Columna: Sudáfrica 2010

U.S.A.

Por Xtián G., alias Gómez O.

(O cómo ver el Mundial sin morir en el intento)

No es fácil. Esta frase, tan propia de los cubanos, sobre todo en estos días en que nada les resulta fácil, así que ahora la hago mía. Con ella quiero ilustrar no las dificultades de la vida americana, que en el fondo son, matices más, matices menos, las mismas de cualquier otro tipo en casi cualquier otro país del occidente cristiano de nuestros días. Una mierda, en síntesis. Una mierda con sus bemoles, por supuesto, con sus altas y sus bajas, con sus días buenos y sus días malos, pero una mierda. No: lo que quiero ilustrar con ese no es fácil es un aspecto de la vida americana, una parte de este mundo en el que me ha tocado vivir mi voluntario exilio.

Imagínense un pueblo como Chiguayante, como San Francisco de Mostazal o, por último, un pueblo como Montegrande. Ahora agréguenle, sin cambiarle el total de la población, todos los adelantos y las “ventajas” del primer mundo. Ahí vivo yo. En eso más el frío polar del invierno. Iowa City, por tanto, con sus aires de cosmopolitismo y de ciudad universitaria, sigue siendo un pueblo de mierda en el medio del Medio Oeste yanqui, con sectores altamente influenciados por la derecha cristiana, pero que aún así sigue siendo un enclave “liberal”, de acuerdo a los estándares norteamericanos. Por liberal aquí se entiende tolerante con las minorías (sobre todo sexuales, ya que la proporción de gays, transexuales y lesbianas en Iowa City es bastante mayor a la del común de los otros pueblos de mierda en medio del Medio Oeste norteamericano), demócrata, i.e., con alta votación para el Partido Demócrata, aunque no necesariamente con una vocación auténticamente democrática y culto, o sea, con una Universidad que no ha eliminado las humanidades de su currículum, sino que, por el contrario y cosa más bien rara para nuestros días, hasta cierto punto tiende a estimularlas. Aquí vivimos, mi familia y yo.

Pero nos estamos cambiando, y aquí comienza el drama. Toda la explicación sociológica y politicona que el lector sufrió en los primeros párrafos, tiene que ver con el hecho de que nos estamos cambiando. A Cleveland, para ser más específicos, en el estado de Ohio. Cambiarse, sin embargo, no significa (no significa aquí, por lo menos) el mero de hecho de pagarle el monto de la casa al vendedor y comenzar felices la mudanza. No, no se crea eso, no. Primero hay que hablar con el corredor de propiedades. Primero hay que tener aprobada tu historia crediticia. Primero es decidir el monto del pie que uno va a poner. Hay muchos primeros que acompañan el proceso y no viene al caso detallarlos todos aquí. Además, todos pasamos de una u otra manera por este u otros trámites y hemos sobrevivido al entuerto.

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Sin embargo, la tragedia para uno comienza cuando el cambio de casa ocurre en medio del Mundial. Cuando, horror de horrores, la menor de nuestras hijas tiene que estar el mismo, el mismísimo día del debut de la Roja de todos, dando una examen a esa misma hora, para entrar al kindergarten en Cleveland, Ohio, USA. Todo comenzó con los partidos previos, esos amistosos que transmitidos por la señal norteamericana de ESPN, contaban con reporteros y comentaristas mexicanos, los que hablaban del partido entre Chile e Irlanda del Norte a jugarse en Chilán (sic, repetido tal como suena durante todo el partido) y que señalaban lo importante del Mundial de Sudáfrica para Chile, porque ya habían pasado 28 años desde la última participación de Chile, desde que se celebrara en España. Textual, en vivo y en directo por la señal indicada. Otra joya de estos especialistas fue la cuestión de los nombres, no ahora en torno a las ciudades y la geografía chilensis, sino a los de los jugadores. No es que se equivocaran, aclaro, sino todo lo contario: lo tedioso, lo irritante, lo insoportable de la transmisión de nuestros hermanos mesoamericanos (aquí empieza mi venganza), era ese tic nervioso de nombrar a todos y cada uno de los jugadores por su nombre completo: Celia Punk pasó a ser en ese relato Arturo Erasmo Vidal, Gonzalo Fierro era Gonzalo Antonio Fierro Caniullán, Paredes era Esteban Efraín, Pinto era siempre Miguel Ángel Pinto. Y así.

Pero qué importa, me dije, qué importa si, al fin y al cabo, esto es sólo un amistoso. El destino, no obstante, me tenía deparada otra piedrita en el camino, para convertirme en una especie de héroe romántico en busca de la transmisión perdida. Porque poco antes de partir rumbo a Cleveland, Ohio, mi Damaris, mi esposa cubana y matancera, me recordó que primero teníamos que pasar por Washington D.C., al Congreso de Latinoamericanistas que se va a realizar en George Washington University, previo a la ya mentada Cleveland. Papito -me dijo, con esa delicadeza tan suya que ocupa en las escasas ocasiones en que manda a hacer algo- no te olvides que antes de Cleveland tenemos que pasar por D.C. Y uno, que sabe muy bien que marinero no le desobedece nunca a capitán, tuvo que ponerse a sacar. Porque el 11 estaríamos entonces en la capital de los Estados Unidos de Norteamérica. Y recién el 15, un día antes del debut de la Roja de todos, llegaríamos a nuestra -espero- definitiva Cleveland. Mi frenesí entonces se redujo, por las razones prácticas de un marinero antes esbozadas, a encontrar en la ciudad de la Casa Blanca algún restorán mexicano. Cosa fácil, por lo demás, ya que la comida de este país vecino se encuentra en absolutamente todo el territorio yanqui, de punta a cabo. Llamé, entonces, a una lista no muy larga de expendios de tacos, enchiladas y quesadillas, dispuesto a ponerme a tono con Univisión y el fervor de los compatriotas de David Huerta y Luis Miguel, pero me encontré con que ya estaba todo reservado. Uno tras otro, después de preguntarme Mande?, me ofrecía las más corteses disculpas y me condenaba a perderme lo que venía esperando desde hace cuatro años, desde que Zidane le diera ese cabezazo bien dado a Materazzi y dejara a Francia sin posibilidades de coronarse campeón. Así que ahí estaba yo: en el Hilton Hotel de Washington (Damaris es experta para los descuentos online, sino ni a palos), buscando por toda el área metropolitana de la capital del Imperio por un mísero, un solo bar donde ir a meterme y ver el partido entre México y Sudáfrica. El restaurant brasileño era muy cuico y sencillamente no lo iba a transmitir, aunque do Rio Grande do Sul casi me hacen desistir. El gaucho, restorán argentino como habran podido deducir y absolutamente insufrible por los precios, también estaba, paradójicamente para mí, copado. Al parecer la colonia argentina prospera por estos lares. Y al final, cuando la resignación hacía presa de mí, di con Finn´s & Patrick’s, the absolute Irish experience. Me acordé del partido con los norirlandeses, pero me dije que una cosa era Belfast, otra Dublin y una muy distinta ese Washington enclavado entre el Congreso y la Casa Blanca. Me animé, entonces, a probar alguna cerveza de los locales y a departir esa mañana de viernes con una tropa de irlandeses expatriados y bulliciosos.

Para mi sorpresa, fui el primero en llegar. Segundo: el dueño tenía de irlandés tanto como este servidor y, una vez concluido el encuentro, la única concurrencia que se apareció por  Finn´s & Patrick’s fueron un brasileño que está haciendo su doctorado en Ciencias Políticas y vive por ahí cerca, el abajo suscrito y un colombiano que trabaja en la embajada de su país y que no estaba a más de una cuadra. El primero de ellos dijo hinchar por México, el segundo por Sudáfrica, pero sólo por un viaje que había hecho por allá mientras estaba en la misión diplomática destinada en Mozambique.

El brasileño, Arnaldo Tunes, pagó la primera ronda. El colombiano, Álvaro Torres-Duque, la segunda. Yo me puse con la pizza que nos bajamos a modo de desayuno. Creo que sobra decir que no estaba hecha de acuerdo a ninguna receta irlandesa.

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One Comenta

  1. Lituma
    Posteado el 19/06/2010 a las 9:46 am | #

    No se queje tanto, señor Gómez O.
    Peor es el incilio y esa vuvuzela insufrible que es Solabarrieta y cia.

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