Columna: Muchacha punk

Méame hasta saciarme

Por Romina Reyes

El libro delgadito que pedí en la biblioteca hace casi quince días de Rodolfo Fogwill apareció ahí, al lado de un espejo redondo con brillos violetas y una que otra mugre de esos días en que se perdió. Nunca me interesó tanto, quizá por eso no lo busqué con tanto ahínco, pero la perspectiva de volverme fugitiva por la pérdida de un libro –y sobre todo, de ése libro- no me parecía un panorama agradable. Porque digámoslo, podría robarme un libro, pero uno que me interesara de verdad. Sería tan fácil como meterlo dentro de mi bolso y salir a paso ligero para entrar al metro donde, en un rincón, le arrancaría su inocente marca de préstamo con las uñas. Pero no con ése libro, tal vez sí con otro.

Fogwill estaba en un estante escondido entre otras efes. No lo busqué, pero lo encontré a pesar de su delgadez innata. Cuando lo tomé, recordé haberlo leído antes en uno de tantos blogs de literatura donde recordaban su visita a la feria del libro. Rodolfo era un viejo canoso y bigotudo como son gran parte de los viejos. Tenía el recuerdo del cuento llamado Una muchacha punk que no me gustó particularmente, salvo cuando Fogwill escribe que no hicieron el amor porque el amor ya estaba ahí, antes de ellos. Oh, la vida, una frase tan cierta y amarga que te llega. Aplausos, se apaga la luz.

No me gustó particularmente Fogwill por no decir que no me gustó nada. Un muchacho me preguntó por qué lo leía entonces y le dije “le doy otra oportunidad”.

Tomé Lo cristalino engañada. Al comienzo pensé que sería una novela, pero era un compilado de cuentos, de dos cuentos. Díganme loca, pero dentro de las cosas que no me gustan están los libros de cuentos. Ni antologías ni recopilaciones ni nada. Será que los siento incompletos o que no calzan, apenas paso algunos de Carver, el resto los leo a regañadientes.

(No me gustan porque siempre se pueden leer incompletos y eso habla de lo prescindible del todo).

Sin embargo lo noté cuando lo leía de vuelta a mi hogar. Nada qué hacer, el libro ya estaba prestado. Comencé a leer el primer cuento con agrado. Trataba de un escritor o de un pintor o de una voz femenina desconocida. O de todo eso y de otras cosas, como los márgenes difusos que quedan en los recuerdos, como las voces de mujeres. Quizá sea buen momento para esgrimir aquí las razones del por qué Fogwill no me agradó la primera vez y bien, no fue tanto por su prosa sino por su arrogancia al escribirla, además de lo elitista que resultaba ser su muchachita punk, tan insípida como cualquier otra. Pero ahora, con menos presunción, se hacía un deleite para el viaje en la locomoción colectiva, además de un libro fácil de llevar en las horas peak.

Sin embargo, después de aquello lo perdí, lo perdí como pierde una madre a un niño, sin saber cómo ni dónde, apenas recordando el último lugar. Cuando lo noté perdido no lo busqué, sólo lo hice cuanto me vi atrasada en la entrega. Entonces fue que lo busqué. Finalmente lo encontré, tan fácil que me pareció que nunca lo había perdido realmente, sólo olvidé dónde estaba –qué bien, es una forma de perder-.

Volví a leer a Fogwill, sobre mi cama, en la página marcada, unas dos o tres más allá del comienzo del segundo cuento y final que compone el libro: Help a él. Algo me acordaba, lo suficiente para leerlo ahí y seguirlo en el camino a la biblioteca para no sumarle pesos a mi deuda acumulada.

Llegué allí sin terminar, por tanto me interné en una de las salas para acabar la lectura antes de la hora de cierre, ya que sería una ironía muy mala de mi parte el haber realizado tal viaje en vano. Me senté frente a un hombre que me miraba –o al menos imaginaba que lo hacía por los años de consumo de series gringas y películas románticas hollywoodenses-. Yo apenas le veía la polera café y procuraba ocultarme en el libro de otra gente que podía aparecer ahí y que no deseo ver –soy una extranjera en esa biblioteca-. Adentro, un hombre se follaba a una mujer de las maneras más extrañas para mí, una mezcla de fluidos con caca y cremas untadas desde el ano hasta las orejas. En parte, Fogwill respondió a todas mis preguntas acerca de cómo escribir el sexo: simplemente como es, sin eufemismos ni cursilerías. Sólo como la voraginé de fluidos que suele ser.

Entonces sólo quise encontrar el amor en una biblioteca para llevarme a ese amor a un motel y proponerle mearle la boca. Pero claro, nunca me atrevería a mearlo aunque me lo pidiera, y nunca lo invitaría a un motel. Ni siquiera me atrevo a hablarle.

En el fondo, siempre le tememos a lo sucio.

¿Qué habría dicho el sujeto sentado frente a mí si leyera lo que yo leía? Quizá habría sido más fácil acabar representando aquello, tan fácil como decir que te quiero lamer el ojo y simplemente abrirte el párpado y hacerlo.

Como sea. Fogwill me hizo detenerme en cosas más allá de su literatura a partir de la misma. No sé si es bueno o malo, quizá no lo olvide, quizá me faltan más lecturas menos correctas. Aunque no creo que sea un autor por definición perverso ni por definición nada. Quizá me falta leer más, y siempre me ha faltado eso.

Cerré el texto una vez acabado. Miré al frente. “Méame” dije. Nadie dijo nada.

Finalmente devuelvo a Fogwill sin pena ni gloria. Me dirijo al mesón para devolver a Fogwill y llevarme a Henry Miller. No sé quién es, sólo sé lo que me dijeron de él. Cosas cochinas. Conmigo se quedan las perversiones de Fogwill. Me voy con Miller y le prometo no retenerlo más del tiempo normal –no quiero que se aburra. Devolví a Fogwill, de todas maneras pagué multa. En fin. Todo lo que quería decir es: de todas maneras vale la pena leerlo, pero no tanto para perderlo.

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12 comentarios

  1. Emilio Gordillo
    Posteado el 01/02/2010 a las 8:36 pm | #

    Alguna vez un escritor chileno que le gusta mucho al mismo Fogwill, dijo sobre Help a él:Es pura voz, es como si Borges tuviera carne.
    Qué esperanzador era ver un texto sobre Fogwill en portada. Pero tal como dice la única frase que me pareció inteligentísima en tu texto: “Como sea. Fogwill me hizo detenerme en cosas más allá de su literatura a partir de la misma.”, los libros son espejos de varias cosas, una de ellas tus lecturas, que como bien dices podrían ayudar a que el texto completo sea como esa oración que se te escapó. Para sacarle el jugo a esos libros tendrías que haberte detenido en la A de Arlt, en la B de Borges, en la D de Di Benedetto, en la O de Onetti, y en otras letras más que no nombro para no pasar por pedante – argumento tan en boga contra lo que se resiste a ser pura superficie por estos días -. En resumen, tu talento narrativo habría brillado si te hubieras dado una vuelta por esos lados de la biblioteca antes de pedir a la nada de la lectura que te meara hasta saciarte. Te aseguro que tras tu vocativo algo parecido a la literatura habría venido a cumplir tu deseo.

  2. Posteado el 01/02/2010 a las 8:58 pm | #

    Puta, nada más triste que tener que explicar que algo tiene sentido del humor.
    Nada más triste.

  3. Emilio Gordillo
    Posteado el 01/02/2010 a las 9:13 pm | #

    Es un sentido del humor muy fino Diego, es tan fino que parece un elogio a los modos de entender la literatura en los blogs.

    Cosa que me parece mucho más triste.

    Saludos.

  4. Posteado el 01/02/2010 a las 9:21 pm | #

    jaja ¿cuál es esa literatura de los blogs? ¿la que no es académica?

  5. Emilio Gordillo
    Posteado el 01/02/2010 a las 9:35 pm | #

    No, Diego, si lees verás que dice “modos de entender la literatura” y no literatura de blogs. Aquel es otro asunto sobre el cual prefiero no caer en superficies, como Romina Reyes. Cuando digo eso “modos de entender” hablo de la primacía de la superficie, el comentario liviano y la preferencia por los textos que nos meten desde el norte y el canon anagramatizado como un supositorio ácido que a muchos les parece una dulzura. Fíjate en la línea editorial de este número. ¿Es tan difícil no farrearse uno de los pocos escritores latinoamericanos que aparecen por estas páginas virtuales?

    Qué pensaría Bolaño, Diego Zúñiga, qué pensaría…

    Un abrazo para ti de todos modos.

  6. Emilio Gordillo
    Posteado el 01/02/2010 a las 10:02 pm | #

    Aps, y ningún abrazo para Romina, no me cayó bien, estoy seguro de que miente y sí se leyó a los que le nombré

  7. esteban arriagada
    Posteado el 01/02/2010 a las 10:43 pm | #

    Comparto con el sentimiento de tristeza de explicar algo humorístico, pero en este caso la suma de comentarios logró que fuese más chistoso el texto inicial.

  8. Dino Gordillo
    Posteado el 04/02/2010 a las 3:16 am | #

    Había una vez un niñito que se llamaba cazuela, un día a la hora de almuerzo, se lo comieron!

    Sentido del humor,

    muchas gracias!!

  9. Romina
    Posteado el 07/02/2010 a las 10:39 pm | #

    Hola, tú tampoco me caes bien.

  10. Posteado el 11/02/2010 a las 6:11 pm | #

    fogwill es un escritor inmensamente menor, obsesionado con su reconocimiento, sus poses de punk de viejo de mierda, no se porque tiene tanta prensa, será que a los sudamericanos nos seducen los apellidos anglosajones.

  11. Posteado el 02/03/2010 a las 5:33 pm | #

    Sugiero a los comensales, por favor, no leer Bukowsky si no quieren morir de un ataque cardiorespiratorio.

    Livianitos livianitos…

  12. Posteado el 23/03/2010 a las 10:11 am | #

    La gracia del cuento Muchacha Punk es que la muchacha punk es insípida, es blanca, tonta, rica y de punk sólo tiene la ropa. Entonces, sí, la muchacha punk de su cuento es insípida, como la mayoría de las muchachas punk, como la mayoría de las muchachas que se visten y actúan y pretenden mostrarse como punks, como cualquiera que se viste y actúa para ser algo o alguien (concepto que supuestamente el punk intenta derribar, ser hoy, ser presente, ser todo o ser nada, subirse a tocar música sin saber un acorde, ser Vicious, etc.)
    No estoy enamorado de Fogwill, pero me parece que, con seguridad, si no les gusta, es porque no le entendieron el chiste.

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