Crítica: Matías Bize

Una road movie dentro de casa

Por Ignacia Ilabaca

Mientras escucho Inverness, banda que aporta el tema “Nubes” a la última película de Matías Bize, vuelvo a sentir esa especie de resaca con gusto a tristeza que deja La vida de los peces, una película nostálgica, que gira en torno a los recuerdos y a los vínculos que van quedando atrás con el pasar del tiempo y la distancia.

La vida de los peces es una película episódica (aun cuando Bize dice que no era lo deseado), que transcurre al interior de una casa durante una fiesta, en los espacios íntimos que se crean en las piezas solitarias y cómo éstas se vuelven refugios de los espacios externos, comunes y ajenos para quien no pertenece a ellos o ha dejado de hacerlo. Ese es el caso de Andrés (Santiago Cabrera), quien vive en Alemania hace 10 años y trabaja viajando por el mundo como periodista de turismo. Vuelve a Chile antes de asentarse definitivamente en Berlín y asiste a la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos del pasado, a la que llega también su antiguo amor, Beatriz (Blanca Lewin).

La película se mueve, básicamente, en la oposición de dos partes: el grupo, quienes se quedaron y establecieron y ya no pueden salir del camino que ellos mismo trazaron; y Andrés, que se fue, no ha construido nada sólido y vive como un turista desarraigado. Desde ambos lados se miran superficialmente, incluso de una manera idealista, lo que los hace desear la vida ajena. Unos quieren escapar de sus vidas planificadas y Andrés, a quien la vida que lleva se ha vuelto vacía, añora establecerse y tener un camino para seguir.

Momentos íntimos en espacios interiores

Esta es una especie road movie interior que se estructura episódicamente a través del recorrido de espacios no invadidos por la fiesta en la casa. Allí es donde se generarán momentos íntimos mediante la reconstrucción de la historia de Andrés con los personajes de su pasado, como si sólo en estos lugares apartados y en conversación uno-a-uno las relaciones pudieran alcanzar cierto grado de autenticidad

Cada espacio físico en el que Andrés penetra implica abrir una puerta de su pasado que se revela, que lo interpela y lo sitúa, inevitablemente, como un observador externo de las vidas que los demás han establecido. Por otra parte, este dispositivo de lugares que albergan personas con las que Andrés dialoga, genera una variedad de miradas sobre lo que dejó y lo que posee, en relación a los otros.

Por momentos, este dispositivo se vuelve un tanto funcional, sobre todo cuando la función informativa supera la expresiva, tan potente en algunos pasajes, y que es el gran mérito de la película: emocionar, empatizar y comprometerse con los personajes.

Aun cuando la música original de Diego Fontecilla se caracteriza por la calidez, el cuidado y  acorde a lo que resulta al ánimo de la película, La vida de los peces me pareció a ratos sobre musicalizada, especialmente en los de mayor intimidad y profundidad. Estos, en sí mismos -por la puesta en escena-, ya eran potentes, lo que transformaba a la música en un elemento que diluía la construcción cinematográfica planteada. De esta manera, la música volvía un tanto recargada la expresividad de algunas escenas, como si no se hubiera confiado en su propia fuerza.

En términos generales, me parece que la última película de Bize es sólida, está bien narrada (aun cuando podría haber gastado menos energía en informar) y posee una retórica clara. La vuelve versátil y le aporta fluidez el hecho de poder transitar por los espacios con personajes distintos, con cargas dramáticas y cinéticas diversas.

A pesar de ser una película clara en el principio de esencialidad que propone, extraño una radicalidad estilística, aun cuando soy consciente de que eso rompe con las intenciones propuestas por el director. Creo que es una película que funciona bien, pero a la que le falta riesgo a causa del exceso de cuidado y pulcritud.

¿Es recomendable? Yo diría que sí. ¿Es una gran película? Diría que no. Creo que una película que se acerca peligrosamente al estándar de “una buena película”, se acerca, asimismo, peligrosamente a la discreción y a la falta de particularidad, a pesar de los méritos nombrados aquí.

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