Por María José Pasos
Y no necesito más
María José PasosPara la comarca yucateca, que estuvo ahí
Y para Elena, que también estuvo ahí, de cierta forma.
I
Visite México.
Me dijeron que un fan no puede sentarse a escribir sobre estas cosas. La crónica se le escapa de las manos y todo lo demás tiembla y se derrumba ante su mirada. Yo soy fan. Como si lo trajera pegado a la camisa, formo parte de una generación que acabó de nacer escuchando una música por aquel entonces incomprensible. Nosotros crecíamos y la música seguía ahí, como esperando. Y fuimos la generación que se consternó con MTV cuando nos miramos a nosotros mismos, a nuestras caras morenas y nuestros espacios desordenados, nuestro mercado provinciano dando vueltas en un videoclip, tan caótico y cercano, mientras Rubén Albarrán cantaba, guayabera en pecho: se te nota que en tus labios ya no hay nada que tú puedas ofrecer a esta boca. Acostumbrados como estábamos, a imitar sonidos que nada tenían que ver con nosotros, la música de Café Tacvba nos colocó en el dilema de sabernos diferentes a la propia idea que teníamos (nos habían hecho tener) de nosotros mismos.
Mientras tanto seguíamos creciendo en este país que dejó de crecer con nosotros, y que, sin embargo, seguía dándonos un espacio. Quizá nuestro problema, o nuestro mérito, es no querer darnos cuenta de que no se puede crecer en medio de este caos. Nosotros desconfiamos y seguimos aquí. Aprendimos a vivir y a cantar estas cosas que a ojos ajenos les parecen inhabitables. Nos dijeron que la belleza era otra pero no hicimos caso y preferimos seguir mirando hacia el lado de acá.
Somos fans por gratitud, no por deslumbramiento.
Viajé 20 horas en carretera para asistir al concierto de los 20 años de Café Tacvba. Recorrí junto a mi compañero de viaje la iniciación que todo joven yucateco del siglo XIX debía tener: el Camino Real. La carretera que conectaba a duras penas la península con la capital del país. De la ciudad de Mérida a la ciudad de México hay ahora 20 horas de distancia. Las recorrimos todas, medio país pasó por nuestra ventana dividida por una peculiar línea de agua que bautizamos como hidrocontrol. Nos despedimos de mi selva y dormimos junto al mar de Campeche. Atravesamos el puente de Ciudad del Carmen en la madrugada. Nos desvelamos unos minutos en Villahermosa y amanecimos en Córdoba para aspirar el olor de los cafetaleros. Nos despedimos casi de pasada de la ciudad trazada por los ángeles. Y llegamos al monstruo. Eso en lo que se ha convertido la ciudad de los palacios coloniales. Entramos al D.F. por sus periferias, cansados y hediondos de tránsito.
Era una deuda pendiente.
Digo todo esto porque el Camino Real cobró sentido para esta crónica en el momento de entrar al Foro Sol, cuando nos encontramos con carteles espectaculares que decían: visite México. Propaganda de la secretaría de turismo que mostraba, ostentosamente, las imágenes de la pirámide de Chichen Itzá, la catedral de San Cristobal de las Casas y las cascadas de Agua Azul. Ironía diplomática: la publicidad mostraba esa parte de México que siempre ha querido dejar de ser parte de México.
En contraparte a ese optimismo de saberse un país grandilocuente y barroco, Café Tacvba ha sabido situarse entremedio de una disputa añeja y rancia: la capacidad que tenemos, en este país, de sentirnos unidos ante todo. Esta banda ha sabido jugar con nuestras diferencias, de una forma que hasta a nuestra generación de resentidos nos parece congruente. No sólo es el rescate o la reivindicación de todas esas culturas que se quedaron fuera de la unificación nacional. Es la actualización de nuestros rostros sin dejos de nostalgia colonial o precolombina. Eso, y la posibilidad de vivir este presente sin añorar el pasado que todos querían para nosotros.
II
Ha nacido en la gran Tenochtitlán.
El resto de esta historia bien podría resumirse en cualquier guión de crónicas de cualquier concierto. Las más de 50 mil personas que de pronto llenaron el Foro Sol podrían relatarlo, y sus versiones coincidirían: casi 4 horas de un concierto legendario. Llegamos al Foro Sol cuando estaba casi vacío. Encontré a mis amigos en el lugar más cercano a la valla de contención que dividía la zona general A de la general B, donde estábamos nosotros. Esperamos. Nos impacientamos. El concierto empezó poco después de las 8 de la noche. Con los sonidos de “La 9” de Revés, Rubén Albarrán, Emanuel del Real, Joselo y Quique Rangel tomaron el escenario todos vestidos de negro; muy lejos estaban los colores pastel de los trajes que Albarrán usaba para Cuatro Caminos, o el mítico sombrero blanco de Sino. Sin teloneros y con sólo dos invitados especiales (Ofelia Medina y Alejandro Flores), estuvimos tan sólo nosotros y Café Tacvba. Y no necesitamos más.
Con la inesperada apertura del concierto al ritmo punk de “El borrego” de Re y “Pinche Juan” de Café Tacuba, el cuarteto de Ciudad Satélite demostró que aún pueden poner a vibrar a miles de chilangos, que, desde general B, se confundían con nuestras presencias provincianas. Ya para ese entonces, el foro se convirtió en una gigantesca pista de slam que se estremeció al escuchar “No controles” y “Alármala de tos”, covers que se encuentran en Avalancha de éxitos. No hay mejor manera de comenzar una fiesta de cumpleaños. Muchos de nosotros habíamos festejado así nuestros propios 20 años. A este primer bloque le siguieron canciones encumbradas como “Labios Jaguar”, “Rarotonga”, “La Zonaja” y “Cometer Suicidio” de su primer disco, Café Tacuba. No podría enumerar las más de 40 canciones que se tocaron en todo el concierto. Desde mi reducido espacio en general B, veía por momentos un escenario borroso con cinco figuras que se recortaban en mi memoria. Sólo importaba que la deuda estuviera saldada.
Puedo recordar el momento en el que, luego de un intermedio, Rubén comenzó a cantar “Encantamiento inútil” de Cuatro caminos encerrado en una esfera de plástico, empujando desde adentro para hacerla temblar. Esa segunda mitad del concierto que nos trajo los sonidos de Cuatro Caminos y de Sino en canciones como “Volver a Comenzar”, “Mediodía”, “Eres” y “Cero y Uno”.
Podía recordar también una frase que se transcribió de los muros de un museo a mi mente: Mientras existan el cielo y la tierra no acabará nunca la gloria y fama de México Tenochtitlán. Eso, y la constante petición de la “Chica Banda”, enmarcaron cada una de las canciones que se sucedieron demasiado rápido, para nosotros, que, tal como nos dijo Rubén “nos disolvimos para existir solamente en ese presente”.
La líder de los ex molcajetes punk apareció al final de la noche. La nacida en la gran Tenochtitlán, pero hija de padres de San Juan Chamula y Dzindzundzan, como muchos de los allí presentes, como la banda misma, nosotros, los chilangos que conservan la memoria de padres autoexiliados en su propio país, y nosotros, los mexicanos que no hemos nacido en ningún satélite de esa ciudad que no acaba de entender su propia destrucción, pero que tarde o temprano acabamos en ella, para horrorizarnos o enamorarnos de este caleidoscopio sucio. La canción cerró la noche, las luces se encendieron. Salimos a la Ciudad de México transpirando y dolorosos, antes de media noche, para que muchos pudieran subirse a un vagón de metro y seguir su viaje a casa.
Fotos: Iván Quiñones
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One Comenta
Hola, he disfrutado mucho leyendo tu crónica. Yo también soy chilango, adoptado desde pequeño por la Península de Yucatán pero más al Este, Cancún concretamente. Desde hace varios años vivo en España y este próximo sábado asistiré al cierre de la gira 20 años:20 ciudades. El leer tu experiencia ha sido como un entremés a lo que me espera también este próximo fin de semana. Serán menos horas de viaje que las que ustedes pasaron pero eso es lo de menos, aunque no deja de ser curioso el sentimiento de no sólo dos, sino miles de personas que disfrutan de una canción, un viaje y un concierto aunque sea en ciudades con miles de kilómetros de distancia… al final todos somos uno. Saludos.