Por Cristóbal Carrasco

En New Hampshire, hace algunos días, se debe haber celebrado el funeral de Jerome David Salinger con su ya clásico ostracismo. Y vaya a saber uno quiénes fueron invitados, ya porque no nos interesa o porque nunca lo sabremos. Pero hay una relación bien clara entre esos deudos y todos los demás, todos sus lectores ahora silentes y esperanzados (no por verlo, ni menos conocerlo, sino por volver a leerlo): saben que mucho no ha cambiado este mundo sin él, pero están triste.
La tristeza, digamos, puede confundirse con la simple empatía de saber el cuerpo de alguien en un ataúd donde no pueda ya más esconderse. Sin embargo, la tristeza por un escritor – o más bien, por este escritor – es mucho menos reflexiva y más nostálgica, porque si bien no lo extrañaremos como lo hacemos con nuestros parientes, sabremos que no está ahí, en su pequeña cueva de Cornish donde observaba – eso me gusta pensar – su obra crecer y volverse un monstruo accidental e inmenso. Así, como si fuera un dios, Salinger estaba con nosotros gracias a ese legado pequeño de cuatro libros cortos y nunca tan magistrales pero sí importantes para cada uno de sus lectores que, quizás, con el tiempo y la distancia de una adolescencia mínima, sepan que ese libro fue algo distinto, fue como una bomba de tiempo que, para variar, sólo causó más tristeza.
Por eso, cuando murió Salinger – y ya está muerto, pero vale recalcarlo, ya está muerto Salinger – las conclusiones eran más personales que, digamos, analíticas. Todos querían recordar qué hacían cuando lo leyeron, cómo eran, qué querían ser. Y eso, por simple, sencillo y trivial que parezca, es el mejor regalo que podemos darle a un escritor muerto.
Pero ese escritor es Salinger y debe ser uno de los pocos escritores que – intuyo – lejos de recibir algún regalo, los despreciaría con tanto fervor que olvidarías para siempre esa intención de ofrecerle algo. Ya me imagino a algún grupo de fanáticos rodeando su casa con pancartas de «Gracias por todo» y a Salinger, desde el lado que fuera, refunfuñando y cerrando alguna cortina. Todas esas caricaturas del escritor recluido y huraño existirán sobre todo gracias a él, pero habrá, al menos para mí, una sensación mucho más constante: Salinger quería ser olvidado, y más aún, temía que su obra fuera recordada y que otros idiotas decidieran llevar sus libros en sus bolsos y mataran a los John Lennon del futuro. Todos nosotros, sin embargo, lo queríamos cerca y fantaseábamos con los cientos de libros inéditos escondidos en su casa y que, luego de su muerte, después de un pequeño e infructuoso debate ético, serían publicados. Pero imagino que, más allá de eso, estaba el pasado de verse a uno leyendo esos diálogos de Franny & Zooey y saber que ese pasado sí era mejor y que, por contraste, nos quedamos con el futuro de un mundo frío en que, llenos de Salinger póstumos, no querremos ya nada de él.
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[...] la revista 60watts y su director decidió despedir a JD Salinger en su última actualización. Yo mandé el mío, pero más importante aún son los artículos del director, Diego Zúñiga, y de Martin Zariello. [...]
[...] This post was mentioned on Twitter by Tuitertulia, Cristóbal Carrasco. Cristóbal Carrasco said: @sesentawatts hizo un especial sobre la muerte de Salinger hace un año. acá mi aporte: http://bit.ly/cmhiJJ [...]