Por Isidora Urzúa
¿Quién mató a Amanda Palmer?
Por Isidora UrzúaEl prólogo nos recuerda que todos sabemos dónde estábamos cuando nos enteramos que Amanda Palmer había sido asesinada. Dice que sabíamos que había muerto, pero nadie supo a manos de quién ni cómo.
Neil Gaiman, a lo largo del libro, interrumpe para contarnos pequeñas historias que surgen de cada foto, algunas abordando la forma, otras el por qué, todas el asesinato. Se habla de un imitador que cree que Amanda Palmer fue raptada por alienígenas, y de niños que cantan canciones de cuna que riman en cada estrofa una muerte diferente: Palmer asesinada por su marido, con una máquina de escribir, envenenada, con un disparo en la cabeza o colgando del cuello en un columpio. 120 formas distintas de morir, 128 páginas para pasar a la historia.
Se puede errar muy fácilmente al intentar darle una explicación al libro: ¿Qué quiere decir? ¿Cuál es el mensaje? ¿Esto es arte? (me preguntó mi mamá un día). Es difícil. El libro fue creado para acompañar el disco debut de la cantante –que lanzaba su carrera solista después de tres exitosos discos con el dúo Dresden Dolls –y en una primera instancia eran sólo un par de fotos acompañadas de las letras de las canciones. Pero el proyectó evolucionó por sí mismo, y terminó acogiendo a 16 fotógrafos, invitados especiales como Brian Viglione y Regina Spektor, y al escritor, guionista y productor Neil Gaiman, quién cooperó con una docena de relatos cortos basados en las fotografías. Todos ellos juntos crearon “Who Killed Amanda Palmer: A Collection of Photographic Evidence”, un libro de fotos que lleva el mismo nombre del disco que le dio la vida.
El error, como iba diciendo, es engañoso. Puedes pensar, si no piensas nada, que el libro es un egocentrismo disfrazado de arte, que ella se hace pasar por un ídolo sobre el cuál la gente lloraría, que propone teorías en torno a su propia aniquilación y se levanta –al mejor estilo Elvis y Michael Jackson –forzosamente como un ícono cuya partida afecta culturalmente a todos aquellos que supieron que existía.
Sí, Amanda Palmer se las da de grande. Pero mierda: ella es gigante.
Y lo digo considerando en último lugar la hipótesis que te acabo de describir. Mucho más importante para analizar su trabajo es considerar la calidad de lo que más hace: música. De lo que logra crear con un piano, estilo que ella misma definió como “Cabaret Brechtiano” –circense, punk, burlesco, a veces incómodo y deliciosamente grotesco-, de los portaligas, la desnudez, las axilas sin depilar, las letras explícitas, el mensaje directo. La conoces a ella primero como cantante, compositora, pianista y comunicadora, y después abres el libro. Entonces estás preparado para verla muerta, para entenderla muerta.
Y al final, después de pasar de foto en foto, verás que el mensaje está dentro de tu cabeza, que el conjunto de imágenes y las esporádicas historias de Neil Gaiman buscan en ti, observador activo, que sueltes tu imaginación alrededor del horror, que inventes una agonía, te narres a ti mismo cómo murió, cuándo murió, quién la mató- tal como lo hizo él. Y mientras estás en eso, aproveches para entrar momentáneamente en el universo de la Palmer, la conozcas mejor, leas sus letras, busques sus canciones, vayas a sus conciertos, la ames y la veas mientras ejecuta una de las muestras artísticas más maravillosas del 2009.
Luego, ¿es arte? No tengo idea, ¿es arte para ti?
La Espada

Sólo puedes suicidarte una vez.
Alguna gente no logra ni siquiera eso. Amanda Palmer se materializó en un callejón con un crujido de chispas azules y el afilado aroma del ozono, como todos los terminators. Tenía un sentido de estilo, y estás cosas tenías que hacerlas apropiadamente.
Ella vio a Amanda Palmer donde esperaba verla, afuera de la entrada de servicio del club. Se había robado un momento para un cigarro, y lo estaba aspirando enojadamente.
“Hola,” dijo Amanda. “¿Quieres salir a caminar?”
Su yo más joven apenas la miró.
“Déjame sola”, dijo. “Ha sido una larga noche”.
“Vamos”, dijo Amanda. “Solo tienes que volver cuando te termines el cigarro. Y necesitas la caminata”.
Amanda la miró realmente esta vez.
Dijo, “Te ves más calmada de lo que yo me siento.”
“El tiempo”, dijo Amanda. “No es tan aterrador como crees que es.”
“Si no es aterrador”, dijo Amanda caminando a su lado por las calles de Boston, “¿entonces para qué son las espadas?
“Son para hacerlo justo.”
Lo dijo, y supo mientras lo decía que no sería justo. No lo era. La Amanda más joven tenía juventud y velocidad de su lado, pero Amanda tenía habilidad, astucia y experiencia; había aprendido a ser sanguinaria.
Amanda había pensado que sería difícil, matar a su yo más joven, pero, al final, lo encontró fácil, casi placentero, administrar el golpe mortal.
Había esperado que Amanda le preguntara por qué. Hasta había preparado un discurso, sobre arte y compromiso. Era un discurso malditamente bueno y estaba desilusionada por no haber podido darlo.
Y luego hubo un crujido del ozono y estaba en casa.
- ¿Cómo estuvo?
- Extrañamente satisfactorio, dijo ella.
Limpió la sangre de la espada, la frotó con aceite mineral, la colgó de vuelta en la pared sobre su puerta.
¿Ganaste?
Bueno, he estado practicando. Supongo que ya no tengo que seguir practicando.
¿No?
Una pausa, y entonces,
¿Qué pasa si la tú del futuro viniera hasta acá?
Eso no va a suceder. Nunca. No voy a comprometerme.
Silencio.
Alcanzó lo alto de la pared sobre la puerta, bajó la espada de un tirón, comenzó a bloquear, a estocar, a combatir sombras.


One Comenta
Amanda me recuerda, junto con otro artículo que menciona a las series, que en un capítulo de Weeds sonó Dresden Dolls.