Creación: Cuento

Por Emilio Gordillo

AL ANVERSO DEL CRISTAL

Por Emilio Gordillo

A M.J.P.

Lo triste serán las formas.
Mario Bellatín.

dscf12061. Mi padre me regaló un acuario. No sé si realmente fue así. Mi padre es esquizofrénico y jamás lo llamo padre. Pero en la memoria, mi padre me regaló un gran acuario en la que fue su casa y la de mi abuelo muerto. La casa quedaba, tal vez exista aún, en un barrio periférico de Santiago de Chile. Lo había olvidado completamente. 2. Recuerdo todo esto gracias a Salón de belleza de Mario Bellatín: relato que aún no acabo de leer y puede tratar sobre un hombre que posee un salón de belleza que con el tiempo se ha convertido en uno de los dos morideros de una ciudad demasiado parecida al D.F., una ciudad repleta de enfermos terminales aquejados de un mal extraño. Él embellece el Moridero con acuarios y peces de los más variados colores. 3. Mi abuelo solía contar historias. Pancho, mi padre en la memoria y no en la realidad, jamás lo hizo. Mi abuelo, en cambio, relataba historias inverosímiles. Historias de caza en la Cordillera de los Andes, historias de aventuras, relatos sobre tesoros enterrados más allá de donde acababa la capital, en Polpaico o Guacarhué, más lejos de donde se ponía el sol por la comuna de Pedro Aguirre Cerda, y también, historias sobre la muerte que pasaba cada noche por el riachuelo que era entonces la Avenida Carlos Valdovinos. Las suyas eran historias simples, de tristeza, de alegría, historias de aprendizaje, historias de algo. Cuentos inverosímiles hoy. 4. Carlos Valdovinos es una avenida horrorosa. Va desde Av. Vicuña Mackenna hasta el camino de la costa por el cual huyen los ciudadanos en fines de semana En sus bordes se emplazan paisajes interminables de fábricas y botaderos de chatarra. Pero desde ahí también se puede llegar a varias de las peores poblaciones de Santiago. No es más que cuestión de desvío. En esa calle puede estar mi casa.

dscf16625. Un desvío, una deformación profesional me trajo hasta el D.F. Llegué con jet – lag tras esperar seis horas en el aeropuerto de Costa Rica y tras otra escala en Lima, sentado, de pie, inquieto y desde el anverso de los vidrios se veían los montes selváticos y las casas encaramadas en el horizonte. De rato en rato arremetía una turbina dando paso al despegue de un avión de alguna aerolínea centroamericana que parecía quebrar el vidrio. Pero el vidrio no temblaba, seguía ahí, incólume y exhibiendo la panorámica total de las casas en la selva y en los cerros en una imagen llena de calor. El frío del aire acondicionado era similar al del sur. Yo, un poco entumido, veía esas casas pensando en el brote que ya había parecido partir desde Guatemala llegando hasta aquellos montes verdes e incluso más allá. Tanta luz es incomprensible para un hombre del sur. Me sentí cómodo tras el paso del sol entre los cerros, llegó la noche y con ella el abordaje de la nave centroamericana, el despegue y la sensación de un coágulo en el cerebro, el cielo negro de Centroamérica y kilómetros de nada. Creí dormir pero no fue cierto. Bebí un whisky malo por inercia e intenté relajarme durante el resto del viaje. Al cabo de un rato sonó el aviso. Volábamos sobre Puebla. El vuelo centroamericano ya llegaba hasta el D.F. y desde la altura la ciudad parecía una especie de infierno inasible, un sistema sanguíneo con torrente vehicular luminoso y oscuro, roto y disectado en el plano por extensiones opacas que imaginé serían cerros. Pensé en mi abuelo muerto y, por extensión, en mi padre imaginario. Quise pensarme capaz de contar una historia. Pero en vez de intentar cualquier cosa tomé la cámara digital y decidí capturar el momento a través de la ventanilla.

dscf13966. Apenas descendí me sentí enfermo. Parecía que mi cuerpo hubiera salido del tejido de mi piel y yo, largo como es mi figura, no fuera más que pellejo y huesos. Imaginé que en aduana lo notarían. Tras tomar las fotos no tenía la más mínima gana de hablar pero el policía de aduana insistió con una sonrisa. Se supone que si en el D.F. ves a un policía cruzas la calle para no toparlo, podrían haber vivido en Carlos Valdovinos, todos los policías, hasta los del aeropuerto, perfectamente. Y el policía, con su sonrisa amable, me pregunta por el gentilicio: ¿a la gente de Santiago le dicen santiagueños? Entonces regresó el habla. Mi lengua quiso preguntar si a la gente del D.F. les llamaban defecanos, pero en vez de eso, esbozando una sonrisa más grande aún, dije que no, que nos decían santiaguinos, tras lo cual sonrió y estampó la fecha de entrada al país. Luego me invitó a pasar por una cápsula detectora excusándose pues, según sabía, la gente del sur era limpia, el problema lo daban los centroamericanos, por tierra, por aire o donde fuera, queriendo cruzar hacia las fronteras del norte; la gente del sur solía hablar poco y bien y eso a la autoridad le traía confianza, nuestra economía también, ejemplo, llegó a decir si mal no recuerdo, orden, dijo, eso sí es seguro. El detector no indicó nada, el policía se despidió de mi y salí para tomar un taxi seguro, de los de color rojo y me encerré una semana en un departamento de la calle San Borja cerca de la estación División del Norte, sobre la línea verde, la misma que va desde Indios Verdes hasta Universidad. 7. Después perdí noción exacta del tiempo. Intenté terminar de escribir una novela sobre Santiago de Chile, una novela económica cuya función consistiera en ir quedándose callada programadamente. En ella, un hombre joven prefería encerrarse en un cuarto verde, en un taller de cromakey y representar escenas de una vida cotidiana a ponerse a escribir. Intenté escribir esta novela de personajes que quieren escribir su propia trama y no pueden, ya sea porque no la tienen o no la ven, intenté escribir sabiendo, incluso, cómo se odian estas temáticas en la ciudad de Santiago, lectores y reescritores planos y obtusos de Droguett o Rojas, refundadores de conventillos, qué me importaban a mi, que se fueran a la reconchadesumadre con sus teoremas. Yo quería escribir sobre un pueblo, sobre una ciudad fantasma verde y limpia, una ciudad fugaz más parecida a Alhué que a la Ciudad de los Césares. Y en vez de eso yo estaba encerrado en el D.F. mirando por el anverso de una ventana cómo arribaban aviones en dirección al aeropuerto internacional Benito Juárez. Y nada funcionó. Veía los aviones uno tras otro, los oía cruzar temprano, de madrugada o tarde por la noche. A veces pensaba en mi abuelo muerto y sus historias y culpaba a mi padre esquizofrénico por mi incapacidad de articular el mísero relato de quien no logra articular un relato.

dscf13628. No sé cuánto tiempo pasó antes de que llegara la pequeña maya, no sé si una o dos semanas o tal vez un mes. No recuerdo. 9. Me había pedido que la recogiera en el aeropuerto no recuerdo en qué fecha, venía desde la península, desde Mérida, Yucatán. Ella se encargaría de explicarme en qué consistía la dinámica de la universidad y las clases, me ayudaría también a recorrer un poco el D.F. Con la enfermedad era complejo salir así, sin un guía o algo similar. Sonó el timbre y descolgué, su voz se oyó desde el otro lado, a siglos de distancia. Llegué, dijo y yo pulsé el botón de seguridad entumido, repleto de inercia. 10. Pasó. Me pidió por favor que me bañara. Yo apunté con el dedo y dije que por afuera pasaban los aviones. 11. Hay un anverso de un nuevo vidrio, del otro lado no vuelan más que aviones o se oyen más que turbinas y el tiempo es uno, todos los tiempos y ningún tiempo a la vez. 12. Tomé una ducha. 13. El agua del D.F. me irritó la piel durante las primeras semanas, el aire seco del D.F. y el agua del D.F. acentúan las cicatrices, las secan, las hacen emerger. La mía comenzó a reaparecer entre la mejilla y la nariz y de arriba hacia abajo, también la que va desde el codo a la palma de la mano, las vi desde la ducha y en el espejo que colgaba de la puerta. 14. Mi padre me regaló un acuario. Mi padre real es un esquizofrénico, no estará jamás. Tal vez, antes de serlo, me regaló un acuario que mantenía en su casa, que es la misma casa de mi abuelo muerto, en Carlos Valdovinos, en Santiago de Chile. Recuerdo haber alimentado a esos peces al menos una vez, eran dos, recuerdo haber envidiado el olor de su comida, con la boca húmeda pensaba en untar los dedos en ese fino y áspero polvillo con olor a carne seca. Tomaba el alimento con la punta de los dedos dejándolo caer sobre el agua y sus ondulaciones y acababa chupándome los restos de los dedos como si en ellos hallase soma. No tenía más de tres años. Mis ojos estaban limpios, no sé si mi lengua. 14. Muchos años después, un padrastro me llevó a un restaurante de comida china, uno de los primeros que existieron en la ciudad, en un tiempo remoto en que la comida china era exclusiva y muy cara. Aquel padrastro fue quien me sumergió en la literatura. Entramos a hacer un pedido para llevar, mamá nos esperaba en casa. Extendido en un gran muro en el comedor, un acuario exhibía el mayor número de peces que jamás vi. Desde entonces los busco en los cientos de locales de comida china que hay en el mundo, como si las historias se escondieran al anverso del cristal y bajo el agua.

dscf1206115. Salí de la ducha y me vestí. La pequeña maya me preguntó si acaso escribía, había visto la computadora abierta. Contesté que ya no, por el cielo los aviones pasaban cada cinco minutos, cada vez a menor altura, era absurdo. Ponte bonito, me dijo, vamos a dar un paseo. 16. Tal vez sea por la enfermedad. Ya nadie camina por las calles de la ciudad de noche. Cada calle es similar a la anterior. Me sentí perdido a las tres cuadras. La pequeña maya me explicó que me quedaba en un muy buen barrio, claro, como en todas las colonias existía una zona peligrosa pero no podría haber hallado mejor lugar por tan poco dinero. Le pregunté por el curso. Dijo que ya todo estaba arreglado, los alumnos se encontraban inscritos y el boleto de avión comprado. No faltaba más que esperar a Mayo. No necesitaba fingir con ella y le expliqué que me daba un poco de pavor. Nunca antes lo había hecho. Llevaba en mi bibliografía textos de Marín, Zambra y Celedón. Escritores que casi nadie conocía, escritores que más que narrar, parecían cavar un pozo para enterrarse a sí mismos. Pues ahí veremos, dijo ella, por supuesto que tendrás que llevar ropa ligera, se pronosticaron cincuenta grados durante el mes de Mayo. 17. Kemy Oyarzún decía en una clase que jamás pudo enseñar existencialismo en California, hablar de Sartre era imposible en un curso donde los alumnos llegaban de torso bronceado desnudo y con una tabla de surf en la mano. 18. Apareció la luz azul en una esquina. La pequeña maya dijo que cruzáramos la calle. En el fondo, en la intermitencia horrible de la luz azul contra la noche, dos policías con aspecto de pandilleros pateaban en el suelo a un enfermo, le quitaron su remera con el kit de identificación y le apuntaron a la cabeza con un Aka – 47, creo que el enfermo cargaba una tabla de surf. 19. Volvimos corriendo al departamento y cerramos la puerta con seguro. 20. Nos sentamos al centro del apartamento vacío. 21. Un sonido tartamudo comenzó a acercarse de a poco. 22. El sonido tartamudo se hizo seco y sordo. 23. El sonido se hizo ruido. 24. El ruido tartamudo entraba espeso desde el anverso del vidrio. 25. Empezó a llover. 26. Amo el olor de la tierra mojada, mi infancia está ahí.

dscf165527. La lluvia en el D.F. huele a polvo y cemento. No encuentro nada. 28. La pequeña maya se escondió en el cuarto. Yo caminé agachado hasta la ventana. Tuve miedo. Me asomé y entre la oscuridad de la azotea vecina, a no más de cinco metros de mis ojos, un hombre de sweater blanco y rojo fumaba un cigarro entre las ropas colgadas. Las ropas colgadas parecen cuerpos carentes de signos vitales, movidos de aquí a allá por el viento y los chubascos. Nadie ha salido a recoger esa ropa. El hombre que ve hacia el edificio de enfrente empuña. Luego apunta. Suena el tartamudeo seco una vez más. No puedo creer lo que veo, a cinco metros, bajo la luz oscura de la colonia Vértiz un hombre dispara un Aka – 47 contra algo que no sé ver. Me arrastro como un cobarde, apago luces y me encierro en el cuarto. El ruido se va. 29. Me despierta la turbina de un avión a baja altura. Amanece en la ciudad. Me vuelvo a dormir. 30. Esa noche soñé con mi abuelo, con la historia de los tesoros en Guacarhué. Todos habíamos crecido y ya nadie creía en sus historias. En su tiempo libre, entre el trabajo que le quedaba en su taller tras perder tres fábricas, se sentaba frente a los nietos, ofrecía bandejas con papas cocidas, huevos y tomate, y comenzaba los relatos que casi no logro recordar. Eran tiempos de crisis, tiempos de conversación. Los trabajos se pagaban con las papas, los huevos y el tomate, conversando, con modales. El abuelo decía que era necesario partir a Guacarhué, hacia los cerros, él conocía la ubicación de un yacimiento repleto de tesoros desde el tiempo de la Independencia, cuando los realistas volvieron a tomar la ciudad en 1817, las familias habían escapado hacia Mendoza enterrando todas sus joyas y platerías en los cerros de Guacarhué y Polpaico. Ya nadie le creía al abuelo. Solo nos comíamos el huevo, las papas y los tomates. Después, veía la casa paterna en un plano completo y pensaba lo atípico de su construcción en Santiago, la casa podría haber estado acá, en la colonia Vértiz o en La Lagunilla, o en Tepito o Iztapalapa, hasta en Indios Verdes podría haber estado, pero en Santiago no, las casas en Santiago vienen preconcebidas, ordenadas, seriadas, imaginadas a priori, acá, en cambio, las casas se van elevando según las necesidades de los habitantes, aparecen cuartos aquí y allá, de la nada y encaramándose en las esquinas más inimaginables justo cuando ya parece no haber espacio para nada ni nadie. 31. Cuando volví a despertar la pequeña maya preparaba quesadillas en la cocina. Ponte bonito, me dijo, vamos a dar un paseo. 32. Salimos. Nada. La ciudad. El día era soleado, la gente asomaba fantasmal paseando sus perros de raza y sus hijos. Debíamos llegar hasta Indios Verdes. Caminamos hasta estación División del Norte y tomamos el metro.

dscf167433. Estación Indios Verdes marca el límite norte con el conurbano. Lo que sigue a continuación es el Estado de México, en un inicio, cerros y cerros de poblaciones, villas o favelas plomizas, sin pintar y a medio construir siempre, despeñándose de faldeos secos infinitos, guetos horribles, laberínticos. 34. Bajamos en el andén de la estación Indios Verdes, por el suelo y junto al muro pasó corriendo una rata que se ocultó tras un afiche luminoso. Imagina que es una ardilla, dijo la pequeña maya y nos quedamos fijos en el afiche. El letrero, parte de una exposición sobre las líneas de metro del mundo, mostraba los planos de todas las líneas sudamericanas de metro. Cada cual con sus formas y estilos, cada cual con sus alegres colores. Argentina, Venezuela, Chile, Colombia, Ecuador. Y en una esquina, una nota aclaraba el número de ciudadanos que subirían en los vagones de allí al 2010, celebrando los doscientos años de la Independencia Latinoamericana, así, con mayúsculas. El letrero brillaba al centro de la horrorosa estación. El letrero cegaba. 35. Caminamos hacia la salida y la pequeña maya preguntó si acaso en Perú no había metro. Hasta donde recuerdo tienen un problema con el subsuelo de Lima, dije. ¿Y Bolivia?, pregunto ella. 36. Miré a la pequeña maya con ternura y corrimos hasta el bus que nos llevaría a Teotihuacán. Indios Verdes no es una zona amable. Los primeros cerros del conurbano se veían a la distancia. Las casas encaramadas y a maltraer también, y sobre ellas el bosque deforestado y mísero. Yo no podía pensar en nada más que el mal y en lo inútil de plasmar estas cosas en algún lado. El esfuerzo no vale la pena. ¿Para qué? ¿Para que conviertan estas cosas en cine? ¿Para ver renacer un nuevo Tarantino? ¿Para que el próximo tour sea por estos cerros del Estado de México? ¿Para qué? ¿Ah? ¿Para qué? 37. Sentí asco por los textos de Rodrigo Rey Rosa y Castellanos Moya. Me prometí no volver a leerlos nunca más. Voy a extrañarlos. 38. Sentí asco por los textos donde Bolaño teje una red canonizando a Rodrigo Rey Rosa y Castellanos Moya. Sentí pena.

dscf173539. Sentí asco por los textos de Mario Bellatín. No los necesito en absoluto. 40. ¿Qué saben los escritores de la enfermedad? ¿De estos cerros? La enfermedad no está en el papel, está en la casa y los cerros. A esta hora, la colonia Indios Verdes, la estación Indios Verdes, era un mar de gente. Militares requisaban filas de personas esperando el autobús y pateaban vendedores de películas apócrifas. 41. Tomamos el bus. 42. Los llamamos camiones, dijo la pequeña maya. 43. El bus partió. Al anverso del vidrio, un gran conjunto de maquinas de construcción alborotaba la zona dando vueltas alrededor de unas estatuas. Da la impresión de que no supieran qué hacer con ellas, dije y la pequeña maya respondió que aquella era la eterna historia de los Indios Verdes. 44. Itzcoatl y Ahuizotl. Grandes guerreros aztecas. Tlatoanis y unificadores de grandes sectores de México antes de la existencia de México. A sus pies, la cabeza de un jaguar y glifos nahuas y mayas. Ante sus figuras rígidas y estupefactas, la maquinaria pesada, el barrio sucio atestado de ambulantes y militares, bajo la estatua, la estación final de Indios Verdes, el letrero y las estaciones de metro en Sudamérica a las puertas del bicentenario. 44. Mientras el bus se adentraba en el Estado de México, la pequeña maya empezó a contarme la historia de los Indios Verdes. Fueron construidos con motivo de la gran Bienal de París a fines del siglo XIX por un hombre de apellido Casarín. Llevaron su rigidez y su rara y elongada imitación de las formas griegas hasta París, donde pasaron desapercibidos. A mí nunca me han parecido bonitos, dice la pequeña maya. Tras su paso por París, las estatuas llegaron hasta el Paseo Reforma y Bucarelli hacia 1890. Algunos dicen que a la gente de la colonia le pareció de mal gusto y decidieron trasladarlos hasta La Calzada de la Viga, la calzada de los ahorcados, eso sucedió en 1902. Pero entrada la década del veinte los Indios Verdes son reubicados una vez más, al parecer nadie sabe muy bien por qué, pero sus figuras de cobre, que ya empezaban a enmohecerse bajo una tonalidad verdosa, fueron acarreadas hasta Insurgentes Norte, casi en la periferia y cerca de la autopista que va hacia Pachuca. Y ahí se quedaron durante un largo tiempo. Hasta el año 1979, para ser más exactos. Finalmente llegaron hasta ahí, hasta Indios Verdes, junto a la colonia Lindavista, los quitaron de Insurgentes pues la línea del metro comenzaba a cubrir el extrarradio como una infección benigna, demoraron alrededor de cinco años en instalarlos y no bien, fijos al fin, con toda una colonia que reproducía su nombre, el 2005 fueron desplazados una vez más unos doscientos metros, justo hasta el lugar donde los habíamos visto cercados de maquinaria pesada y vendedores ambulantes.

4623_1185102306802_1205602311_30527984_4188400_n45. Los asientos del bus parecían manchados de semen, la ventana que me tocó se ramificaba en una multitud de líneas que partían desde un centro trizado. Pensé en la potencia del piedrazo recibido y en el largo camino por recorrer. Al anverso del vidrio, fueron apareciendo nuevos y nuevos cerros con sus casas encaramadas, sin pintar, agarrándose a fin de no caer por la pendiente, un lienzo interminable, miseria en estado vegetal. Yo pensaba que no podría imaginar la vida de alguien nacido allí, no era posible que allí naciera un niño, que creciera o fuera feliz y de mi cabeza solo salían imágenes oscuras, violaciones, matanzas, narcotráfico, miedo y cotidianidad. Pero como conceptos, como peces al otro lado de un mundo sumergido, de un acuario de agua descompuesta. Pensé en Avenida Carlos Valdovinos, en la casa paterna, en olor a naftalina y polvo. Quise guardar todas las imágenes vistas para algo que aún no comprendía bien y me fui acurrucando hasta quedarme dormido. 46. No lo sé bien, pero soñé con una vieja caja fuerte que recuerdo emplazada en el pasillo de la casa paterna, su color verde se tornaba negro mientras la abría hasta coger un pequeño libro de los presocráticos en su interior. Después veía niños, pequeños niños musculosos llenando los vagones del metro en la estación Indios Verdes. Le preguntaba a un policía hacia donde los llevaban y él respondía que hasta la estación final, hasta Universidad, muy hacia el sur. El vagón de pasajeros es el último, decía, puede pasar por ahí. Entonces me escabullía en el vagón de gente común y buscaba la ventanilla para mirar al carro contiguo, al anverso del vidrio, pequeños niños musculosos se babeaban entre sí. El metro se detenía estación a estación, y los niños se iban apilando como ganado, golpeándose o subiendo sobre el cuerpo de un compañero. Un rostro amorfo se adhirió a la ventanilla. Yo di un grito horroroso. Pero el niño parecía pedir algo mientras babeaba el cristal. Puse mi oído contra la superficie fría e intenté entender su dialecto como de burbujas submarinas. Creí oír que decía la palabra freno. Freno y algo más. Freno de emergencia. Solo entonces entendí que los pequeños eran enfermos mentales, una suerte de ejército de niños con síndrome de down. Apunté el freno con el dedo. Gesticulé el movimiento que debían hacer para remover el casquete y jalar la palanca. Al anverso del cristal, los niños comenzaban a morderse unos a otros. Entonces el metro comenzaba a acelerar y yo intentaba pasar entre el resto de los pasajeros hasta dar con el freno de emergencia pero el calor asfixiaba en cada movimiento y la gente no prestaba la menor atención o el más mínimo espacio. Así que empecé a morder, a patear, a dar empujones y a putearlos en un perfecto chileno que, por supuesto, nadie comprendía en absoluto. Cuando logré llegar hasta el freno la grabación de una voz femenina anunciaba nuestra llegada por el altoparlante: Estación Universidad, todos los pasajeros deben descender. Las compuertas se abrieron y una encerrona de militares fue encauzando a los pequeños hasta la salida de la estación, rumbo a la parada de Pumabus en la UNAM. Comencé a gritarle a la gente del vagón común, que cómo podían permitir que hicieran eso con sus niños, que ni una tribu primitiva permitía algo así. Me vieron y se hicieron los desentendidos en un gesto que unía la vergüenza y el desprecio. Un militar reparó en mis movimientos y me dijo que me callara. Entonces grité más fuerte y me apuntó a la cara con su Aka – 47. Luego todo tronó.

dscf1205 48. La pequeña maya dijo que habían roto el vidrio de un asiento más adelante. Solía suceder, explicó, los piedrazos a veces daban en el blanco y entonces podían saquear cualquier tipo de vehículo. Qué te pasó a ti, preguntó, hablabas dormido. Mentí y contesté que había soñado con una historia que tenía principio, medio y fin, con nudos, climax, anticlímax y todas esas estupideces irreales que te enseñan los talleristas literarios. Ya, ni modos, contestó ella y dijo que casi llegábamos a las pirámides. Yo contemplé por última vez el cristal quebrado junto a mi asiento, el núcleo de su trizadura en el centro y la bella ramificación de líneas aireadas dentro del cristal. Parecían dirigirse a la nada, parecían perderse hacia el otro lado del vidrio. Pensé en mi abuelo y sus historias, pensé en el imbécil de mi padre esquizofrénico. En el último día que lo vi, antes de entregarlo a la clínica y recibir el cheque por su herencia y su discapacidad. La familia entera le tendió una trampa aquel día. Yo debía distraerlo hasta que los enfermeros se instalaran dentro de la casa paterna, en Carlos Valdovinos, son sus jeringas, inyecciones y camisas de fuerza. Ya ni siquiera a mi me hacía caso, pero ese día lo invité a comer y tras un largo forcejeo argumental acabó por aceptar la invitación. Caminos por la Avenida Carlos Valdovinos, bajo un sol de verano seco, por una avenida sin un árbol durante cuadras. Así llegamos hasta Avenida La Feria y yo le apunté un restaurant de comida china en la esquina. Entramos. Pedimos un menú para dos. Él, como siempre, parecía incómodo. Hablamos poco. Al menos hasta el plato final. Comía arrebatado, como si en algún rincón de su cabeza algo le dijera que todo esto era una emboscada. Entonces, empinando un plato y bebiendo el jugo restante de la carne, dijo que él había nacido en una fábrica. Yo nací en una fábrica, José, dijo completamente ido. Luego continuó con una historia sobre Machasa, la antigua industria nacional de telas, cerrada por quiebra durante los primeros años de la vuelta a la democracia. Yo nací en una fábrica, José, repetía. Después pedí la cuenta, lo miré directo a los ojos y le dije que lo íbamos a encerrar. También dije que iba a cobrar el cheque de su herencia pues él era un inválido, legalmente yo era el único que podía hacerlo. Preguntó qué iba a hacer con esa plata. Irme a México, respondí. México, dijo entre sonrisas idas, limpiándose las uñas con el tenedor, los escudos más bonitos son los de Chile, Estados Unidos y México. Una culebra, dijo, un pájaro. Son los más lindos, repitió casi hablando para sí mismo. Luego pareció volver durante un milímetro temporal y me preguntó: Son lindos, ¿cierto? Me vio por un segundo y se fue de vuelta a su cabeza. Salimos. Dije que ya casi no habían acuarios en los restaurantes chinos, pero ya no había nadie más a quien hablar. Y caminamos de vuelta a la casa paterna. 49. Subimos y bajamos pirámides. Caminamos por la calzada de los muertos. Volvimos al Distrito Federal mientras caía la tarde. 50. El bus llegó hasta Estación Indios Verdes. Al anverso del vidrio, entre las sombras, la maquinaria pesada seguía rodeando a Itzcoatl y Ahuizotl. Las calles ya estaban vacías. Entonces noté que Itzcoatl sostenía un garrote con puntas en su mano derecha, pero su postura era rígida, los brazos permanecían pegados al tronco, como si un anillo invisible o su propia parálisis nerviosa lo mantuviera inmóvil. Los tres o cuatro metros de Ahuizotl parecían tener mayor movilidad, se apoyaba en un bastón y parecía mirar al cielo, pájaros o aviones, pensé cansado. Quiero volver, dije a la pequeña maya y apunté al cielo negro. Quiero volver a casa, dije, me hace falta el ruido de los aviones. Ella pareció no escuchar y habló sobre un terremoto en el año 85, una suma innombrable de muertos, edificios desplomados como tortas. Dijo que según el rumor, cada vez que los Indios Verdes eran removidos el suelo de México D.F. se volvía a resquebrajar un poco más, un día, al fin, se abriría por completo. No sé por qué, pero le digo que tomé una foto aérea del D.F. Pues déjame verla, dice ella. Yo saco la cámara de morral, la enciendo y busco la imagen oscura y luminosa. Nos asomamos juntos. Al anverso del cristal líquido de la pantalla no hay más que una imagen difusa. La pequeña maya mira hacia el cielo sobre el andén, hacia el anverso del suelo. Tal vez, sobre nuestras cabezas se hallen los Indios Verdes.
Ni con escudos puede ser sostenida su soledad, dice la pequeña maya sonriendo solo con la boca. Yo la veo esperando no volver a decir palabra, tomo su mano. Entramos al vagón del metro.

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6 comentarios

  1. Guido
    Posteado el 15/06/2009 a las 1:32 pm | #

    Lo único malo es que no le pusiste “Indios Verdes”

    abrazo y salú

    g

  2. Anónimo
    Posteado el 17/06/2009 a las 8:29 am | #

    el aereopuerto de costa rica es la raja, la llegada la estadia y la salida

  3. em
    Posteado el 18/06/2009 a las 1:32 pm | #

    G.

    La novela se llamará así.

    Saludos, ¿cuando nos vemos?

  4. Posteado el 27/06/2009 a las 8:11 pm | #

    Escritor chileno que pone un pie en Méjico = Cuento sobre “el DF”.

  5. Majo
    Posteado el 03/07/2009 a las 1:18 am | #

    Cielos. México va con X, no con J. Hubo toda una discusión decimonónica para decidir esa cuestión y en esa letra se pueden resumir muchos de los conflictos ideológicos de esta patria. No es sólo un capricho ortográfico.

  6. E.G. Noll.
    Posteado el 03/07/2009 a las 9:12 pm | #

    Yo quiero saber de esa cuestión decimonónica!

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