Por Felipe Cussen
Este ascensor sólo baja
(fragmento)
Por Felipe Cussen
No nos conocemos. Entramos corriendo a ocupar nuestros sitios. El espacio es escaso. Nos sentamos en esta sala de la que no podremos salir hasta que lleguemos. Miramos hacia la pantalla en que se muestran imágenes de nuestro destino. Del puerto del que ahora partimos sólo resta una intermitente luz roja y las últimas gotas que insisten en desearnos buena suerte golpeando en la ventana que una persiana metálica termina por cubrir.
Se acerca silenciosamente el capitán del barco y susurrando me da la bienvenida. Me invita a comer esta noche junto a él y la tripulación, en el salón. Estoy ansioso por saber qué hay en ese salón. Aquí se suceden las imágenes y aún no se repite ninguna. Los demás pasajeros se ven muy tranquilos, disfrutan del momento. Yo no sé disfrutar del momento. Aún no suelto la maleta, la llevo aferrada a mí. Si la abriera, cualquier persona podría comprobar que adentro está todo muy ordenado: los pantalones, las camisas, algunos libros, algunos discos, este lápiz y este cuaderno. La maleta es todo lo que me pude llevar.
Nos avisan que, como no podemos salir de la sala, ahora cambiarán las imágenes y pasarán una película de lo que supuestamente veríamos en el exterior. Siento el ruido del mar, siento las olas mojando mi cara, siento la sal entrando en mis ojos. Comienzo a llorar por última vez en mi vida.
Miro constantemente hacia la pantalla y tomo notas. Mi vecino de asiento me pregunta si soy periodista y le doy a entender que sí, que además soy experto en olas, y que por eso viajo en este barco. Me dice que precisamente él también es un experto en olas. Luego de conversar un rato queda en evidencia que él sabe más que yo sobre el tema, pues es capaz de calcular las frecuencias e intenciones de una ola con sólo echarle un vistazo. Yo con suerte podría inventar el pasado de una ola. Cuando me pregunta qué llevo en la maleta, le digo que traigo agua de mar.
Me levanto un momento de mi asiento para estirar las piernas en el pasillo que está fuera de la sala. Todos han salido a hacer lo mismo, y no ha quedado nadie viendo las imágenes. Para no perder la costumbre, la gente explica lo que creen que se sigue proyectando en la pantalla, y mencionan los saltos de una serie de peces que jamás había escuchado. Todos miran de reojo mi maleta, como si allí guardara dichos peces.
Por los parlantes nos indican que debemos volver a la sala; es el momento de comer. Nos traen bandejas a los asientos, y todos los platos y vasos están diseñados de manera que no boten el contenido por el movimiento. Le digo a la mujer que supervisa la operación que el capitán me había invitado a comer con él, y ella me dice sí, eres tú.
Deja por un momento su labor y me lleva por un pasillo y luego por otro y por otro. Sabemos por qué estás aquí, me comenta esta elegante mujer mientras caminamos. Y le respondo qué bueno, porque yo no tengo idea. Estaba de lo más tranquilo hasta que me llamaron para que viniera, y con la confusión se me quedaron las llaves dentro de la casa. Eso le pasa a cualquiera, me consuela.
El capitán me recibe con los brazos abiertos, cómo está amigo mío. En mi cara se nota que estoy feliz de haber sido invitado a este salón. Aquí se encuentran todos los miembros de la tripulación, hombres y mujeres musculosos, bronceados y educados que me reciben con un aplauso. No esperaba tanto, contesto sin soltar la maleta. Luego del aplauso, cada uno continúa tomando su sopa y conversando por su cuenta. Para tomar mi sopa, me acerco a un mesón sobre el que hay sobres de distintos colores, pero por más que pregunto, todos me dicen que tienen el mismo sabor. También le pregunto al capitán quién está a cargo de la conducción del barco ahora. Cierra un ojo y me muestra un control remoto con una pequeña pantalla, desde la que monitorea todo lo que ocurre adentro y afuera. Pero a medida que avanza la comida, me fijo que lo ocupa principalmente para jugar al juego de los ladrillitos que van cayendo. Yo alguna vez jugué ese juego, le cuento, y él me dice ésta es mi primera vez. ¡Para todos es la primera vez!, exclama el doctor del barco, y se desata espontáneamente una carcajada general.
No he descrito este salón. Me parece más pequeño de lo que pensaba. Todas las formas son curvas, y los colores muy fuertes. Depositada sobre el centro de la mesa de centro se ubica una bola de espejos, que replica los gestos de quienes la estamos mirando. Las ventanas también están cerradas aquí, pero no hay una pantalla, quizás no sea necesaria. Sí hay un grupo de músicos que ameniza la velada, tres contrabajistas que desde sus instrumentos intentan emular otros: una trompeta, un piano y una batería respectivamente. Se respira desidia en los auditores, pero una vez que hemos terminado de comer, los tres se miran y comienzan a tocar los contrabajos como si efectivamente fueran contrabajos. Entonces comienza el baile. Todos los miembros de la tripulación saltan mientras sus sonrisas ocupan sus rostros por completo. Para no ser menos, me sumo, y al dejar mi maleta en el suelo se forma un círculo en torno a ella, rodeada por los movimientos contenidos o exagerados que cada uno ejerce indistintamente. Se está muy bien bailando, como si conociera a estas personas de toda la vida, como si incluso supiera bailar.
Todo se detiene repentinamente cuando el capitán, el único que había permanecido sentado, hace una mueco de desagrado porque perdió su juego. En medio del silencio, sólo el doctor se atreve a acercarse y preguntarle qué pasa. Nada, por supuesto. Sólo quiero salir un rato a tomar aire. Me hace una señal para que lo siga: sígame.
Subimos a la cubierta y por primera vez me encuentro en medio del mar. Nunca había tenido esta sensación. El capitán me dice no se deje engañar. ¿Cómo dice? Aquí todos sabemos lo que se propone. Le respondo que a bordo de este barco no tengo otro propósito que redactar un informe. No me refería a eso, sino cuando llegue a tierra. Es que ahí todo será distinto. ¿Por qué? No sé, pero me imagino que será distinto, supongo que recibiré otras instrucciones. Revise esas instrucciones al revés y al derecho. Por supuesto, es mi costumbre. Y continúo: nunca he sido agente secreto, ni antes, ni menos ahora que siento como si lo fuera. No está mal para comenzar, me anima.
El capitán, producto de su ebriedad, da inicio al zigzagueante relato de su vida. Me cuenta que no sólo tiene una mujer en cada puerto, también tiene un hijo y una deuda en cada puerto. Nada raro, por supuesto, pero lo curioso del caso es que tanto las mujeres como los hijos como las deudas las recibió en herencia de distintos amigos, y a veces se siente sobrepasado. Nada raro, opino, todos sentimos eso de vez en cuando.
Mientras continúa su charla he mantenido la vista fija en el mar, sobrecogido por ese gesto de mezclar infinitamente la sal y el agua como si fueran los gritos de una familia completa. Todos esos gritos se entrecruzan, y al rato ya no distingo cuál de todos era el primero que escuché. Lo que ocurre es que este tipo de experiencias, al igual que muchas otras que podrían tener otras personas en otros lugares y en otros momentos, son muy líricas.
Cuando vuelvo a poner atención, el capitán sigue hablando, ahora de su verdadera mujer, con la cual no han podido tener hijos a pesar de que es la enfermera del barco. Al empezar a enumerar sus virtudes, lo detengo: ¿por qué me cuenta todas estas cosas, si yo ni siquiera le he dicho quién soy? Porque le hallé cara de buena persona, pero veo que me equivoqué, y bruscamente se va. Ahora siento de verdad la oscilación, como si mis pensamientos fueran agua al interior de mi cabeza y se movieran de un lado para otro, insistendo tanto que no puedo evitar estar de acuerdo con todos a la vez. Comprendo entonces que mi misión consistirá en describir este movimiento hasta el final.
Al volver al salón, observo que los miembros de la tripulación continúan bailando, pero de memoria, pues los contrabajistas se han tomado un descanso. Los movimientos de todos son leves, como una pantomima. Al verme llegar se quedan detenidos en la posición en que estaban, excepto el capitán, que gesticula frenéticamente y cae al suelo. Todos continúan detenidos, incluso el doctor, pero giran sus pupilas hacia mí. Comprendo que debo abrir mi maletín y fingir que saco un estetoscopio. Entonces el capitán suspira aliviado y vuelve a ponerse de pie como si nada hubiera pasado. Hace un chasquido con los dedos y sus subordinados vuelven lentamente a sus asientos. Se nota que es el capitán.
Tomo la última copa de vino de este noche y vuelvo a la sala donde los demás pasajeros están conversando. Describen sus impresiones tras haber comido con la tripulación y detallan lo que hay en ese salón: unos dicen que es grande, otros que es pequeño, que está pintado de azul, que es rojo, que está lleno de mapas y diagramas, etc. Pero nadie menciona la bola de espejos.
Sin aviso, se apaga la luz para que todos duerman. La gente se quita los zapatos, se pone sus mantas y antes de que me dé cuenta ya están durmiendo. Qué envidia. Ésta es la primera noche desde que partí y estoy convencido de que no lograré dormir hasta que termine, aunque ni siquiera sepa en qué consiste mi misión: esto no es una huida, ni una búsqueda, ni siquiera un viaje, es puro movimiento. Sólo sé que me han llamado por teléfono, que apenas alcancé a preparar mi maleta, y que durante estas horas no he dejado de anotar lo que pasa. Como si eso fuera a servir para algo, como si fuera a evitar el desenlace; sólo porque me lo han dicho.

One Comenta
es posible obtener un ejemplar de la novela?