Por Paula González
Frágil, no tocar
Por Paula González
Los recuerdos son agua, soles, verdes, sinestesias, canciones. Los olvidos son pálidos, papel alusa, llamadas perdidas. En Hiroshima, mon amour, recuerdos y olvidos son jadeos incesantes. Jadeos tristes, aferrados apenas en la pisadera del cerebro. Quizás una mentira.
Lo he visto todo en Hiroshima. El posicionamiento de un no lugar como un hospital. No has visto nada en Hiroshima. Gente en el museo que finalmente no es más que un clóset lleno de recuerdos etiquetados y expuestos para que las personas conozcan el significado de lo trascendente, arbitrariamente catalogado así por un alguien que entonces no está. Por lo tanto se desprende con facilidad el hecho de que lo objetivo no es más que una idea delineada por las interpretaciones. Una hermenéutica a veces compartida por los ideales. Lo que para ella fue un crimen y el fin de su vida, para otros fue la acción necesaria por su concepción de bien y su forma de evaluar el escenario correspondiente.
Los recuerdos en Hiroshima, mon amour son cicatrices ardientes. Son justificaciones del presente, el juego de un libro que barre sus hojas cada vez que se abre. Y duele tanto. Son una fiebre. Delirio, proyección, incineración, una cosecha nueva cada vez, cuando la inmediatez condiciona aquella sensación primera y le quita una capa como a una cebolla.
Pronto no existe más que el presente, pues todo se remonta y es ahí cuando es el hoy lo que duele. Qué son los recuerdos y olvidos más que aquello que inmediatamente referenciamos y nos condiciona, obsesiona y mueve. La historia. Tuya, mía o nuestra. La recíproca contaminación de ellas o nuestras contaminaciones, las propias. Lo sabemos porque lo vivimos o porque nos lo contaron. Porque lo recordamos y ese recuerdo es lo que enseñó a nuestro intelecto a comportarse de tal o cual manera. A veces el recuerdo actualizado con nuevos recuerdos que marcan un vértice en el círculo y se incorporan modificándonos a su vez. Ella triste y trágica. Él que dejó de ser él para transformarse en un soldado alemán, protagonista de una vida triste. La de ella, encerrada por sus propios padres en el frío, semi consciente de la vida sin conocer realmente otra. Obligada a recordar al principio y a olvidar después. A imaginar y ensuciar su vida anterior con eso, que es lo único que le quedaba aun cuando intentó callarse por dentro, haciendo doler por fuera sus dedos en los muros. Luego, la reconstrucción. Las variaciones. Aquel libro de nuevo, barriendo sus páginas, escribiendo, haciéndolos vivir otra vez, perpetuándolos.
Cómo tiemblan los recuerdos. Cómo se transforman en agua, en una carcajada de hojas que resbala por Nevers y por Hiroshima. La proyección, acaso un espejo, la necesidad. El torrente sanguíneo agitado por una cachetada que es un pestañeo. El regreso desde una ensoñación, del olvido que es sombra y quema. Un idioma, un papel, amar. Aprende, luego existe. Aprende, luego estipula, Aprende, luego adivina.
Pretendemos que la memoria no admita ciertos recuerdos, que los pierda. Sobresalto de una calle mal pavimentada. Es imposible perderlos y la reminiscencia nos mata. Como en Hiroshima, mon amour, nos mata de esas ansias de precisamente amor o de llenarse las manos de oraciones que empiezan y terminan en el sujeto. Tu nombre es Hiroshima. Tu nombre es Nevers. Compartiste conmigo algo que con nadie más. Un recuerdo. Somos especiales ahora. Tenemos un vínculo, una historia en común porque me transformaste en él, en ti. Algo que me haga sentir mejor. Quizás mañana. Quizás mañana voy a olvidarte. Y hace evidente la fragilidad de la memoria, el paso del tiempo, las elipsis y desapariciones. Mañana no vas a estar, quédate, quiero recordarte un poco más.
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2 comentarios
la huea hermosa
a veces me cuesta leerlo, pero lo entiendo. me gustaría leerlo justo después de ver la película a ver si conecto más con él.
lo más bonito: “Cómo tiemblan los recuerdos. Cómo se transforman en agua, en una carcajada de hojas que resbala por Nevers y por Hiroshima. La proyección, acaso un espejo, la necesidad. El torrente sanguíneo agitado por una cachetada que es un pestañeo. El regreso desde una ensoñación, del olvido que es sombra y quema. Un idioma, un papel, amar.”