Por Martín Zariello
Podría comenzar llorando como el niño de Sexto Sentido y lamentarme con un escalofriante “I read dead people”. Todos mis escritores favoritos están bajo tierra. Al tridente clásico de la literatura argentina (Borges-Bioy-Cortázar) en los últimos tiempos se agregaron Bolaño, Levrero y nada menos que James Ballard y J.D Salinger. Con el autor de El guardián en el centeno no sólo se pierde a una de las figuras más significativas del Siglo XX (el mundo sería muy diferente sin sus personajes y sus escenas) sino también una forma de vida contraria a la que normalmente impera. Y no me refiero a las extravagantes actividades que le endilgaban sus biógrafos. Salinger es el tipo que en la cima del éxito pega el portazo y se va sin que nadie lo eche. Salinger elige escribir secretamente y bajar la persiana, oponiéndose a la máxima de nuestros tiempos: figurar. Cómo sea, sin un por qué, no importa de qué forma, a propósito de nada, pero figurar. En un mundo en el que valemos por lo que aparentan nuestros cuerpos y nuestros rostros, Salinger se retrasa y deja en off side a todo el mundo. La paradoja magistral que enseña su itinerario es que cuanto menos revelemos de nosotros, más se interesarán los demás. Nos importan un comino los pesados que hablan de sí mismos las 24 horas del día, como Ricardo Fort o los usuarios de facebook. Pero sí nos atrae considerablemente conocer qué piensa en realidad la mujer enigmática que nos gusta, dónde mierda van los patos cuando llega el invierno, qué carajo hizo Salinger encerrado en su mansión cuando decidió mandar a tomar por culo el universo de la publicación a mediados de los 60.

La idea de un genio escribiendo para nadie más que él y guardando sus textos en un cajón es demasiado seductora. Probablemente sea cierta. Lo sublime es que ese mito outsider está acompañado por una obra breve y concisa que tiene la potencia de un cross a la mandíbula. El guardián en el centeno, Nueve cuentos, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour, una introducción. Cuatro libros que apuntan directamente al corazón (seamos cursis, digamos lo insostenible). Novelas cortas y relatos que son como un rompecabezas maravilloso en el que podés encontrar el reflejo de tu propia vida bifurcada. Sólo cambian algunos nombres, algunas fechas, algunos hechos, pero así es la vida. Los diálogos sobre la nada y los silencios incómodos. El pasado que vuelve en forma de fichas que te perforan el cerebro y la devoción por una mina que ama los gatitos. La nostalgia inmensa que inunda cada lugar donde hubo algo que ya no está. Una narrativa que trafica poesía y una conjunción de imágenes imposibles de olvidar. Allí está Holden Caufield caminando por New York y hablando a la distancia con su hermano muerto. Allí está la lágrima de Jane cayendo sobre el tablero de ajedrez. Allí está el novio bobo de Franny impávido ante su crisis existencial. Allí está Buddy aguantando la sarta de pavadas que dicen sobre su hermano pirado. Allí está la madre de los Glass interrumpiendo el baño de Zooey. Y sobre todo allí está Seymour (de quien todos hablan pero nadie ve, representante obvio de Salinger en su obra) volándose la cabeza con una Ortgies calibre 7,65 porque parece no poder soportar el amor y la sordidez que emana de las cosas. Imágenes inquietantes, que unen con tal perfección la ternura y la perversión que nos hacen preguntar por qué razón este mundo de mierda es tan complicado. Leer a Salinger invita al llanto porque no se puede escribir de ese modo y conocer tan profundamente cómo es la tristeza, cómo es la melancolía, cómo es el amor, cómo son las efímeras epifanías de la vida cotidiana, cómo son los recuerdos y los fantasmas que nos atormentan, sin terminar convirtiéndote en un loco ermitaño del carajo.
Salinger nos pregunta si estamos preparados para ser lo que deseamos en el mundo atroz de los adultos, si estamos seguros que queremos dar ese paso al precipicio que tanto mortifica a Holden. Su literatura nos responde que el precio de la libertad, el costo de hacerla nuestra y tirar por el inodoro los preceptos desquiciados de esta sociedad, muchas veces se paga con la soledad o la locura. Dos caras de una misma moneda. Lloren, chicos, lloren: se murió Salinger, se murió el más grande.
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