Cuento inédito: Agorafobia

Agorafobia

Por Eduardo Varas

 
“Breathe, keep breathing/
Don’t loose your nerve/
Breathe, keep breathing/
I can’t do this alone”
Radiohead, “Exit music (for a film)

 

 El final es una palabra con tipografía sencilla. Uno podría decir que es Arial, o Times New Roman. Es un asunto estrictamente estilístico, como todo lo que pasa a mi alrededor ahora.  Estilo. Incluso podría describir cómo es mi casa y así arreglarla de la manera que más me gusta, tecleando a mi estilo. Hoy esto es un desastre, pero ahora no me importa. Eso es lo que me aterra: ver que el estilo no tiene relevancia en momentos así. Por eso empiezo por el final. Sé que me voy a morir acá, pues le dije al soldado que no podía acompañarlo. No me importa, no tengo alternativa. El final es el acto que más nos acerca a lo que somos: seres imprecisos. Ya no puedo ni quiero tener arreglada la casa, no me interesa. Ni siquiera se me ocurre hacer el ejercicio mental de imaginarme lo que hay afuera. Desde hace días que las señales televisivas se interrumpieron y de no ser porque hago el ejercicio matinal de marcar el calendario que había pegado en el refrigerador, no sabría en qué día estoy. Pero en este momento no vale la pena entrar en explicaciones sobre tiempo y espacio, por lo que mejor me salto esta parte. Estoy escribiendo esto porque sé que el único acto de cordura que me queda es éste. Ya no tengo medicación. Los ataques son cada vez más fuertes. La desesperación me llega como una bola afelpada que nace en el estómago y, a medida que sube, se entretiene en el esófago, moviéndose en círculos y de manera horizontal. La ansiedad se convierte en algo que escupo en el retrete. No puedo salir de aquí. Me quedo sentado y trato de respirar en paz, sintiendo que nos invaden, lanzando un virus como una manta blanca, como nieve que tapona la puerta y me impide salir. La verdad es que no quiero salir de aquí.

 No hay nada más. Escribo por eso, porque no hay nada, nada. Lo que viene es lo que fue y no vale. No vale ni siquiera el desorden que tengo en la mesa de comedor: recibos, periódicos, cartas, notificaciones del vecindario. Hoy no podría ni pensar en que cada papel puede estar ordenado de acuerdo a su largo, uno al lado del otro, junto a las cajas de ansiolíticos. Escribir no sirve, imaginar tampoco, pero no me queda alternativa. Borrar todo de nuevo, borrar y nada más. El final es una palabra con tipografía sencilla. Uno podría decir que es Arial, o Times New Roman. Es un asunto estrictamente estilístico, como todo lo que pasa a mi alrededor ahora.  Estilo. Incluso podría describir cómo es mi casa y así arreglarla de la manera que más me gusta, tecleando a mi estilo. Hoy esto es un desastre, pero ahora no me importa. Eso es lo que me aterra: ver que el estilo no tiene relevancia en momentos así. Por eso empiezo por el final. Sé que me voy a morir acá, pues le dije al soldado que no podía acompañarlo. No me importa, no tengo alternativa. El final es el acto que más nos acerca a lo que somos: seres imprecisos. Ya no puedo ni quiero tener arreglada la casa, no me interesa. Ni siquiera se me ocurre hacer el ejercicio mental de imaginarme lo que hay afuera. Desde hace días que las señales televisivas se interrumpieron y de no ser porque hago el ejercicio matinal de marcar el calendario que había pegado en el refrigerador, no sabría en qué día estoy. Pero en este momento no vale la pena entrar en explicaciones sobre tiempo y espacio, por lo que mejor me salto esta parte. Estoy escribiendo esto porque sé que el único acto de cordura que me queda es éste. Ya no tengo medicación. Los ataques son cada vez más fuertes. La desesperación me llega como una bola afelpada que nace en el estómago y, a medida que sube, se entretiene en el esófago, moviéndose en círculos y de manera horizontal. La ansiedad se convierte en algo que escupo en el retrete. No puedo salir de aquí. Me quedo sentado y trato de respirar en paz, sintiendo que nos invaden, lanzando un virus como una manta blanca, como nieve que tapona la puerta y me impide salir. La verdad es que no quiero salir de aquí.

 Escribo y leo y borro. Escribo leo y borro. Escribo leo borro. Me siento como Penélope cuando quiero, tejo y destejo, tajo y destajo, al borde de la Odisea, aunque mi nombre real sea Juan. Aunque quisiera ser, no tengo dudas, Juan Salvo. Pero no me da la capacidad de salvarme, el instinto está vedado para mí. El día que fallaron en la entrega de las viandas que cada semana me hacen llegar desde el supermercado, me di cuenta de que algo andaba mal. Por televisión pude ver cómo una inmensa mancha blanca iba cayendo sobre la ciudad, en esta ciudad que nunca había nevado. Lo siguiente que recuerdo fue la muerte en vivo de una reportera, transmitiendo desde el Ministerio de Salud, en plena rueda de prensa, en la que estaban tratando de calmar a la población ante los supuestos peligros radioactivos de la nieve que había caído. Apagué el televisor. De vez en cuando lo enciendo. No hay nada. No queda nada afuera. Nunca hubo nada afuera. Leo lo que acabo de escribir y lo borro, ya no existe. El tiempo borra lo que continúa. Lo hago ahora, lo que escribo no vale. Me lo escribo para contarme algo. ¿Importa esto? Delete. Escribo y leo y borro. Escribo leo y borro. Escribo leo borro. Me siento como Penélope cuando quiero, tejo y destejo, tajo y destajo, al borde de la Odisea, aunque mi nombre real sea Juan. Aunque quisiera ser, no tengo dudas, Juan Salvo. Pero no me da la capacidad de salvarme, el instinto está vedado para mí. El día que fallaron en la entrega de las viandas que cada semana me hacen llegar desde el supermercado, me di cuenta de que algo andaba mal. Por televisión pude ver cómo una inmensa mancha blanca iba cayendo sobre la ciudad, en esta ciudad que nunca había nevado. Lo siguiente que recuerdo fue la muerte en vivo de una reportera, transmitiendo desde el Ministerio de Salud, en plena rueda de prensa, en la que estaban tratando de calmar a la población ante los supuestos peligros radioactivos de la nieve que había caído. Apagué el televisor. De vez en cuando lo enciendo. No hay nada. No queda nada afuera. Nunca hubo nada afuera. Leo lo que acabo de escribir y lo borro, ya no existe. El tiempo borra lo que continúa. Lo hago ahora, lo que escribo no vale. Me lo escribo para contarme algo. ¿Importa esto? Delete.

 No existe esto. Todo es blanco. El silencio es blanco. Sólo puedo escuchar el tecleo fuerte y desesperado de cada línea que intento. Las palabras son eso. Mi casa es un desastre, no la arreglo, no se me ocurre, ni en los días más optimistas, salir y echar la funda con desperdicios a la calle. La nieve sigue cayendo. La energía eléctrica continúa. Alguien ha hablado por la radio. Que el ejército va a realizar una campaña de rescate de sobrevivientes. Gritos, escribo ahora en medio de gritos. Pongo música a todo volumen para no escucharlos. Internet no rueda. Nadie pone nada en su status en el Facebook. ¿Podría postear esto que escribo? Podría, pero no creo que haya alguien más leyendo. Desde ayer hay apagones. Por las noches me encierro en el sótano y uso tapones en los oídos. Sin la medicina es cada vez más complicado descansar. Siento que los poros se me abren hasta crear agujeros negros que pueden tragarse todo el mundo. No hay división entre lo que pasa afuera y lo que sucede conmigo. Es todo una masa amorfa. Hay mucha gente alrededor de esto, las puedo sentir. Las ignoro, porque no hay más. El soldado me dijo que todavía no sabían a lo que se estaban enfrentando, pero que si quería seguir con vida, debía seguirlo. Lo miré. El traje que llevaba parecía de cosmonauta, de alguien que no quería sentirse parte de nosotros. Un alienígena diciéndome que le haga caso a mi instinto más humano. Pero no pude. What would happen if I write this in english? Absolutamente nada.

 Trato de prolongar la vida con una línea más. Ya no soporto el hambre. Raspo la mesa con un cuchillo y me como las astillas.

 Todo está  perdido y quizás la explicación esté en que negué tanto al exterior que el exterior terminó revelándose. El único peligro que siento es el que me está consumiendo. Ahora las manos me crecen y crecen, duelen, no hay nada que pueda hacer salvo teclear con más fuerza, con mucha más fuerza para que el dolor escape. Es un asunto de odio, la puta madre, se pueden ir todos a la casa de la verga. Pero me calmo, me duele de nuevo, me supera. El soldado golpeó la puerta hace días, me dijo que no sabía lo que pasaba, pero quizás le ordenaron que dijera eso. Pude ver un camión en la calle, vi rostros de gente que nunca había conocido, los vi esquivar a ese ser frente a mí para poder tener un pedazo de mi imagen. Me moví como boxeador, no dejé que me tocara. “Tiene que salir”, me dijo. Los rostros se centrifugaron en el carro, querían saber quién era el tipo que se estaba negando, que decía no al intento de salvación. No me interesa eso ahora. Recuerdo la historia del tipo que le imploraba a Dios que lo salvara de la inundación, mientras resistía en el techo de su casa, viendo cómo el agua se llevaba todo. Y pasaban sus vecinos en botes y le decían que fuera con ellos y él se negó siempre, porque Dios lo iba a salvar. Rechazó todos los intentos y murió. Cuando llegó al cielo y encaró a Dios, le reclama. Dios, poderoso y preciso, le responde: “Te envié la salvación que me pediste, pero no les hiciste caso”. Cierro mi intervención. Yo no quiero salvación, no merezco ser salvo. Siempre supe que un día el rechazo a los de afuera me iba a pasar factura.

 Tengo miedo. A duras penas puedo escribir algo. No creo que pueda borrarlo. La eternidad estúpida, detenido en una isla con gente que no es más que una proyección. El televisor está encendido, permanezco viendo dvd’s. La efervescencia es muy grande en la garganta. El ardor no me deja hablar. No recuerdo cuándo fue la última vez que pronuncié algo. No recuerdo mucho, quizás me estoy imaginando todo. El soldado no me dejaba salir, ¿o era yo el que no quería salir? Delete nuevamente. Pause en el video. What you see is what you get. “Si usted se queda acá no puedo asegurarle que puede salir vivo de esto”. Nunca nadie sale vivo de acá. Ya no tengo miedo, sino asco. Arcadas de felpa que no me dejan en paz. Tengo la mente trocada en algo que no me deja alternativa. Voy a vomitar conejos, afelpados y siniestros. Me voy a acostar y esperaré a que la sensación que corre en mi vientre, como si estuviera abandonando un hijo o dejando que el alien tenga su cuerpo formado para salir al mundo, salte hasta mi boca. No hay ansiedad, sólo el deseo de que todo acabe. He encendido la tele. Sólo se lee un mensaje: “Trate de no salir de su casa, el Ejército irá por usted”. Y me río porque parece que le estuviera haciendo caso a tanta tontería que se publica o transmite. Al final, la palabra final es una sensación, un canto al abandono, es alistarse para escribir lo último y saberse preparado. No lo estoy. Tengo miedo…

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5 comentarios

  1. Posteado el 01/01/2010 a las 1:50 pm | #

    aburrido

  2. Domingo
    Posteado el 01/01/2010 a las 4:44 pm | #

    porquería

  3. Santiago Páez
    Posteado el 05/01/2010 a las 11:57 am | #

    Me gusta. Es un buen cuento del acabose!!!

  4. Posteado el 05/01/2010 a las 6:32 pm | #

    a mi me gusta este conto; talvez repeticion, repeticion tras repeticon lo deje saturante,algo aburrido, pero repeticion allí es algo que todavia repercute desde búsqueda por la escritura, ?verdade?

  5. Don Gualo
    Posteado el 23/01/2010 a las 2:44 pm | #

    No me gustó.

One Trackback

  1. [...] Muchas cosas y ninguna debería quitar el sueño o alterar? Lucha de egos. No lo sé y no interesa. Pues ahí tienen el link y sería bueno que se peguen una visita para descubrir ese cuento que escribí y que vio la luz el [...]

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