Crítica: Kitchen

La cocina de Banana

Por Lissette Fossa

 

Banana Yoshimoto realmente no se llama Banana. Su nombre real es Mahoko. Muchas páginas web aseguran que se puso el sedónimo de “Banana” porque es andrógeno; otros, porque le gustan las flores rojas del árbol del banano. Puede ser eso o simplemente porque disfruta de comer esa fruta. O puede tener su orígen en hacer referencia al más reconocido poeta de haikus de Japón, Basho, nombre que significa “árbol de banano”. Lo importante, eso sí, es que Banana realmente no es su nombre y que al igual que el personaje principal de Kitchen, su novela más famosa y vendida (con más de seis ediciones sólo en Japón), el nombre no es lo importante. Apodos y apellidos pasan inadvertidos en el ambiente que rodea a sus personajes, que finalmente no es más que el reflejo su mundo interior.

Mikage, la protagonista, suele pasar el día en la cocina. Ignora cuándo fue que comenzó con este rito, pero se acrecentó luego de la muerte de su abuela, el único familiar vivo que le quedaba. Y sin razón aparente, comienza a dormir en la cocina, descansar allí, a llorar, leer, observar… Todo en un ambiente de olores y sabores, propios de esa habitación japonesa.

Piensen en el olor a pescado crudo, a arroz “gohan”, a algas, a sopas y soya. No es el olor de una cocina latinoamericana, no es lo mismo. Como dato anexo, cocinar comida nipona toma bastante tiempo, por lo que la presencia en este lugar es mayor para ellos; les es normal esmerarse unas tres horas en hacer una cena rutinaria.

Todos dicen que el libro de Yoshimoto (muy criticada en Japón por apelar a referencias de la cultura pop en sus escritos y ser un éxito de ventas), habla de la soledad. Yo creo que habla de la soledad, sí, pero también habla del encuentro. Habla del hogar. Porque la soledad no es más que la excusa para una búsqueda de la protagonista, que quiere encontrar compañía para pertenecer a algo y a alguien.

La protagonista no se cuestiona tanto por la soledad, sino más bien por las relaciones, quizás poco comunes, que establece con los otros personajes. En su mundo apenas habla con los demás. Hasta que conoce a un joven vendedor de verduras y a su madre-padre, un travesti que da buenos consejos y siempre está alegre. Un hombre que un día decidió vestirse de mujer y así reemplazar a la figura materna que su hijo necesitaba. Un personaje lleno de amor y, en síntesis, el más cuerdo entre tanto caos.

Con el tiempo, dentro de la paz de la cocina de estos vecinos, Mikage encuentra un hogar. La cocina no es tan significante de la soledad, sino más bien de la compañía.

La soledad parece tema recurrente en textos japoneses, incluso en la visión del budismo zen, pero decir que cada libro de Yoshimoto sólo habla de eso me parece exagerado. Porque es caer en lugares comunes. Sí, puede ser que relate en profundidad sobre una melancólica visión del estar solo. Pero finalmente todos estamos solos, y el posmodernismo nos ha dejado claro que es un buen tópico para escribir una novela, un ensayo, un poema.

Yoshimoto, en sus páginas, dice mucho más.

Creo que la gracia de Kitchen está en dos puntos fundamentales ( hay otros puntos, pero seré autoritaria y los cortaré en dos): Uno, es el hecho de que ella escribe acerca del abandono, de la tristeza, de la muerte, de la nada, con la naturalidad y la belleza de una pluma que está llena de talento. En el fondo está hablado de la crudeza de la vida. En este sentido, la soledad es un tema más de los variados guiños que ella hace a la vida sin sentido de la modernidad, rodeada de cosas y sin nadie a quien recurrir. No son tópicos bonitos, al contrario, son duros. Yoshimoto no es la flor roja del banano, sutil y delicada, sino que es moderna, inteligente, incisiva, amarga, incluso molesta e insolente.

El otro punto que se toca es el del encuentro a través de la descripción de los objetos, de lo material. La cocina es una gran excusa para hablar del hogar. Mi impresión es que no importa donde estés, Chile o Japón, la cocina sigue siendo el lugar de los aromas, lo sensorial y sensual, de la preparación de una comida que pocas veces se come solo, que sabe mejor cuando se digiere de a dos. Mikage es realmente feliz cuando se acomoda en una cocina en la que puede preparar platos para otros. La cocina era el útero al que apelaba para conectarse con alguien. Yoshimoto nos dice, a través de un refrigerador o una taza de té verde, que lo importante es conectarse con el otro.

Mikage, la protagonista, parece flotar en un mundo extraño, lleno de sutilezas e insinuaciones que no se dicen, pero eso deja de tener importancia porque los nombres y las palabras no contienen los sentimientos de quienes las emiten. Todo está oculto con un velo, todos mienten un poco, todos son como el travesti, nadie es verdaderamente lo que proyecta, y en ese ambiente, los sabores, la acidez, el agua hervida, el sentarse a la mesa y ver cómo el otro mastica su comida y bebe su agua, por lejos es más sincero, más real. Una sonrisa, un estómago feliz, un corte en el dedo con un cuchillo carnicero. Eso sí es verdadero, es parte de tener y ser un hogar.

Supongo que el idioma japonés, fuente de muchas palabras con variados significados, sin género, sin pasado ni futuro, facilita la naturaleza de este velo invisible.

Por eso da lo mismo el nombre. Puede ser Banana o Mahoko, ambos son igual de efímeros ante una realidad cruda, que se alimenta de hechos y no de sílabas.

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One Comenta

  1. Posteado el 02/03/2010 a las 7:32 pm | #

    ¿Todo “creo”? Muestre seguridad en sus aseveraciones señorita.

    La nota está muy bien, aunque usted tendría que haberse corrido un poco más atrás para que se luzca más la niña nipona.

    Con respeto y sin ánimos de ofender.

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