Crítica: Denis Johnson

Otra carretera

Por Cristóbal Carrasco

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El año 1983, mientras los cines proyectaban El retorno del Jedi y Metallica lanzaba su Kill ‘Em All, éxitos casi instantáneos de una generación de losers que se acostumbraría con fervor al Internet y a ganar dinero gracias a ella, un escritor llamado Denis Johnson decidía dejar la poesía para convertirse en un narrador que, escapando al inmediato pasado beatnick de las historias de carreteras y de la vida suburbana, modificará sutil pero perentoriamente el recorrido de la literatura norteamericana.
Fruto de esas casualidades irrelevantes, Denis Johnson nació en Munich el año 1949, pero su obra ha estado ligada desde siempre a Estados Unidos. Antes de Angeles Derrotados, (novela que Anagrama decidió reeditar el año 2009 para su colección Otra vuelta de tuerca) y desde los veinte años, Johnson era un poeta tan notable que en 1981 ya había ganado el National Poetry Series por su libro The incognito lounge. Sin embargo, llegó 1983. En esa época, Johnson no se convertía aún en el secreto mejor guardado de la literatura norteamericana ni era tampoco aquel autoexiliado que detesta las entrevistas. Era, en ese momento, un poeta conocido por pocos que decidió, gracias al editor Alfred Knopf, dar el salto hacia la prosa.

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Por esa razón, la obra de Johnson siempre parecerá la estela de un poeta que dejó de serlo, pero que, al mismo tiempo, mantiene como agarrado de la mano izquierda los tiempos en que escribía en verso. Confiando en esa mezcla, Johnson publicó una novela basada en la historia de dos personajes (Bill y Jamie) que parecen, al menos en sus actos, tan prosaicos y perdedores como cualquier ciudadano medio de Norteamérica, pero que, en la forma en que los hace hablar el narrador, están dotados de una capacidad contemplativa increíble. Casi al comienzo de la novela, Jamie, madre de dos niñas y fugitiva de un matrimonio fallido, imagina que “por un instante era la cabeza llameante de un hombre que pasaba como una exhalación por la durmiente oscuridad de los viajeros y que sólo ella podía verla”. Esa, al final de cuentas, era la única forma de poesía con la que Johnson podía contar.
Al mismo tiempo, la historia de Angeles Derrotados da cuenta de una tradición de road novels que, en Norteamérica, se inscribe desde Huckelberry Finn del centenario Mark Twain, hasta el On the road de Jack Kerouac. Sin embargo, lo que en los demás autores parece el final de la novela, para Johnson configura sólo el inicio.
En Angeles derrotados, los protagonistas se conocen en un autobús Greyhound y deciden vivir juntos la sombra de un futuro donde todo es indeterminado y extrañamente correcto. Lo que sigue en la historia -los delitos, la soledad, la miseria y, de nuevo, los delitos- parece advertir que si bien la vida en carretera puede ser peligrosa, los peligros de las residencias pueden lesionar aún más.
Como en las buenas novelas, la pasión de los personajes existe en un estado latente en relación con sus actos, como si esa labor dependiera meramente del narrador, y toda la vorágine, todo el éxtasis del fracaso, empiezan justamente al final de esos viajes, cuando Bill y Jamie mantienen sus ojos abiertos pensando qué hacer en una calle de Chicago. Por eso mismo, en la novela de Johnson, las vidas de dos personajes derrotados se entrecruzan para perderse aún más, y es Johnson, con un talento extraordinario, quien convierte el fracaso de las malas decisiones en el centro de su primera gran obra.

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