Columna: Mundial Sudáfrica 2010

Sobre la tarde una tarde de fútbol: Juan Román Riquelme.

Por Juan Manuel Silva

Dudo de la crítica como de la teoría y las estéticas –dicen-, porque de leer un buen rato uno podría preferir su propia vida antes que aquellas suspensiones que se entregan como platos recalentados en una estación de servicio. Dudo también de esto, pues los ejercicios del libre pensamiento atraviesan con mayor pasión que las saetas a ese San Sebastián que es nuestra existencia.

Sea una de ellas, o no, la que acertó mi padre en el débil y tímido cuerpo de los años infantiles, cuando sin saber si efectivamente quería las cosas que quería, ansié perder mi tiempo en las plazas de Ñuñoa con mis compañeros de colegio. Recuerdo haber representado en la plaza Sucre las dimensiones del Olímpico de Roma; en esas cuatro calles: Rengo, Sucre, Román Díaz y Miguel Claro, un grupo de niños jugando por la tarde a ser jugadores de Austria e Italia. Años han tenido que pasar desde ese ocho de junio de 1990, para que entendiera que aquella ficción era imposible. Albert Camus, rememorando sus tiempos de arquero plantea que “después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el RUA, no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes.” Sin estar seguro tampoco de sus dignísimas palabras, puedo decir que la decepción que me sigue entregando el fútbol, su acritud, digamos, el tiempo que sigo rumiando para aceptar su estatuto de ficción, además de golpes, derrotas, retos, malas juntas y vicios, me ha traído largas y profundas conversaciones con taxistas, panaderos y comerciantes en cada lugar que he habitado. También el fútbol fue la forma que asumió mi entrada a la violenta infancia argentina, a la que me veía arrojado cada verano, sin saber muy bien si por ciudadanía u hospicio podía pertenecer. Creo, a raíz de tanto traspié, que el fútbol bien podría ser un lenguaje, es decir, el modo que los pueblos sienten su habitar o cómo comprenden su mundo. En este caso, dicha lengua trasandina ha sido una amarga y ronca forma de nombrar las cosas.

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Nada he aprendido del fútbol, moralmente – podría decir- , pero al mismo tiempo esa gracia de asistir a partidos de inferiores detrás del Estadio Nacional, las largas sesiones en que mi padre tentaba al destino probándome de arquero, la Copa América de 1991 y seguir con tristeza las campañas mundiales de Argentina con mi madre, han dejado partículas, letras, frases sueltas en la superficie líquida de mi memoria – quizás en el alma- que aún no entiendo. Como los libros con los que los mayores intentan que superemos nuestra ignorancia cuando todavía no sabemos leer, la experiencia de seguir a un par de equipos, sufrir y a veces gozar con lo poco que un jugador en una tarde cualquiera nos puede entregar, de algún modo ha templado una torpe y crepuscular perseverancia. Por lo mismo, me pregunto por qué sigo viendo los partidos de equipos que sé que probablemente perderán. Por qué defender en inútiles pleitos la valía de estilos o juegos que no corresponden al mercado del triunfo. La verdad es que no tengo respuestas para estas preguntas.

La vida de los hombres se parece por momentos a esos días nublados en que la lluvia suspendida en las nubes amenaza caer. La costumbre de los mismos reza en simples palabras: no llueve, pero gotea o tiene cara de lluvia. Fértiles como la imaginación humana son las maneras de expresar esa inminencia de algo que nunca llega. Llamado también mesianismo o confianza ciega en el progreso, las imágenes que preserva la memoria parecieran advertir que aquello es un lugar común, un espacio repetido. Algo que, más allá de permitir el alzamiento de una personalidad, una individualidad, restablecen la posible vivencia de una comunidad. Puede ser, incluso, que cuando vivimos el fútbol estemos reclamando para nosotros esa suspensión del individuo para entrar en una sensibilidad colectiva. No estamos solos cuando sufrimos y menos cuando celebramos, aunque físicamente nos ausentemos de las masas. El fútbol naturalmente tiende a reunir los fragmentos de una colectividad. Como pensaba Isaac Luria de Safed el siglo XVI en Palestina, hay una secreta voluntad en la creación de restituir un orden previo, una sensibilidad común: Tikkun Olam, o la restauración del mundo.

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Por otra parte, y a pesar de sentirme plenamente comprometido con esa errada invención, recuerdo en esta fría tarde previa al comienzo de un nuevo mundial en África (la misma que hace algunas décadas recibía al nacido dos veces Muhammad Alí gritando: Alí bombayé) a uno que no logró llegar a dicha cita. De hecho, siento que trae a la memoria esta tarde a otra tarde que con el curso de la historia llegó a ser un nombre encarnado. Era una noche de junio, jugaba Palmeiras contra Boca Juniors la vuelta de la semifinal de la Copa Libertadores en el Parque Antártica en la ciudad de Sao Paulo. Gaitán había recibido un rebote al comienzo del partido. Iban uno a cero. Aunque la historia comienza en la mitad de la cancha, donde un desgarbado e indolente número diez toma la pelota y, en cámara lenta, logra arrastrar a un defensa a su propia área y llevarlo a perder su posición junto a un segundo defensa, para moverlos de un lado a otro y cruzar a ras de piso un tiro que Marcos, el arquero, ni siquiera alcanza a medir.

Si cada hombre tiene un momento en la eternidad del universo, un instante en el que le es dado descubrir su destino, de seguro Juan Román Riquelme lo tuvo mucho antes. Para mí, el segundo gol al Palmeiras marcó una forma distinta de comprender el fútbol. Todo el sacrificio, la táctica, las sonrisas, la vehemencia y la pasión que expresan brasileños, uruguayos, paraguayos, colombianos y argentinos, esa especie de superación física a través de la experiencia límite en ese rectángulo dibujado con cal, no era la única manera de comprender el juego. Había otra, vaciada de palabras, de efusión lírica y heroísmo. Un camino solitario y triste: un oficio. Comprendí viendo jugar a Juan Román Riquelme que el fútbol era uno entre otros oficios, y que el jugador, más que ser un iniciado o un entusiasmado (recordando su etimología), debía cumplir su rol en el mundo, callado y sin aspavientos.

Otra tarde, Juan Román, disputando la semifinal de la Champions League contra el Arsenal, fallaría ante Jens Lehmann el penal que debiera haberle dado el paso a la final a su equipo, el Villareal. Mientras todos cuestionaban su falta de carácter y cómo había quedado tirado junto al punto sobre el que posara la pelota, sufriente, volví a comprender o, quizás, recordé que justamente era eso lo que me había llamado la atención de su juego. Nadie busca aquello que será, sólo lo acepta, y Juan Román aceptaba esa tarde, como yo, que su carrera futbolística estaba teñida de dolor y una vaga melancolía. Intuyo que Riquelme, a pesar de haberlo querido, nunca pretendió campeonar ni ser el mejor jugador en ninguna de las canchas que jugó y sigue jugando. Por esto que mañana no vaya a vestir la número diez de la selección argentina, no habrá cambiado su modo de aceptar su existencia. Lo imagino sorbiendo el té o el mate, con sus hijos, junto al televisor, untando el dulce de leche a una galleta, tranquilo, como intentamos estar tranquilos quienes interpretamos los signos con la seguridad que intentan transmitirnos los maestros, sin saber a ciencia cierta qué es lo que significan. Si lo que la imaginación prefigura falla, más desacierta el comentario anodino a la vida de los hombres. Incluso, es posible que toda glosa que intente reducir esos instantes o hacerlos decibles, peca de posponer el episodio en sí, la fuerza que invierte la creación en una acción irrepetible. Tales son las aspiraciones literarias. Lo único cierto es que Juan Román jamás leerá esto, como jamás podrá disputar nuevamente un mundial. Real, también, el hecho de que nada he aprendido aún del fútbol.

Sé, sin embargo, que las imágenes, esa borra que ha quedado del amargo café; mi padre, mi madre, mis hermanos y la tristeza de Riquelme, vuelven como lo hacen las tardes a diario. Frías y enemigas retornan a decirnos cómo las cosas perseveran para existir, casi tanto como lo hacen en nosotros. En este caso, parecieran susurrar que sigamos en silencio cumpliendo con nuestro trabajo, olvidados de nosotros mismos y de los demás.

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2 comentarios

  1. Anónimo
    Posteado el 11/06/2010 a las 5:21 pm | #

    ¿y qué viene despúes? ¿echar de menos a guatón vega?

    lituma

  2. Posteado el 14/06/2010 a las 12:01 am | #

    El primer y segundo párrafo son un verdadero lujo. En su conjunto, mejor que en hilación. El guatón Vega se echará de menos porque todo ganador es reemplazable, porque las generaciones sólo nos dan perdedores verdaderamente memorables. Aunque yo sí que no sé de qué hablo, entre aprendices.

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