Crítica:Tobias Wolff

Mucho más que eso

Por Cristóbal Carrasco

Hace un par de años, una encuesta del blog El síndrome Chejov dio como ganador – entre los mejores libros de relatos de los últimos veinticinco años – a Raymond Carver y su Catedral. Además, entre los primeros lugares, encontramos a Richard Ford y Rock Springs, y mucho más alejado a Tobias Wolff, quien, con un puñado de relatos agrupados en su antología Aquí empieza nuestra historia, pasa ahora a ocupar un lugar importante – sino esencial – de la narrativa contemporánea de los Estados Unidos.

La obra de Tobias Wolff (Alabama, 1945) es claramente menos conocida que las de sus coetáneos Raymond Carver y Richard Ford, y sin embargo, aparece constantemente como parte del trío de escritores que conforman el grupo de realistas sucios. Detrás de esa etiqueta fluye, no obstante, una disimilitud tan imponente que parece extraño clasificarlos a todos dentro de una mismo género. Wolff, constantemente comparado con ambos, se ha separado de esa literatura para adentrarse – como todo buen escritor – en un estilo tan propio que remece la percepción que tenemos de la narrativa norteamericana. Para lograr eso, Wolff ha escrito tres novelas – una de ellas llevada al cine por De Niro y Di Caprio – que han obtenido una respuesta desigual, y cuatro libros de relatos que lo han hecho merecedor del premio O’Henry en tres ocasiones, y del Story Prize el año 2009. Y en cada uno de esos relatos, elegantemente narrados y con una precisión y simpleza tan abrumadoras que parece extraño no necesitar leerlo a cada momento, se encuentra lo mejor de este escritor. Así, como un ejercicio de lectura genuino y puro como las voces que hace hablar en su obra, Wolff, como si hiciera uso de un lente parcialmente útil, muestra en la omnisciencia de sus narradores la vida quebrada de personajes imperfectos y terriblemente unidos a esas escenas que nos brinda en sus cuentos.


La estética que instauró el realismo sucio, desde los años ochenta en la literatura norteamericana parece representar, en gran medida, el anhelo de una cultura cansada y arrepentida de sus actos. En muchos casos, observamos que las contratapas de cualquier libro que provenga del país del norte y que tenga como protagonistas a empleados que residen en suburbios y lleven vidas cotidianas, son el reflejo de una misma categoría, como si todo eso cupiera en el slogan del derrumbe del sueño americano. Sin embargo, la literatura norteamericana es tan vasta y prolífica que los encasillamientos son inútiles casi de antemano. Junto a eso, el fantasma de Raymond Carver, sus polémicas y el aura de esa forma tan particular de editar que Gordon Lish mitificó, ahuyentan lecturas posteriores de una época particularmente prolífica del relato norteamericano. En efecto, las consecuencias que Carver ha dejado para nuestra literatura han sido menos de las deseables. Ya sabemos de la existencia de muchos escritores seguidores de Carver que han hecho de su literatura una copia feliz y resumida de los mismos relatos que leyeron en su juventud, y en ese contexto, el estilo minimalista – como pretensión literaria – se ha vuelto tan irritante como obvia. Tobias Wolff, en cambio, descree en todos sus relatos de esa intención y por el contrario, ha encontrado una manera tan peculiar de amalgamar la tradición cuentística norteamericana con una sutileza tan profunda y exquisita de narrar, que construye, a través de sus obras, en una versión personal del realismo sucio. Así, desde los militares protagonistas en La alegría del soldado, El otro Miller y A la espera de órdenes, pasando por la genial reunión de junkies y sus diálogos perfectos en Leviatán, la ternura y el silencio de Dí que sí, la rememoración profunda de uno de sus mejores cuentos (Una bala en el cerebro), o el juego estilístico de El Mentiroso permiten a Wolff estar un paso delante de la mayoría de los cuentistas contemporáneos.

Aquí empieza nuestra historia es, en definitiva, la concreción de su mejor narrativa ya publicada y la muestra de una consagración a través de su nuevos relatos que, sin ser de la calidad de los primeros, reflejan de todas formas su estilo. Por eso, es necesario repetirlo: Tobias Wolff no es realismo sucio, ni una copia o una versión mejorada de Raymond Carver. Es mucho más que eso.

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