Por Emilio Gordillo
Mike Wilson parece mucho más normal que en la foto de la contratapa de su novela El Púgil, y aquello, verse mucho menos sci-fi que esa misteriosa imagen borrosa me parece maravilloso. Estamos sentados frente a frente y viajamos en tren de Temuco a Lautaro, más exactamente a una pequeña escuelita pueblerina que en vista de los beneficios gubernamentales pretende cambiar su nombre a Escuela Jorge Teillier. Mientras conversamos Mike me dice que en su novela ha evitado las influencias literarias, eso hasta que hablamos de Roberto Arlt y él corrige: El Púgil está muy influenciado por Los siete locos, Los lanzallamas y el Buenos Aires de Arlt.
Mucho más allá de adherir a ciertos proyectos sci – fi tan demodé que se apropian de la escena literaria desarrollando muchas veces levemente muy buenas ideas, El Púgil desarrolla profundamente sobre la pérdida de lo humano ante la suplantación las máquinas. Habla a gritos trabados acerca de la inmersión de todos nosotros en aquellos simulacros que cada vez hacen de nuestras vidas algo más real que lo real. Es por ello que la escena más demoledora del texto se encuentra al inicio, aquel momento en que el boxeador – ¿hay una figura más romántica que la de un hombre entrando a un ring para medirse consigo mismo mediante los golpes dados y recibidos con su oponente? -, Atl, se abandona a sí mismo frente a la multitud y, simplemente, rompe a llorar. Aquel acto, el llanto, su historia y comprensión junto a aquel triángulo de las bermudas que es el gesto de la mirada, sigue siendo uno de los últimos bastiones de lo humano frente a la funcionalidad de la máquina, cada vez más inmersa en nosotros. Desde entonces, Atl comenzará un largo diálogo traspuesto a través de los tiempos con su refrigerador, eco de varias máquinas célebres que nos dejó el cine del siglo pasado.
Al anverso del cristal del moderno tren pastan vacas. El campo parece sacado de un comercial de lácteos. El tren avanza veloz pero las vacas se mueven lentamente y a nuestro lado conversa Álvaro Bisama con Jaime Collyer, Bisama, que luego insistirá mediante su tendencia a relacionar a través de analogías, en leer un cuento de Collyer desde una perspectiva freak, una historia con aires zoofílicos, y Collyer, que ya tiene sus años, no parece molestarse en absoluto, por el contrario, pareciera que Collyer coquetea con las lecturas freak, pareciera que Collyer quiere ser leído en esa coda. Pareciera que Collyer está contento. Vamos todos en ese tren moderno. Nos pasmamos en la imagen epifánica de las vacas pastando en ese campo tan verde, tan high definition, tan juvenil y acrílicamente fértil.
Le digo a Mike si sabía que ese enamorado de la técnica que fue Arlt, aquel tipo que según los cronistas era un duro hijo de puta, hizo contacto editorial para la publicación de El Pozo de Onetti, el mismo que sentó a su personaje más entrañable en un asiento de tren justo antes de abandonar todo proyecto revolucionario para darse un tiro, Arlt, según Piglia el primer escritor moderno de Latinoamérica, él, había llorado en la Plaza de Armas de Santiago. Mike, en el asiento de enfrente, sonríe con una sonrisa amable, pausada. Le cuento que fue así, en uno de los pocos viajes que lo sacaron de Buenos Aires. En las cartas que mandaba desde Santiago relataba una miseria inenarrable, casuchas endebles, niños sucios y hambrientos, vacas muertas en barrios que imagino habrán estado cerca del barrio Franklin.
Que lo encontró llorando, cuenta ese mediocre escritor y buen cronista que fue Teitelboim, sentado en la Plaza de Armas, desconsolado, llorando por su pronta separación y quizá también por esa empatía dolorosa que provoca aún esta ciudad que es y no la misma de entonces.
¿Por qué Roberto Arlt habrá llorado en público justo en ese lugar?
Mike parece sorprendido.
Y ahí está el pueblo, bajando del tren, nuestras voces se amplifican torpemente en ese silencio que precisa otro registro, otra tono para ser interpretado, para ser comprendido, para ser querido, para ser narrado. Es un silencio que compunge, pienso, pero prefiero no decirlo. Solo Bisama y Collyer siguen hablando de otras cosas, de manera arrebatada, atropellándose con las palabras, aunque sólo a intervalos pues el silencio se impone por sí mismo. Entonces pienso que esa esquina se debía parecer a la Plaza de Armas de Santiago en los años treinta, esa esquina se debía parecer a Santiago mismo, al pueblo de Santiago, y es en ese momento cuando Wilson, con su pronunciación gringa, su entonación porteña y sus modismos chilenos, dice la siguiente frase: Este lugar está lleno de silencios habitados.
Lo dice suavemente, en el registro justo, mientras en la esquina se ve un anacrónico servicio técnico con VHS´s y PC´s inútiles en vitrina. Me pregunto si alguien reparará aún ese tipo de máquinas y al instante me respondo que no, entendiendo que Mike no pudo describir mejor el sitio que pisa, tal cual lo hicieron Gombrowicz y Arlt alguna vez con su Buenos Aires.
Entonces, junto a los escritores y pensando en las vacas del camino pastando en sus campos pixelados, entro a la escuelita.
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