Por Pablo Villarroel

Me acabo de sentar luego de hacerme el tercer té de la tarde y como siempre giro el tazón para que su oreja apunte hacia mí mientras que, con la otra mano, desplazo el mouse hacia la izquierda para que esa flecha blanca no me apuñale la mitad de la escena. Mientras espero que se cargue casi siempre me suelo desesperar porque el menú del Megavideo nunca quiere desaparecer de la pantalla; pasan dos segundos y suena la voz, la misma voz que por tantos años me ha enmarcado este ferviente ritual que tengo cada miércoles: “Previously on Lost”.
Mi historia sobre Lost no debe distar mucho a la de cualquier otro. La primera temporada la vi íntegramente por televisión y creo que aguante las modificaciones, los aplazamientos de horario con bastante dignidad o porfía hasta la segunda temporada. El Internet por ese entonces difería mucho de lo que ahora manejamos por “velocidad decente” y un día en que miraba algún video en Youtube, y no sé con cuantos clicks al azar, encontré una web que me prometía poder ver online o descargar las series con apenas uno o dos días de diferencia a cuando se emitían en Estados Unidos. Para qué me voy a alargar. El entusiasmo que provocó Lost, en todos nosotros, gatilló unos de los mayores cambios en cuanto al consumo de contenidos audio-visuales. Era tan interesante Lost, tan cautivador que, nosotros, ya no logramos esperar a que los canales de televisión se decidiesen a traerlos hasta nosotros. Aprendimos a salir a buscar lo que nos era alejado, algunos conocieron la existencia de los Torrents, otros aprendieron el arte de subtitular y se dieron cuenta que era mentira que se necesitase mucho tiempo para tal tarea, formaron comunidades y ya no era sólo Lost, sino una gran gama de series, películas y documentales que llegaban hasta nosotros sin mediar estación alguna. De pronto nos hallamos -miento, nos descubrimos- en un mundo en que estábamos consumiendo más contenidos que nunca y en el que por fin despertamos de aquel pueril letargo en el que creíamos que necesitábamos de una estación televisiva que nos impusiera el qué-ver. Digo todo esto mientras vuelvo a ver una escena que no comprendí muy bien del ultimo capitulo llamado Happily Ever After.
Cómo no vamos a extrañar a Lost si ha sido una de las series a las que más atención le hemos dado. Hemos viajado desde la ignorancia absoluta a la ignorancia ilustrada, hemos leído, hemos investigado, hemos teorizado a tal punto de sentir frustración cuando un sólo gesto de Richard, ahora Ricardo, nos tira todos los naipes a la basura en el majestuoso Ab Aeterno. Lost me hizo leer la Biblia y por Dios, que no existe, que la leí. ¿Quién era este Jacob al que Dios amaba? ”Yo amé a Jacob mas odié a Esaú” decía el Señor del antiguo testamento. ¿Ellos, hermanos y rivales, habrán llevado su disputa prehistórica hacia riberas cósmicas y míticas? ¿Pero cómo calzo eso con la estatua de Tueris? Y se me olvidaba la iniciativa Dharma, la física. ¿Y cómo mezclo el Averno con las teorías cuanticas? Bueno, es algo inevitable querer saberlo todo, querer tenerlo todo, querer develar todo aun cuando ese rasgar nos rompa las ilusiones. Pero en esta última temporada he aprendido a no exigir tanto. Me quiero dejar llevar tal como Desmond en esta escena, vendado y con los brazos muertos a la espera de algo desconocido y que, quizás, nunca se nos muestre completamente.
Si quisiera hablar detalladamente de todos los misterios de Lost; de los candidatos, de esa necesidad que tiene la isla para provocar la redención de sus habitantes, de que creo que el hombre de negro no es necesariamente el malo y que, tal como Jacob, sólo es un guardián más de la Isla, terminaría ocupando demasiadas paginas y nos terminaríamos turbando entre todas las inconexiones que en estos momentos flotan por mi cabeza y ciertamente por la tuya.

El punto fuerte de Lost son los guionistas y esa obvia fijeza de tener una meta a la cual llegar en esta historia. Posiblemente siempre se pensó el final, mas nunca se pensó el cómo llegar a él. Esa es la magia que nos cautiva y es la misma magia que vi en un cómic, que leí el año pasado, sin saber que tenia mucho que ver con esta isla. Me refiero a Y The last man. Mayúscula fue mi sorpresa cuando me enteré que este cómic aparecía en Lost pues Brian K Vaughan, uno de los guionistas, lo había escrito y se dio el gusto que apareciese en la serie. ¿Qué tiene que ver con Lost? Quizás nada si buscas un argumento al misterio de la isla, quizás todo si logras captar el ritmo del cómic y compararlo al de ritmo de Lost. Y ahora que estamos en la ultima temporada y, con la inclusión de una nueva técnica narrativa como lo son los flash-sideways, nos hemos visto obligados a dejar esa puta aspiración a profanador de tumbas egipcias para sencillamente sentarnos a la espera del golpe, del cachetazo que nos conmueve tanto como las frases en español mal pronunciadas de Hurley o el gesto del Némesis escuchando todo desde el otro lado de la selva. Pero no he hablado de los flash-sideways. Qué grandiosa capacidad para no explicarnos nada hasta que, de tantas señas, todo caiga por su peso. Muchos no entendimos a primeras el porqué de esta separación de las realidades pero, y te lo digo, acabo de ver un solo gesto de Desmond y ya todo tiene sentido. Qué talento para entrelazar filosofías, ciencias, mitos, religión, símbolos y psicología. Qué manera de tenernos uniendo lazos que jamás se van a tocar. Qué estilo para narrar las historias de los personajes a tal punto de que ya nos causa empatía hasta Ben. Y eso último es el verdadero secreto de Lost. Pues aquel que crea que esta serie triunfó por su historia enrevesada, sus triángulos amorosos o por sus misterios en sí, está muy equivocado. Lost supo narrar, supo utilizar diversos recursos narrativos pues no subestimó la inteligencia del espectador y al calor de la pantalla llevó a otro nivel el suspenso: Lost logró suspender el suspenso.
Ha sido un gran capitulo, debo decir, Happily Ever After pero quedo con la pregunta amarga de qué voy hacer el 23 de mayo cuando todo este viaje, mejor dicho este ritual, acabe. Qué haré cuando todas las preguntas estén resueltas o queden flotando en nuestras mentes como una mitología nebulosa que nunca podrá explicarse totalmente. Qué haré cuando esta serie, que me cambio la forma de consumir series, ya tenga todos sus links caducos. Qué haré cuando los guionistas, que lograron suspender el suspenso, unan todos los trazos y podamos ver por fin a la Isla como un Todo. Seguramente ese día nos encontremos a nosotros mismos viendo algo que, sabremos, marcará el imaginario popular por los próximos años. Seguramente no sea en las respuestas, sino en esa lucidez donde estará el mayor goce que podremos sentir ese día.
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One Comenta
Lo grande de Lost es que te hace sentir como si realmente fueses, en algún momento, a comprenderlo todo. Te plantea dudas, desafíos, enigmas, te da y luego te quita. Lost se trata, al fin y al cabo, de la vida. De nuestras propias vidas y de cómo ellas tienen flashbacks, flashfowards y flashsideways. Todos somos un poco Desmond y queremos ser un poco más Sawyer. Hombres de fe y de ciencia. Y no sabíamos de eso hasta que un avión cayó del cielo en medio de la nada. Y mientras más creemos saber, más nos dábamos cuenta de que los árboles no nos dejan ver el bosque.
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