Por Leonardo Sanhueza
Ocho poemas inéditos
Por Leonardo Sanhueza
Poco antes de la sicodelia
Como la flecha de Guillermo Tell
algunos recuerdos siguen de largo
hasta que un tronco añoso los detiene
más allá de la lechería.
En mi vida vi
aromos, retamos, picapicas en flor,
toda esa noche de Van Gogh comprimida
y destinada a dispararse poco antes de la sicodelia
en una primavera al estilo ruso, con escándalo
de orugas danzantes en las praderas,
y así hasta el verano del 66, la playa y The Shadows.
En el comedor hay un frutero anterior a mis padres
con ciruelas perennes, eternamente lozanas,
pero si las muerdo no viviré para contarlo
ni para escuchar otra vez Te quiero,
del gran Carlos Corales, máster del agua:
algo como un letrero de no pisar el césped,
no mentir, no fotografiar las obras maestras:
sólo apreciar la verdura y encontrar, quizás, el error,
por cierto ya sin fuerzas ni poder para enmendarlo.
Récords
(L’État c’est moi)
El primero de la familia en pasar el metro ochenta,
el primero que apareció en el periódico del pueblo,
el primero en tomar vino de Alsacia — nadie
(antes de mí) Bruselas, Budapest, Amsterdam,
sólo yo el Paraná, la urraca, el somormujo,
tal vez un cymballum, ondas Martenot,
y además vi dólares, pesetas y bolivianos.
Pero nunca un disparo. El último de la rama
que faenó corderos en Navidad. Nadie
(después de mí. Rechinan bisagras:)
se alumbrará con chonchón ni dormirá
entre sábanas compradas en un molino.
¿Quién
pensará: Ay, mi espalda / Se ha torcido y cruje,
mi estómago resuena como un barco? Nadie.
Y aunque mi hijo mayor continúa creciendo
(creo que pasará el metro noventa)
mis párpados siguen pegados, sin estallar
hacia esta mañana de trigos limpios
y sonorísimas — ísimas — chicharras.
Tiraje
1
La chimenea del crematorio
tampoco sabe lo que asciende
por su interior.
Es trino la bocanada.
Es chirigüe.
(Tal vez iguana).
2
Nada junta el canto con la cólera
y aunque dicen que en un tiempo remoto
también la mosca fue tetráptera, cual libélula
radiante de los desperdicios, lo cierto
es que el tenue vitral de sus alas traseras
terminó pasmado en un par de baquetas
que en el vuelo redoblan sus tambores
contra las hostiles fuerzas de sustentación.
3
Tal vez iguana.
Eugenio Téllez
Un rottweiler, un doberman, dos arrugados dogos y dos
pequeños pastores que aún toman su leche
protegen la casa del pintor calvo — una fortaleza
con grandes cañones que apuntan hacia el interior
para que hable el tiempo y no se mueva
el fantasma frente al caballete. Afuera, los chincoles
se toman el agua de los perros, equilibrados con desdén
o calculado nerviosismo en el borde circular
de ese desfiladero, y a veces cantan y luego se callan.
El pintor no pinta de día, no mira
las embarcaciones con su catalejo ni ausculta las olas
azotadas contra negros peñones que a la distancia
parecen ballenas: más bien se detiene frente al océano
y lo considera junto a un jarrón de inmóviles calas
como un Interior azul demasiado lejano, incluso
para el alcance del más avezado francotirador.
El pintor pinta de noche con linternas y cucharas, escarba
en la tela negra su tenue rastro de luz, y se muerde la lengua
como un minero del carbón que grita: ¡grisú, grisú!,
ya no hay más que hacer, ya no quedan mujeres
desnudas sobre la arena, ya no veremos el sol
que despunta con chincoles sobre su manto de niebla.
En la casa del pintor junto a la playa, de pronto
los perros escuchan un galope maligno y corren
a sus puestos: uno en cada esquina, como gárgolas
que levitan ante el peligro inminente del mar,
olas quietas, botes y niños dispuestos con rigor
en el marco de la naturaleza muerta,
mientras el pintor, con un foco en la frente,
labra en la tela minuciosos campos de batalla.
Los muertos no votan ni escriben novelas
«La niebla se hacía cada vez más espesa
y no era fácil divisar las bengalas…»: hasta ahí
todo perfecto, la imaginación a todo vapor,
se huele ya la pólvora y la masacre,
pero entonces una pierna sale a flote
de un solo golpe como el iceberg del Titanic
entre libélulas que van de un lado al otro
con sus saltitos de Hada de los Dulces
sobre el agua estancada.
Eran tres alpinos
Pintábamos una escena del Manifiesto comunista,
me parece que «todo lo sólido se desvanece»,
pero no nos salían más que bocetos, uno tras otro,
y el más chiquito dijo que no iba a funcionar,
que mejor pintáramos un almuerzo campestre
con frutos secos y una muchacha desnuda.
Así lo hicimos, pero todas las pinceladas
entraban al lienzo como cangrejos en la arena,
y el más chiquito dijo que algo estaba fallando,
que mejor retomáramos nuestra idea original
de pintar una escena del Manifiesto comunista,
pero que ahora nos concentráramos, por favor,
en sacar adelante nuestra obra maestra.
Over the rainbow
El arcoiris también: míralo
según lo estudió Descartes
haciendo pasar un rayo de luz
a través de una esfera con agua
para saber qué le sucede al sol
cuando cruza una gota de lluvia
y se desintegra en un curioso abanico
símbolo de la esperanza y de las fantasías
que surgen de las peores calamidades
como la mano del brazo inútil
o la cola, inexplicable, del pavo real.
Puño
Aun así tuvo tiempo para ver crecer a sus hijos
y hacerse perdonar. Las tardes
se estiran apacibles en su casa
como siempre las imaginó:
con un sol rosado sobre las montañas.
A veces saca una silla de playa al jardín
y se pone a leer libros sobre el big-bang
o la vida de Napoleón. Su mujer lo observa:
el libro desparramado sobre el vientre,
pequeños espasmos en las mejillas
y a un lado la mano caída, inmóvil,
como una bolsa de arena mojada.
El piojo que trepa hacia la rosa
aún no llega a las espinas. Ya llegará.
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3 comentarios
Excelentes, excelentes!!!
Sanhueza…cada vez más parecido a Marco Antonio Solís.
bien buenos