Por Diego Zúñiga
Me acabo de enterar de la muerte de Tomás Eloy Martínez. Pienso que varios de mis profesores de universidad deben estar llorándolo. Pienso que varios de ellos, quizás los mismos, no les importó la muerte de J.D. Salinger. Es probable que no lo hayan leído y que no lo vayan a leer, y que cuando al día siguiente de que se supo la noticia vieron que La Tercera le daba 4 páginas a la muerte del autor de El guardían entre el centeno, se sorprendieron y se preguntaron por qué le dieron tantas páginas a un escritor que (se enteraron cuando leyeron alguna de las bajadas) había decidido encerrarse en su casa hace muchos muchos años atrás.
Por supuesto que el hecho habla por sí solo, y que pienso que en vez de dar a leer cualquier libro de Eloy Martínez, en las escuelas de periodismo deberían dar a leer Nueve cuentos. Por un tema de estructuras, por un tema de emotividad, por un tema de ver cómo se arma y desarma un personaje. Por un tema de lenguaje y cercanía. Por un tema de emotividad.
Eso: prefiero un periodista que lee a Salinger a uno que lee a Eloy Martínez

Tema aparte la influencia de Salinger en lo que se hizo durante la segunda mitad del siglo XX. Películas, música, libros, novelas gráficas. Tema aparte, aunque a veces molestoso, porque es cierto, por ejemplo, que Wes Anderson ha hecho películas extremadamente salingerianas, pero también es cierto que todo el gesto pop no tiene que ver, exclusivamente, con él. Creo.
Ahora sólo queda esperar lo inédito, lo que aún no se ha traducido. Lo demás, las historias, lo que hizo y no hizo encerrado en su casa, da lo mismo. O nos debería dar lo mismo.
Acá, lo que escribí a horas de enterarme de la muerte:
Una batalla salingeriana
Pertenezco a la generación de quienes descubrimos a Salinger cuando íbamos en el colegio. Nos tocó leerlo de forma obligatoria, memorizarnos los nombres de Holden Caulfield y compañía para responder una estúpida prueba que ya todos olvidamos. Pero a Salinger no lo olvidamos. Al contrario, terminó siendo una invitación a leer, a entender que en los libros había un mundo con el que uno podía identificarse.
Por supuesto que no fuimos los primeros. Antes, por estos lados, Alberto Fuguet (Mala Onda) y Rodrigo Fresán (Historia argentina) ya habían entendido aquello y se habían transformado en salingerianos absolutos, haciéndole guiños a El guardián entre el centeno” y Nueve cuentos en sus primeros libros. Ellos, y nosotros, creceríamos con Salinger como un héroe adolescente y Holden Caulfield como un Peter Pan oscuro del siglo XX.
Y es cierto que a ratos la leyenda se comía a Salinger, pero sus historias sustentaban el entusiasmo. Por eso no es errado pensar que influyó a toda una generación de narradores norteamericanos (Lethem, Chabon, Foster Wallace), teniendo como gran heredero a Ann Beattie y su Postales de invierno, libro que marcó los años setenta en Estados Unidos, convirtiéndose, para muchos, en “El guardián entre el centeno” de aquellos tiempos. Una historia en la que los jóvenes protagonistas recorrían una ciudad invernal mientras sufrían por amor y esperaban que apareciera un nuevo disco de Bob Dylan.
De alguna forma, esos adolescentes salingerianos nunca han dejado de existir, nunca han aceptado convertirse en adultos y formar una familia disfuncional como los Glass. Y todo, a pesar de que un día Salinger, el eterno guardían entre el centeno, decidió encerrarse en su casa de New Hampshire y guardar silencio. Un silencio que pareció ser la única forma de seguir luchando contra una vida llena de adultos infelices, aburridos, insoportables.
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One Comenta
Debieran prohibir la adolescencia y encerrar a todos los postpùberes literatosos por lateros. Los acusaría de molicie crónica agudizada por descompensación hormonal transformada en causa estética. A papá pingûino no le vengan con cubos de hielo.
Es todo lo que te puedo comentar desde mi punto de observación.