Columna: Sudáfrica 2010

Futbol, rareza y oportunismo

Por José Ignacio Silva

Empezamos a escribir esto sin saber muy bien dónde terminará. El kick off a estos 90 minutos de vaguedad será una arbitrariedad: el fútbol es raro. Es pasión de multitudes, pero también pasión de oportunistas. Un gusto adquirido de quienes suelen arriscar la nariz ante cualquier cosa que huela a pelota, pasto y sudor, pero que abrazan el Mundial como a un ser querido que aparece luego de estar perdido por años. El hincha de Mundial es más papista que el Papa, más barrabrava que el más pulento garrero, y más pontificador que todos los cronistas y sus clichés juntos. Abusa de Salamanca, le pide prestado hasta la majadería lo que natura no le dio. Pero esto durante 30 días, cada cuatro años, por fortuna.

Impresentable, e insufrible es ese hincha de Mundial que vibra con una pelota rodando a miles de kilómetros de distancia, pero que le hace asco al tablón de los estadios de su país. Ese hincha de eliminatorias que lo invitan a ver un partido de la selección, se pinta la cara, se compra el gorro tricolor de bufón medieval, pero que no tiene ni pista de que Colo-Colo juega con camiseta blanca.

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Volvamos a tener la pelota

El fútbol es raro, porque el abrazo más sincero y sentido que me he dado con otro ser humano fue en una cancha de fútbol y fue con un perfecto extraño. Jamás lo volveré a ver, pero nuestra comunión fue total y rotunda. El hincha de Mundial no puede decodificar tal arrebato. Tal vez acá encaja ese poema de Washington Cucurto, “El fútbol es un deporte de hombres dulces/ el fútbol es un deporte de hombres que se quieren con locura”.

El fútbol es raro. Se venden libros (manuales, más precisamente) por montones, que los hinchas de Mundial compran para entender algo que una disciplina de tablón puede enseñar perfectamente. El Mundial es como un simposio en el que todos parecen saber demasiado. Todos llegaron preparados. Todos hablan de fútbol con una propiedad que raya en el desprecio. Una fiesta, en fin. Tal vez todo eso sucede como lo dice Nick Hornby, que se enamoró del fútbol como se enamoró de las mujeres, repentinamente, sin pensar en el dolor que luego implicaría ese querer. Todos se transforman en Hornby, cuando el resto del tiempo no pasan de ser Kipling, que describió a los jugadores como “embarrados idiotas”, y a los hinchas como “almas pequeñas”, o como Borges, que describió al fútbol como esa “cosa estúpida de los ingleses”.

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Instalémonos de mitad de cancha hacia arriba

Oportunistas que creen saberlo todo, casi como Camus (sabio, no oportunista), que aprendió todo lo que tenía que saber de la vida parándose bajo tres palos en Argelia, “la pelota nunca viene por donde uno espera que venga, esto me enseñó mucho en la vida”. El mexicano Juan Villoro, que hizo divisiones inferiores en los Pumas de la UNAM, asegura que Dios es Redondo y que el fútbol está lleno de cosas que no se entienden, “un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que incluso el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades”.

El Mundial es una rara fiesta, una fiesta en la que hoy está Chile. El fervor popular, la gente que agota pantallas y televisores, hace pollas mundialistas, al tiempo que evalúa realizar comilonas y tomateras a las 7:30 de la mañana. Es la gente que le pide al plantel que vuelva con la copa, que vuelva con la alegría que nos robó el terremoto, el presidente que trata de loco al entrenador, que nos robó la crisis, que nos robó el invierno.

Retrocedamos, arropémonos bien atrás, no descuidemos el fondo

¿Pero qué será de Chile en Sudáfrica 2010? Por respuesta, otra ligereza: de Chile se espera todo, pero a la vez nada. De Humberto Suazo se espera que sea el goleador del Mundial, de Jorge Valdivia que ponga los pases con lienza. De Alexis Sánchez que desborde todo, que difumine las líneas de cal con su velocidad. De Bielsa esperamos que se quede. Que no le pase lo mismo que con Argentina en Corea-Japón 2002. Y que se quede. Que se haga chileno, que abrace esta patria que le da tanto cariño. O que se vaya si Chile no gana ningún partido.

Todo eso puede ser nada, porque el fútbol es raro. Puede ser el epítome de lo santo y bueno que hay en el mundo, como cuando se da por hacer de la eliminatoria una epopeya, pero puede ser de una bajeza moral sin cuento, como cuando hace más de 20 años, Roberto Rojas se corta una ceja por Chile, y al mismo tiempo lo condena al total ostracismo futbolero. Puede ser poesía, como lo entendía Pasolini, que veía en gambetas y cachañas un sistema de lenguaje, y al goleador como “el mejor poeta del año”. Con este Mundial de Sudáfrica veremos qué equipos juegan en prosa, y cuáles juegan en verso. Sea lo que sea que signifique esa rareza.

Pitazo final. Se acabó. No se hicieron daño.

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One Comenta

  1. lópez-aliaga
    Posteado el 13/06/2010 a las 8:59 pm | #

    Una vez, en el Santa Laura, recriminé a un hincha que me pareció oportunista. Había gritado todo el partido contra lo que él entendía era un esquema ratón del Lulo Socías. La U ganó finalmente 4-1 y el hincha celebraba desbocado. Yo no me aguanté: ¿y,le dije, no era tan ratón acaso? El tipo me miró un segundo y luego soltó la frase demoledora, por lo cierta, por lo incuestionable: shh, ¿me pagai voh la entrada conchetumadre?

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