Por Pablo Rosenzvaig
Antes de jugar a ser adulto y antes de saber quiénes serían tal vez mis verdaderos amigos, estuvo el cine.
Antes de empezar a interesarme por los cuerpos que no eran el tuyo propio vi a las minas de Celentano o a las acompañantes de James Bond. Antes de que a mis amigas le empezarán a crecer las tetas vi a Sarli o a Sofia Loren o a Bardot. Antes de darle un beso a nadie me di cuenta de a poco, que si me iba a medir con la pantalla, estaría perdido de por vida.
Quise mil veces decirle a alguien: siempre tendremos la esquina de Ayquina con Colón porque aún no conocía París.
Volví al cine a repetirme una película de perdedores cuando me sentí perdido, fui a reírme con un chiste por vigésima vez para saber si aún seguiría riéndome. Volví a ver de nuevo a Tarkovski para saber si podría encontrarlo más inteligente que Billy Wilder.

Cometí tal vez mi primera falta a la ley cuando tuve que colarme a películas prohibidas para menores y también supe que haberme hecho amigo del cojo del Cine Rex para dejar de tener que colarme, se parecía demasiado a ciertas estrategias de Marlon Brando cuando acariciaba a su gato.
El cine fue y es demasiado en mi vida. Llegué incluso a decirle a gente: “te contesto mañana”, no porque iría a confesarme a la iglesia, sino porque necesitaba escuchar de nuevo un diálogo porque para mí, ahí estaba la verdad.
Cuando mis amigos no me contestaban porque no querían o no podían, iba al cine.
Cuando yo aburría al mundo o el mundo me aburría, iba al cine.
Cuando todo me sonaba igual, iba al cine.
Cuando me cansaba del futbol, del colegio o de que quise dar un beso y me corrieron la cara, volvía al cine.
Me enamoré y desenamoré en el tiempo que dura entrar a una película y salir de la sala.
“Típica película de judío amargado”, “¿cómo puede ser que salga McLuhan de atrás de un cartel?”, “sueca tenía que ser”, “no te puede gustar Gena Rowlands al mismo tiempo que Julia Roberts”, “deberíamos haber ido a ver esa película serbio croata albanesa en vez de esta apología al imperialismo”, “no es posible que tengas una lectura troskista de Titanic”.
Los que fueron alguna vez mis amigos de los sábados de películas ya ni sé si existen, las primeras mujeres con las que vi Condorman preferían a Superman antes de que fuera inválido y hay caras que siguen cambiando. Nuevos amigos, nuevos jefes, nuevos rollos mentales y también corporales.
Todo parece cambiar pero Bogart sigue igual y River Phoenix sigue tocando ese piano de mentira y bailando con James Taylor y no se trata de nostalgias sino de puros presentes.
Las preguntas que tenía antes han cambiado, pero hay películas que para mí aún no se agotan ni en lo más mínimo y seguiré viéndolas hasta que llegue el día que no tengan nada que decirme.
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2 comentarios
Que hermoso paso por las butacas de la vida. Gracias pablo, nos seguimos leyendo…
El cine parece ser la nueva iglesia para muchos. Politeísmo de pantalla le llamo yo y estoy deacuerdo cuando vas ahí en busca de respuestas.
¿No serás un Allan Felix (Woody Allen) de Play it again, Sam? Huelo a gafas y ojos imparpadeantes.
saludo desde la luna.