierno, la futura floración
de una primavera todavía lejana.

O los hitos que demarcan la ruta
de un sudoroso y fatigado
atleta, en la mitad de su carrera.

En fin, fulgores de sangre
en la noche de la que venimos
y hacia la que vamos.

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One Comenta

  1. Posteado el 19/05/2009 a las 3:08 pm | #

    u
    que bueno. lo leí de un saque, y ahora
    lo voy a leer lento

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