Por Xtián G., aka Gómez O.
Inevitablemente, este texto quedará a medio camino entre el comentario de actualidad, la reseña deportiva y las memorias de infancia. Perdónenme los lectores. Lo que pasa es que, futbolísticamente, uno llegó al mundo con las expectativas del ’82, Locutín frente a frente a los micrófonos, la crisis del mismo año y el descalabro en España. Sí, hay una herida abierta que ninguna teoría del duelo (Idelber Avelar, Tununa Mercado y compañía) podrían explicar. El primero es brasileño, la segunda es argentina. Él es profesor en Tulane University, ella escritora argentina: ambos pasaron o vivieron nuestras dictaduras latinoamericanas y coñosuristas, pero el déficit principal de ambos dos es -¿cómo decirlo?- su carencia de chilenidad.
Echemos la cinta atrás (esta simple figura me delata los años): recordemos a Caszely no delante del balón, no delante de los doce pasos, cara a cara con el portero austríaco. Nó, no lo recordemos, nó: no todavía. Recordémoslo un poco antes, cuando en las eliminatorias rumbo al Mundial de España, el Chino celebró en el Nacional uno de los goles que le hizo a Ecuador con el puño en alto. El izquierdo, quiero decir, se supone. Se entiende. En pleno estadio Nacional, en pleno 1981 (creo), como si le estuviera haciendo el primero de los exorcismo que serían necesarios. Comunista de mierda. La cagó. El gallo choooro. Pocos recordarán que Caszely jugó infiltrado por una lesión en el hombro derecho y el brazo ídem apenas lo podía mover, por lo que la celebración izquierdista era menos un acto de valentía que su única alternativa. Pero queda más bonita la leyenda cuando dejamos los corticoides fuera de la escena.

Volviendo, por un minuto, a nuestro trauma de origen, a ese penal que Carlos Humberto Caszely echó ignominiosamente afuera, por el costado derecho del arco austríaco, los recuerdos se comienzan a suceder. Al espectáculo de la cesantía de esos años, se le sumó el 4 a 1 que nos propinara Karl Hans Rummenige y sus adláteres, en una muestra de las debilidades que hasta ese entonces habían estado ocultas en nuestro gato Osbén y sus bigotes tipo CNI que eran tan comunes por esos años. Osbén, que dejó que una pelota se le colara por debajo del cuerpo para la apertura de la cuenta. Estático, después, cuando luego de un par de paredes en el borde del área, Rummenige le cambió el palo y en el mejor estilo que después le veríamos al Bichi Borghi, se la puso con una suavidad casi insultante en el otro rincón para que nuestro guardametas (el mismo que cortaba los centros con una mano), ahora la viera entrar con parsimonia e inexorabilidad.
Oh humillación de humillaciones. Pero lo peor vendría después. Luego del 3-2 que nos brindó Argelia (con un golazo de consuelo de Juan Carlos Letelier), se me vino y se nos vino una avalancha de sociología barata en boca de nuestros periodistas deportivos (el gran Julio Martínez, entre otros, deformador de multitudes) que atribuían la debacle a una serie de factores que iban desde la raza (especialmente con los alemanes) hasta una teoría del arrugue y que incluía nuestros inalienables complejos de inferioridad, que -para un telespectador de once años, recién haciendo sus primeras armas en el mundo de la teleaudiencia y la lectoría deportiva- era difícil de no asumir como una verdad incuestionable. Nos falta altura, decía el Sapito Livingstone. No se puede jugar pa’ atrás, se le recriminaba insistentemente a Santibáñez, aunque yo creo que en esos años simplemente no íbamos, como país y como selección, rumbo a ninguna parte.
Como triste corolario de esos años que a veces creo que sería mejor olvidar (pero no puedo), el golazo del Pato Yáñez en Asunción, para que Chile le ganara 1-0 a Paraguay y nos clasificáramos de manera brillante al Mundial. El Me pongo de pie se convirtió en un clásico instantáneo. Ya sabemos, sin embargo, cómo fue nuestra aventura española. A México ni siquiera fuimos (cortesía, según algunos, del Pato Mardones). Rumbo a Italia noventa, para ir terminando este artículo, tuvo lugar nuestro particular Maracanazo y es imposible olvidar la furia mal contenida de nuestros sufridos hinchas, gritando a las afueras de la embajada de Brasil, en plena Alameda, luego del ultraje cometido contra nuestra selección y en especial contra ese héroe llamado Roberto Rojas. El broche de oro de aquella transmisión fue otro clásico: el Pato Yáñez que en vivo y en directo, de frente a la cámara, con toda flema y caballerosidad, protagonizara el delantero del mismo nombre. En síntesis, poco hablamos de la actualidad de nuestra selección y sí mucho de la memoria. Me pregunto por qué. ¿Por ese optimismo que nos avasallaba por esa época, ese optimismo que era nuestro único consuelo? Sobran los comentarios.
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