Por Emilio Gordillo
EL ASESINO DIFUSO
Por Emilio Gordillo Logramos cada mes gastar más que el pasado. Fernando Cabrera.
… quienes tendrán que recoger esta herencia que nos están dejando los asesinos de mi país, actualmente en el Poder. Me he tenido que detener en esta línea, apenas comenzando a leer Sobre la Ausencia, ese texto editado por Lanzallamas y prologado por Roberto Contreras donde asistimos al pretexto de una entrevista que muestra maravillosamente la conversación entre dos amigos, dentro y, a la vez, fuera de Chile, en plena dictadura, me refiero a la dictadura real, la de los tiempos de Droguett y Ossa, los tiempos de una de mis infancias.
Esta detención me ha hecho recordar que el fin de semana fui al Persa Bío-Bío. Un amigo mexicano que llegó a estudiar a la Finis Terrae me pedía lo llevara a algún lugar relacionado con Chile. La petición no es tan torpe como parece, ni mucho menos sencilla de solucionar. De todos modos, el instinto y quizá también la cercanía, me hizo encaminar nuestros pasos hacia Franklin mientras con Rocío discutíamos sobre el rol de la Teletón en la configuración de nuestra identidad y Oscar, el amigo mexicano, intentaba desencriptar nuestras palabras repletas de jerga.
No he viajado tanto. Pero nunca he visitado otro lugar como el Persa Bío-Bío. Ni siquiera en México vi mezclar en un mismo lugar a nazis vendedores de uniformes y antigüedades junto con comunistas comercializando cine cubano de los años setentas. Nunca estuve en un sitio que reuniera lo mejor y lo peor de nosotros, nuestros desechos y nuestros deseos, en simplemente un barrio cargado de historias y significados marginales, el mismo que narrara Droguett, la periferia del viejo Santiago, el lugar donde se acababa la ciudad, antiguo matadero de animales y pobreza narrada en ese libro valiosísimo llamado La mala estrella de Perucho Gonzalez del escritor Alberto Romero. Él narró un lugar cuyo imaginario fue avanzando hacia el centro por San Diego, luego hacia Providencia, y hoy, tal vez alcance avenidas como Manquehue, rumbo de la cordillera. Ese imaginario también somos nosotros, y quizá, las mismas interpretaciones del pseudoarte que nombra Lihn en los Textos Sobre Arte o la estética del Vivac bien desarrollada en el pastiche del Paseo Ahumada, puedan guardar alguna relación con el lugar en el que hoy habitamos, donde para algunos de mis alumnos Kike Morandé representa el ejemplo del éxito y los programas basados en el show son norma para la exigencia del rating. No quiero decir con esto que entre la actualidad y el Santiago marginal y antiguo exista una correspondencia o continuidad, pero sí intento pensar en cuánta responsabilidad nos cabe como comunidad el acto de la flojera, que es en el fondo un no hacerse cargo de la precariedad que nos toca reinventar como generación de jóvenes cada vez menos jóvenes con hijos cada vez menos hijos.
Creo que nunca antes había recorrido el Persa Bío-Bío así, por el mero gusto de perderme entre la ropa Puma y los kilos de zapatillas (probablemente robadas mediante los famosos “alunizajes”), entre las antigüedades y libros, el olor a fritanga y la tecnología más actual dispuesta a la venta entre luces stroboscópicas ochenteras.
Entre estos elementos caminamos.
Nos perdimos.
Y así, dando vueltas, llegamos hasta un puesto de un tipo que vendía ejemplares viejos del The Clinic. Le expliqué a Oscar que este pasquín intentaba hacerse cargo de una tradición truncada, difusa y totalmente carente de soportes fidedignos, le expliqué los modelos estéticos a los cuales hacía referencia, La Lira Popular, Clarín, El Quebrantahuesos, le dije también que publicaban, tal vez, los escritores con algunos de los proyectos más interesantes del país, pero también le conté que yo había mostrado The Clinic en un curso sobre narrativa chilena actual, en Mérida, un especial sobre la muerte de Pinochet y un número especial sobre la chilenidad, que evidentemente, mostraba el rol y la apropiación que ejecuta este pasquín, y en ese mismo número, la última línea de la última página hacía, mediante un ejercicio editorial, que el mismo Pinochet se diera una patada en el culo fuera del “nuevo concepto” de nacionalidad chilena: luego de poner una serie de citas que remitían al carácter festivo del chileno en fiestas patrias, al exceso, al desborde de alcohol, al acto de comer como algo que no se repetirá en el futuro; después de las citas, al borde de la página, Pinochet citado y desde la tumba decía algo así como qué quiere que le diga, soy malo para las fiestas, soy malo para el trago, soy malo para el baile.
Mientras Oscar revisaba ejemplares yo pregunté al vendedor por un número de La Bicicleta. De a poco fuimos conversando sobre el Persa antiguo, ese que muchas veces abarcaba al barrio completo, él, que era vecino desde la infancia, estaba contento con el nuevo proyecto, decía. Le pregunté de qué proyecto me hablaba. Un museo, dijo, van a hacer un museo acá dentro de los galpones, por fin se van a tener que ir los ambulantes, toda esa gente de afuera. Intenté imaginar cómo esos galpones húmedos y helados podrían convertirse en un museo. No lo logré. Unos diputados tienen listo el proyecto, continuó el vecino – vendedor, entusiasmadísimo. Le pregunté si creía que eso iba a ser mejor para el Persa. Sonrío y dijo que obvio. Pero esto se va a convertir en un paseo turístico, le expliqué. Sí, eso mismo, acá hay muchas cosas viejas, sonrió el vendedor y solo entonces reparé en el rostro joven de ese hombre, tal vez bastante más joven que el mío, y me pregunté si realmente sabía lo que estaba diciendo. Intenté otra vez imaginar esos galpones húmedos y hediondos convertidos en un museo. Pensé en Transantiago, pensé en aquella ex cárcel de Valparaíso, pensé en el desalojo de un centro cultural en una plaza del barrio Brasil y ahora sí logré imaginarlo, aunque no, en realidad no pude.
Oscar compró su ejemplar. Nos despedimos mientras un hombre viejo y barbón preguntaba por Las Flores del Mal de Baudelaire, los dejamos y nos volvimos a perder buscando la salida de los galpones. Dimos un par de vueltas más. Rocío se detuvo a revisar gruesos libros de anatomía y medicina. Junto a nosotros, en el puesto contiguo, un papá con cara de bueno, con cara de tonto, esperaba junto a una adolescente y un niño. Otro vendedor dijo a Rocío que el precio por el libro de anatomía eran 55 mil pesos. Mientras me decía que estaba caro, apareció el viejo barbón con una traducción risible de una editorial escolar y se lo entregó a la adolescente. La chica pasó las páginas una a una, como intentando cerciorarse de que ese libro fuera real. El papá preguntó si era. Sí, dijo la niña mientras el vendedor me decía si necesitaba algo. Le dije que no esperando a ver cuánto iba a costar ese libro que no habría valido más de quinientos pesos en la realidad, no esta realidad, sino una realidad paralela a Santiago de Chile, ya casi inexistente, como el mismo Persa Bío-Bío. El viejo barbón se movió con urgencia hasta recibir 3 mil pesos de las manos del papá. Pensé en evitar esa compra. No encontré justificación suficiente.
Tras pensar en lo que dice sobre esa frontera del río Bío-Bío en La Araucana de Ercilla, el lugar donde empezó todo, me he detenido leyendo esta frase de Droguett, pienso, a veces, uno de los últimos narradores de un Santiago que se va. La frase está dentro y fuera del contexto y dice … quienes tendrán que recoger esta herencia que nos están dejando los asesinos de mi país, actualmente en el Poder. Ese quienes podría y no tener acento. Era lúcido Droguett, no puedo quitar de su figura una suerte de aura justa y paternal. Me hubiera gustado preguntarle qué habría pensado al saber que el asesino ya no es tan reconocible como antes, que todo se ha complicado aún más y el ejecutor y cómplice puede ser uno, el asesino difuso que se mueve entre nosotros, los que queremos hacer algo con toda esta precariedad gastada.

6 comentarios
LIndo escrito amigo, a mi me da mucha tristeza este proyecto nuevo de harboe que no solo viene a museificar (mausoleizar) el barrio Franklin, sino que además promete “limpiarlo de la delincuencia” y los vendedores ambuelantes, como si de lisoform se tratara.
Finalmente, creo que esa juventud que viste en el hombre del barrio, más que juventud, es el progreso dibujado en la sonrisa del que ignora la barbarie que se viene.
dejo un link con algunos detalles del famoso proyecto… me parece que solo con la foto salta a la vista que nada bueno viene en lo nuevo del barrio matadero-franklin.
un abrazo grande
chuata, el link
http://www.harboeaccion.cl/content/view/595839/DESCRIPCION-PLAN-DE-SEGURIDAD-PARA-FRANKLIN-El-futuro-mall-abierto-mas-grande-de-Chile.html#content-top
Carajo. El futuro mall abierto más grande de Chile. El espíritu Zofri se ha adueñado de todo, la gran vena del país pasillo. No sabía tantos detalles de esto, Elias, gracias por el link.
Bueno, basta pararse en Placer con Franklin para entender que el suelo que se pisa es el de un lugar paralelo.
Ojalá esto sirva como un medio de difusió e información.
Gracias otra vez por el link.
Y bueno, Harboe es un caso en sí mismo. Busquen su historial.
Siiiiii. Muera el lisoform!
El persa y los centros comerciales mall que le están poniendo, es el lugar que más refleja la capital. Un laberinto repleto de ruinas, mezclada de ideologías, situado al lado de una toma y lado de centros comerciales que saben a mierda pero nueva. En algunos galpones -como el siete- están los libros más notables y baratos y en otros la vestimenta de los Nazis.
Muy buena crónica Emilio. Perturba la cita a Droguett, y comprenderas que a mí me perturba más la del “asesino difuso”, POR ROMA. Abrazo
Aguante…