Por Antonio Díaz
TV + literatura:
Hombres de negro
Por Antonio Díaz
“La Tv rebaja a la literatura… odio la idea de escribir libros y saber que estoy compitiendo por la atención de un hombre que lee y mira un partido al mismo tiempo”. Las palabras son de John Cheever. Las dijo en una conferencia en la escuela de su hijo Federico en 1972. Hoy se pueden leer en el libro Diarios y, tomando en cuenta el estado actual de la narrativa en la Tv, no dejan de tener una dosis de paradoja.
El debate, me parece, no es cuánto rebaja la Tv a la literatura, sino cuánto levanta la literatura a la Tv. Ciertos programas de Tv, por supuesto. Para ser más específico, casos como: Weeds, The Wire, Six Feet Under, entre otros. Más que series, narraciones de largo alcance que son seguidas por televidentes semana tras semana. De una forma que ha sido comparada –en algo que ya se ha casi convertido en un cliché metafórico–, con la época de las novelas por entregas de Charles Dickens, cuando los estadounidenses esperaban en el puerto el último capítulo proveniente directamente de Inglaterra.
La última serie de esta estirpe –y que va por su tercera temporada– es Mad Men, una serie sobre publicistas altamente influenciada por la obra de John Cheever o que por lo menos da esa sensación. Aunque, ¿es Mad Men realmente una serie sobre publicistas? En mi caso, así me la vendió un amigo. Y así, con ese mote, la vi. Y sí: Mad Men es una serie sobre publicistas, pero eso poco importa. Eso poco importa tal como que Lost sea sobre un grupo de tipos varados en una isla; que Six Feet Under sobre una familia que tiene una funeraria; y así como Los Sopranos trate sobre una casta de mafiosos. Porque todo aquello, claro, es el cascarón. Los personajes siguen siendo lo más importante de la narrativa ya sea en Tv o en papel o en celuloide. De ahí que caiga bien Don Draper porque es un flemático de mierda que a veces tiene sus escapes y manda todo a la chucha; que Pete Cambell caiga mal porque es un pendejo arrogante; que Peggy Olson agrade ya que es esforzada y posiblemente una de las claves de la serie; que Kinsey, Cosgrove y Crane hagan reír porque son como los compañeros de colegio que uno nunca tuvo pero que de haberlos tenido nos hubiesen molestado; que Betty Draper dé pena porque es como todas esas amas de casa a lo Richard Yates que sufren el día a día y odian los suburbios; y que Joan Holloway… bueno, Joan es la pelirroja que todos queremos, la secretaria que controla la oficina, que tiene enamorado al jefe (Sterling), y a la cual lo único que se le puede hacer es: un saludo a la bandera.
Esa es una de las principales fortalezas de Mad Men: los personajes. Si las sitcoms nos acostumbraron a ver personajes más o menos planos (graciosos, pero planos la gran parte del tiempo), hoy en día los personajes se construyen con bastante más complejidad. Cada protagonista de Mad Men es como una cebolla; tiene varias capas, casi transparentes, que por capítulo se van saliendo y mostrándonos distintos embrollos personales o grupales. Y de ahí que sea fácil empatizar con ellos. Que el final de la primera temporada, por ejemplo, sea una de las cosas más epifánicas del último tiempo. Bob Dylan (ojo que siempre se menciona mucho a Dylan en MM) cantando eso de Don’t think twice it’s alright mientras Don Draper se sienta en su casa, a solas, y medita. Medita ya que Betty y sus hijos se fueron a pasar el fin de semana y él no ya que llegó tarde del trabajo. De ese trabajo de publicista que parece absorberlo completamente.
Luego de una escena así, ¿cómo no sentirse cercano de Don? De una u otra manera, Don podría perfectamente ser el nadador del cuento de Cheever; ese personaje callado, enigmático, del cual poco sabemos sobre su pasado, y que nada y nada a través de las piscinas de los patios traseros suburbiales.
***
En el último capítulo de la segunda temporada de Mad Men (“Meditaciones en una emergencia”), cuando Betty Draper está en la peluquería, una de las mujeres hace mención a un refugio nuclear. El dato remite –como gran parte de la serie– a la obra de John Cheever, al relato “El brigadier y la viuda de golf”. El cuento aquel trata sobre una pareja que tiene un refugio antinuclear en el patio de su casa. Estamos, por supuesto, en un suburbio y todos los vecinos, ad puertas de una posible catástrofe mundial, le envidian el refugio a dicha pareja. En Mad Men sucede lo mismo o algo similar: todos creen que va a haber una guerra nuclear entre EE.UU y U.S.S.R y por eso una de las señoras de la peluquería menciona lo del refugio antinuclear y el momento cheeveriano sale a flote. El detalle no es menor si tomamos en cuenta la cita de arriba: Cheever pensaba en la Tv como un enemigo para la literatura. Hoy, ya no queda tan claro si es tan así. Claro: Mad Men no es literatura. Pero sí es narrativa. Y de la buena. Y lo curioso es que hoy el fantasma de John Cheever –gracias Mad Men y Weeds y Six Feet Under, pero más que nada a Mad Men–, parece estar más que nunca rodando nuestros televisores.

5 comentarios
Excelente texto, Antonio.
Es bueno hacerle justicia a algunas series. Hay personas reticentes a verlas, debido a su calidad de “flavor of the week”. El ejemplo más claro es Lost (cuya primera temporada me parece gloriosa), donde los personajes Sawyer y Benjamin Linus, siempre están leyendo y relacionando lo que pasa con sus lecturas (como la conversación que tuvo Ben con Locke sobre Hemingway y Dostoievsky). Claro que, nadie quiere ver Lost, porque es sólo una serie sobre “unos tipos varados en una isla”.
Aún no veo True Blood, pero si Alan Ball está presente, siento que debo hacerlo.
En fin, salió a la luz mi nerdad.
(nerdad: verdad nerd)
Saludos.
Pienso en las palabras de Norman Mailer: “Los Sopranos es la gran novela norteamericana contemporánea”. Pienso en la frase de Richard Price en referencia a The Wire, “esa gran novela rusa”. Ambas frases son significativas. La ficción televisiva ha alcanzado grandes cumbres. La posibilidad de construir, a través del largo aliento, personajes llenos de cuestionamientos y constantes cambios, dota a las series de televisión de una calidad única, distinta a cualquier otro medio de expresión del arte.
Excelente artículo, y excelente Mad Men. Aunque pongo seriamente en duda que alguna vez una serie se iguale a Los Sopranos.
Simón Soto A.
Me ha gustado su texto.
En cuanto a la relación serie-literatura,
¿Será el formato serie un mejor soporte que el cine para adaptar obras literarias?
Me parece que sí; como dices, al ser “narraciones de largo alcance” se asemeja más a la forma en que se lee una novela, leyendo poco a poco, diariamente.
Como dijo alguien por ahí, el cine es más semejante a la poesia, que la recibes (ves) de un tirón.
Aunque para qué preocuparse de adaptar, sí con obras originales como Mad Men -y toda su influencia cheeveriana- nos basta.
Y se llevó unos cuantos Emmys anoche…
Es llamativo como el cine y las series, con la, a mi gusto, “buena moda de las buenas series”, se han alimentado de mucha literatura norteamericana. Pienso en películas que sin ser adaptaciones literarias, absorven toda la influencia de la literatura del mismo Cheever que tú nombras, se me viene a la cabeza “Little Children” por ejemplo. Aparte, también como pintores norteamericanos han influenciado la puesta en escena y sobretodo el imaginario norteamericano como el tan utilizado referente pictórico, Edward Hopper (Lynch o Wim Wenders).
Ultima cosa, creo, es importante para los cineastas tomar conciencia con lo que está sucediendo con el formato de las series, porque no sólo impican nuevas estrategias narrativas y posibilidad de profundización de temáticas, sino que también es una ventana que creo, dijo Tarantino en una de sus últimas entrevistas a raíz de que en pensó hacer “Inglorious Basterds” como serie, el espacio de las seriales de televisión no ha sido tocado por grandes del cine. Gran acercamiento lo tuvo David Lynch con sus Twin Peaks.
Nota final: Tarantino decidió hacer “Inglorious Basterds” película porque su partner Luc Besson le dijo que ya sólo iba al cine para ver las pelis de Tranatino. Y Tarantino le dio nostalgia por el cine.