Por Javier Munguía

En la introducción a su antología Teorías de lo fantástico, el estudioso David Roas afirma que el relato fantástico, basado en la confrontación entre lo sobrenatural y lo real dentro de un mundo ordenado y estable como pretende ser el nuestro, provoca y refleja la incertidumbre en la percepción de la realidad y del propio yo. Agrega Roas que, en este tipo de relato, la existencia de lo imposible, de una realidad diferente a la nuestra conduce a dudar de esta última y de nuestra propia existencia. De este modo, la literatura fantástica nos descubriría la falta de validez absoluta de lo racional y la posibilidad de la existencia, bajo esa realidad estable y delimitada por la razón en la que habitamos, de una realidad diferente e incomprensible, ajena a la lógica racional. La literatura fantástica, pues, pondría de manifiesto la relativa validez del conocimiento racional al iluminar una zona de lo humano donde la razón está condenada a fracasar.
Desde esta convincente perspectiva, es difícil despachar la literatura fantástica de un plumazo como menor o puro entretenimiento o evasión. Por el contrario, ella sería transgresora al cuestionar los límites de la realidad, al ampliar el concepto de realidad reconociendo que ésta va mucho más allá de lo perceptible, que incluye nuestros deseos latentes más recónditos, nuestros miedos inveterados, nuestras fantasías.
La novela que ahora me ocupa, Nocturna, escrita a cuatro manos por el genial director de cine Guillermo del Toro y por el escritor Chuck Hogan, participa de la literatura fantástica y recupera una figura aterradora cuyo máximo exponente literario es el Drácula de Bram Stoker: el vampiro. Al inicio de la novela, un avión que salió de Berlín aterriza en el aeropuerto de Nueva York. Apenas tocar tierra, la máquina se apaga del todo. Los encargados del aeropuerto no se explican el hecho inédito. Cuando al fin pueden rescatar a los pasajeros, se dan cuenta de que la mayoría de ellos están muertos. El reputado doctor Ephrain Goodweather y su colega Nora Martínez serán los encargados de investigar el suceso. Lo que descubrirán cambiará para siempre su visión sobre el mundo, las fronteras racionales estrechas que su vocación les ha impuesto, y desatará una peligrosísima batalla contra seres desconocidos y hambrientos de sangre humana.

Lo anterior, relatado por un narrador en tercera persona que adopta la perspectiva visual y cognoscitiva de distintos personajes, constituye el plano que ocupa la mayor parte de la novela. El segundo plano, conformado apenas de unos cuantos capítulos distribuidos a lo largo del libro, da cuenta, con un narrador en tercera persona también y de forma no cronológica, de la vida de Abraham Setrakian, un rumano superviviente del holocausto nazi que además ha tenido encuentros con el líder de esos seres que ahora asolan Nueva York. Sólo con ayuda de este hombre, ya anciano, Ephrain y Nora podrán enfrentarse a la amenaza que se cierne sobre su ciudad.
De este primer tomo de la Trilogía de la Oscuridad es digno de resaltarse su impecable ritmo narrativo: con una prosa despojada de ornamentos y una estructura que siembra expectativas e indeterminaciones desde el inicio, Del Toro y Hogan consiguen una novela que no se puede dejar de leer. Pero no es ese su único mérito. Los personajes, aun los más secundarios, no son piezas intercambiables que sólo son útiles para la resolución de la trama. Por el contrario, ellos tienen problemas que trascienden el conflicto principal, lo cual los hace a la vez que más interesantes, muy verosímiles: una mujer teme al mundo en general y es completamente dependiente del marido; otra es maltratada por el hijo; el mismo doctor Goodweather atraviesa un divorcio y lucha por la patria potestad de su hijo, que a su vez es testigo vulnerable de los pleitos de sus padres…
Aunque las perspectivas que el narrador adopta son muchas, todas son pertinentes, pues dan cuenta de las pequeñas pero significativas historias que relatan el avance de la plaga por la gran ciudad. Si bien los personajes principales son Ephrain, Nora y Setrakian, así como un exterminador de ratas ruso llamado Fet que en en la última parte del libro cobra mayor relevancia, los autores aciertan al darle voz a otros personajes que también son víctimas de la invasión. De este modo, se da la impresión al lector de estar siendo testigo del ataque a toda una ciudad, no sólo desde la visión limitada de uno de sus protagonistas.
Nocturna seduce e inquieta al poner en jaque la idea de una realidad limitada a lo racional, a lo previamente conocido. Si bien la novela apela a una figura que desde muchos años atrás, incluso antes de Bram Stoker, puebla las pesadillas de hombres y mujeres de todo el planeta, también le da rasgos particulares a esa creatura, otorgándole nueva vida a su vieja estampa.
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