Por Cristóbal Carrasco
Rodrigo Fresán es, más que un escritor, el ícono de una multitud de jóvenes ansiosos de lecturas, entre los que, casi por una obligación histórica, me incluyo. Por ello, para hablar de él parece sensato distinguir su labor como reseñista – mucho más cercana y expuesta– , frente a su ejercicio creativo. En ambos contextos, Fresán se mueve con facilidad y es posible que, siguiendo al elogioso comentario de John Banville en la contratapa de su último libro El fondo del cielo, algunos puedan considerarlo un “escritor maravilloso”. Sin embargo, más que detenerse en la figura generacional que invoca el nombre de este escritor argentino, sería mejor abordar la extraña sensación que provoca la lectura de El fondo del cielo.

En algún sentido, El fondo del cielo era un libro que esperábamos con ansias, pues la generación a la que pertenezco leyó Fresán como si fuera parte de un pasado (editorial) inescrutable, y por lo tanto, casi imposible de disfrutar. Por eso, la publicación de una novela en la que Fresán se hacía cargo de su obsesión por una especie de ciencia-ficción –derivada de sus lecturas de Philip K. Dick y Kurt Vonnegut, como también de una tradición fantástica radicalmente presente en su país natal–, y al mismo tiempo, del descreimiento sobre los límites del género sci-fi, parecían augurar demasiado, mucho más de lo que Fresán puede ofrecer. Y en ese ejercicio, como una caída sutil pero esperable, Fresán tropieza y nos demuestra que nunca llegará a ser un escritor maravilloso, sino que pertenece a una cierta clase de escritores que, sin sonrojarse o extrañarse, escribirán siempre el mismo libro.
El fondo del cielo está pensada –lo dice Fresán en su nota de agradecimiento– como una novela con ciencia ficción y no de ciencia ficción. Esa distinción permite a Fresán –también lo dice en una de sus entrevistas– adecuar el género a su literatura. En ese intento, Fresán relata la historia de dos primos enamorados de la ciencia ficción y de una misma mujer, sin que ese amor suponga, al menos superficialmente, un conflicto entre ellos. Más bien, el sentimiento que fluye entre los tres (en el primer y tercer capítulo) parece adecuarse más a una amistad intensa y perpetua que al amor (una de las palabras que tanto le gusta nombrar a Fresán en El fondo del cielo, como si el mero hecho de incluirla respondiera todos los dilemas de la educación sentimental de sus protagonistas). Para eso, Fresán toma a la ciencia ficción como un hecho histórico particularmente relevante para casi todos los jóvenes, o bien como una excusa para hablar de, por ejemplo, los atentados las torres gemelas, la historia de militares en Bagdad –que recuerda, casi automáticamente, la lectura de Matadero 5 o Estimado Mr. Bush– utilizando, de forma tan estoica como agobiante, el estilo que lo ha caracterizado en la mayor parte de su obra, y al mismo tiempo, en todas sus reseñas semanales. Y cuando eso sucede, cualquier lector podría advertir que Fresán algo quiere hacernos creer, algo que le molesta profundamente en su escritura y que debe suplir con esas frases cortadas y aparentemente sabias que intentan decir mucho con sus verbos en infinitivo, pero que, al final de cuentas, no son más que una gran reseña, un inmenso prologo de una novela que nunca aparece.
Sin embargo, queremos a Fresán y esperamos que nunca deje de leer y escribir. Ansiamos leerlo todas las semanas pero también sabemos que –citando al mismo Fresán en una columna sobre Norman Mailer–, no nos encontramos frente a un gran libro, sino un libro del gran Rodrigo Fresán.
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7 comentarios
Piola.
Eeeeh no lo había pensado, pero es cierto, el personaje de Fresán es más cool que sus novelas, al menos las que hasta ahora leí
No entiendo… Resulta que Fresán no es “un escritor brillante” pero es “un gran escritor” y que, además, “cualquier lector podría advertir que algo nos quiere hacer creer y que algo le molesta profundamente en su escritura” y ahora ofrece “una caída sutil pero esperable”. Todo ésto según el diagnóstico del Doctor Carrasco, miembro de una generación que “leyó a Fresán como parte de un inescrutable pasado (editorial)” y que lo considera “ícono de una multitud de jóvenes, entre los que casi por una obligación histórica me incluyo”. Me parece que Carrasco no sólo tiene problemas con Fresán sino consigo mismo además de usar de un modo muy extraño el término “inescrutable”. En lo que hace a su apreciación de la novela como el mismo libro de siempre, Carrasco parece olvidar que tanto Vonnegut como Dick (Y Borges y Cheever y Nabokov y Banville entre muchos otros) no hicieron otra cosa que insistir una y otra vez en temas y recursos que consideraron territorio propio. ¿Y cuál es el problema? Lo de la “inmensa reseña” y “largo prólogo” da tanta risa que mejor ni me meto ahí.Pero sí me parece advertir que cuando Carrasco crítica la falta de amor en esta novela de amor se olvida de algo importante: la narradora de la tercera parte (que al final es la narradora de todo el libro) no puede amar al haber sido abducida. Por eso se refiere al amor como algo ajeno y extraterrestre. En resumen, una breve reseña y un minúsculo epílogo firmado por un crítico que no entendió nada y que no se entiende a sí mismo. Carrasco: antes de sentarse a escribir hay que pararse a leer y, mejor, si se lee con los ojos abiertos. Saludos.
Alguién que no haya leído a Fresán?
Creo que es demasiada palabrería para decir que la novela es aburrida. Yo tuve que dejarla porque cada vez que empezaba a leerla me daba sueño. Le recomiendo a dos escritores que hicieron lo que Fresan intenta: junot diaz y T S Boyle.
¿qué viene a decir Fresán, en definitiva?
aquí otra reseña de argentina sobre el mismo libro… http://inrockslibros.wordpress.com/2010/01/18/rodrigo-fresan-el-fondo-del-cielo/
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