Columna: La belleza del puntente

Una vuvuzela en la oreja

Por Lituma Chiavistello

La defensa uruguaya me emociona. Anticipo, pachorra, concentración absoluta. Es una forma de vida. No sé por qué Galeano (y con él todos los mamones del fútbol) no le asigna al aguerrido, al estoico, al espartano, que tanta gloria le ha dado al fútbol uruguayo, el mismo valor mítico del malabarista soso. Defender es un arte y Lugano, Victorino y Godín son tres maestros. El bello cero a cero contra Francia es de lo mejor que he visto hasta ahora. Observar atento los desplazamientos tácticos, cómo Pereira bajaba para cubrir a Victorino cuando Ribery se descolgaba por la derecha, cómo Forlán retrocedía para iniciar los intentos de contragolpe y Toulalan dudaba entre esperar o presionar más arriba, fue un deleite para alguien que ya no está para barroquismos de ningún tipo.
El realismo mágico de la fauna intelectual futbolera me descompone. Los escritores y su tráfico insufrible de palabras bonitas, de adjetivaciones huecas. Solabarrieta es, finalmente, uno de sus herederos. Él quiere goles, muchos goles, goles cada tres minutos, para así poder exhibir su poesía de tintes whitmanianos. Es la voz populista de los intelectuales que después, sin embargo, se avergüenzan de él, le dan la espalda. Como en política, el intelectual latinoamericano primero inventa un mundo imposible, lo sueña y lo escribe, y después se lava las manos. Y no dicen nada, por ejemplo, sobre ese invento traicionero de la Fifa, la pelotita Jabulani, destinada a torturar a los arqueros y así cumplir el sueño de los demagogos: tener un Mundial lleno de goles. ¿Qué viene luego? Agrandar los arcos, dos metros para cada lado, uno para arriba.

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Tampoco le gustó a Solabarrieta el triunfo de Argentina. Pobre, dijo. Pero si Higuain y Messi hubieran definido como suelen hacerlo, el magallánico aún estaría recitando uno de sus poemas hiperbólicos. Después de los primeros minutos arrolladores, Argentina mantuvo la pelota. Pese a ir perdiendo, Nigeria no salía y refugiaba a Enyeama tras dos compactas líneas de cinco, mientras Verón los invitaba a campo argentino haciendo circular la pelota. Marcaba el ritmo y salía de la cancha para darle instrucciones al Diego. ¿Qué esperaba Solabarrieta? El suicidio colectivo, que Samuel tomara las banderas y con Demichelis se metieran en el área chica rival.
Y aunque Alemania jugó contra un equipo de cartón-piedra, al que además le expulsaron al mejor de sus jugadores, Solabarrieta no se cansó del halago desmedido, simplemente porque hicieron más goles, alcanzando el paroxismo de su poética arjoneana: “Alemania es el más sudamericano de los equipos del Mundial”. Por cierto, Paraguay demostró ante Italia que es el más italiano de los equipos sudamericanos.
Así, pasados los primeros días, ya sé que sólo podré disfrutar de lo que queda con un dedo pegado al “mute”. Porque la majadería de Solabarrieta se ha convertido en la peor de las vuvuzelas.

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2 comentarios

  1. Xtián G.
    Posteado el 21/06/2010 a las 11:30 pm | #

    ¿Quién es el que se queja?

    Cordialmente,

    alias Gómez O.

  2. Solorzano Gines
    Posteado el 23/06/2010 a las 8:02 pm | #

    Gracias Lituma por tanta sensatez, me mataste con la cita de Solabarrieta, que cuando fue dicha en la transmisión me hizo recordar todos los males del planeta. Sácale lo de soso al malabarista, que si bien no es oficioso tiene su genio.

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