Álvaro Enrigue

Buscando la novela-novela

Por Cristóbal Carrasco

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En Hipotermia y Vidas Perpendiculares, tus dos últimos libros, existe una relación entre ellos que es la figura del padre y del hijo, cada libro mirando esa relación desde veredas distintas ¿Fue una decisión deliberada?

No fue una decisión deliberada, pero si hay una pregunta constante en mi trabajo, es el problema de la paternidad, pues el tema de la relación entre padres e hijos se discute poco. Más allá de eso, es una cuestión autobiográfica: lo más importante que me ha pasado en mi vida es ser padre, pues a partir de los hijos he construido un mundo emocional distinto, y que es muy parecido a la literatura, en el sentido que te pone a salvo de todo lo demás. En ese sentido, tanto la familia como la novela es un espacio para la barbarie, para hacer lo que te de la gana. En Vidas Perpendiculares hay claramente una irritación con las figuras paternales, que es una obviedad decimonónica, pero que en la novela pensé voluntariamente que tuviera, como la muerte del padre y la muerte de dios.

En ambos libros también hay un trabajo sobre la forma de armar un libro ¿qué tan difícil ha sido ese proceso?

Conforme voy adquiriendo experiencia como es escritor, más me cuesta editar un libro. Terminé una novela hace más de un año y sigo sin terminarla de armar. En ese sentido Vidas perpendiculares fue un libro dificilísimo de armar, tenía todos los relatos y una idea clara de lo que quería, que básicamente consistía en crear una novela como un Ipod en versión shuffle, pero me costó mucho terminarla.

Tampoco, en los dos libros, no hay ninguna simetría en los capítulos.

No tengo una simetría para los libros. Escribí una novela simétrica alguna vez, pero no me gustó el ritmo. Creo que para poder terminar un libro debes tener reglas de un juego que debe seguir, y a mí la regla de la simetría no me funciona. Ahora, la novela que escribo en este momento es como de Balzac o Vargas Llosa y me ha costado muchísimo abatir esos ritmos, poder trabajar con capítulos cortos, con acciones muy intensas, que se extiendan mucho y luego acciones muy extensas que duren muy poco de ser contado.

¿Y qué relación tienen Hipotermia y Vidas Perpendiculares?

Yo veo a Hipotermia y Vidas Perpendiculares como un solo libro, o como dos libros puestos uno encima del otro, pero eso sí fue intencional. Fue tan jodido e irritante para la critica y la prensa decidir si Hipotermia era un libro de cuentos o una novela, que pensé que tenia que seguir jodiendo un poco más. Lo que viene ahora es una novela-novela-novela,

Para calmar a los críticos.

Yo lo veo como un achique, es decir, una vuelta atrás para poderse lanzar a otra cosa. Por otra parte, creo que es algo que hacer: alguna vez en la vida: tienes que ir a la virgen de Guadalupe un 12 de diciembre, alguna vez en la vida tienes que ver un partido en el Maracaná, y alguna vez tienes que escribir una novela-novela.

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Christopher Dominguez-Michael señaló en su crítica a Hipotermia que los relatos del libro no pertenecían a la tradición de Borges ni a la de Chéjov. ¿cuáles son las referencias de ellos en tu obra?

Tuve el mal de Borges durante muchísimo tiempo. Como generación escribimos contra Garcia Márquez y contra Borges, aunque desde la admiración, por supuesto. Por otro lado de Chéjov es el mejor escritor de cuentos y punto. Pero creo que ser consciente de su propia literatura es imposible, pues contar una historia ya es suficientemente difícil para preocuparse sólo de eso. De modo que si tuviera que elegir a alguien, elegiría a Chéjov. Además, leer a Borges después del Borges de Bioy Casares es dificilísimo, pues la figura se vuelve empalagosa. Sin embargo, me he dado cuenta todo lo que le debo a Chéjov, sobre todo en la forma de terminar los cuentos. Para hacer la cita santiaguina, la forma de terminar los cuentos de Bolaño es claramente chejoviana, es decir, en ambos final podría haber quedado cinco páginas antes o después

En el relato “Meteoros”, de Hipotermia, el protagonista señala que Rubén Darío, en su llegada a Buenos Aires, «jaló la cadena de un inodoro milenario, y que existe un principio y un fin en su obra». ¿compartes esa opinión y en qué sentido tiene que ver con la conferencia de la Cátedra Bolaño?

Absolutamente. Darío es el principio y el fin de la modernidad latinoamericana, y para mí es un héroe, es decir, si hasta los 13 años era Indiana Jones, ahora es Rubén Darío. Por otro lado, es una figura muy incómoda, sus relaciones con el poder eran muy jodidas, pero por otro lado eran indispensables. Para mí es una obsesión con la que he estado viviendo muchos años. Pero el inicio la conferencia de la Cátedra Bolaño no tiene que ver con la cursilería del modernismo, sino las políticas que están detrás de eso, o la falta de ideología que está detrás de eso.

Y Darío también aparece un antecesor de los escritores como viajeros, que se mueven en diversos países y publican en todos ellos.

Darío vivía como estrella, pero no le alcanza. Darío en ese sentido es una figura tutelar, que viaja por todo el mundo, que ha vivido en muchos lugares, pero que no tiene cómo pagarlo y que no tienen cómo llegar a fin de mes.

Ahora, parte de la cursilería a la que se refiere tu conferencia se relaciona con los libros que has nombrado como cursis, como Canto General o Rayuela ¿en qué se asemeja esa cursilería a la falta de humor?

Yo no tengo problema con ser serio, pero sí tengo un problema con tomarse en serio. En ese sentido, la cursilería es un fenómeno de la lengua, es decir, no puedes ser cursi sin hablar en español, y pasa por, digamos, quedarse en off-side, y muchas veces es producto de ese tomarse en serio. Ahora, soy un lector fervoroso de Neruda y Cortázar, y además, son escritores a los que tengo admiración. Sin embargo, creo que son escritores que hay que desmarcarlos. Me preocupa en ese sentido la cursilería de la izquierda, pues en algún momento, los valores republicanos se convirtieron, y así la cursilería que era un asunto de conservadores de clase baja, pasó a ser propiedad de la izquierda liberal latinoamericana. Y en ese sentido, tanto Canto General y Rayuela son de una cursilería inmensa, pero son también libros buenísimos. Por último, si es que hemos estado observando que la cursilería es un fenómeno de clases medias, que la literatura es también un fenómeno de clases medias, cómo es que no lo hemos juntado.

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Siguiendo el trabajo que hizo Eduardo Halfon en El ángel literario ¿cuál es el momento en que decidiste ser escritor?

He mentido muchísimo sobre eso, pero haré un esfuerzo por ser honesto. Pero creo que tengo que fue cuando leí Rojo y Negro a los quince años, en unos de esos viajes horrendos que hice con mis abuelos. En uno de esos viajes, descubrí que si estaba leyendo nadie me jodía, y el mundo que pasaba dentro de esa pieza era mucho más vasto, más cabrón y más entretenido que la vida allá afuera.

Pasando a otro punto ¿cuál es tu opinión de la literatura mexicana hoy?

Creo que la literatura mexicana es un ecosistema saludable, pero no sé si es una gran literatura. Dudo que exista ahora un escritor que dure, o que exista él escritor que iba a hablar por México.

¿Y la figura de Sergio Pitol?

Para mí es fundamental Pitol. Ahora, hay una cosa autobiográfica, y es que cuando Pitol volvió de su trabajo diplomático, se mudó al barrio donde yo vivía y entonces yo lo veía caminar y sacar a pasear a su perro, y lo seguía por todo Coyoacán. En ese sentido, leí las novelas de Pitol, pero fueron los cuentos de Pitol cuando tuve ya una relación directa con él, sobre todo en el modo de acercarse de la literatura. Pero para mí, por otra parte, existe un momento fundamental, y ese es la salida de El arte de la fuga. Recuerdo haber ido a la presentación del libro en la Feria de Guadalajara y podías ver cómo se acababan las filas de libros, y a pesar de ser un libro durísimo, y que se vendía como un libro de Ruiz Zafón.

¿Y tu relación personal con él?

En una presentación, Sergio Pitol se me acercó y me dijo «leí tu libro» y desde ese momento somos amigos. Por eso, cuando le dieron el Cervantes, sentí que me lo daban a mí, pues sentí que se reivindicaba un tipo de escritura que no se asociaba a las etiquetas del mercado. Ese tipo de literatura genera mucha salud, pues permite que un escritor joven no tiene por qué escribir una novela-novela y no tenga que estar arraigado a un género. En ese sentido, sin Pitol no podría haber escrito Hipotermia.

Alguna vez has señalado la importancia que ha tenido para ti la lectura de San Agustín o la Biblia, ¿cómo llegaste a leerlos?

La peculiaridad mexicana aquí importa. Desde la revolución, México se volvió una dictadura laica, más parecida a Hussein que a otra cosa. En nuestro colegio existía un túnel que nos llevaba a la iglesia, y cuando llegaba el inspector de gobierno, era como la GESTAPO entrando al gueto, era el arrancadero de crucifijos. Es decir, verdaderamente la religión estaba prohibida. Entonces ser una lector de la Biblia y de San Agustín y es una extravagancia. Por otro lado, San Pablo y San Agustín son la piedra de toque de la cultura occidental, es donde se articulan los valores occidentales.

Algo que se demuestra en tus libros

Yo hago un juego en Hipotermia con los epígrafes de San Agustín, porque todos dependen del mismo párrafo, pero hay sólo una frase que está escamoteada, y que dice: «el amor es mi peso, yo voy donde quiera que va» y que es, en gran medida, de lo que trata Hipotermia, o al menos así lo veo yo.

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