Crítica: Los Bárbaros

El principio del mundo bárbaro

Por Juan Francisco Uriarte

Tapa Los Bárbaros

Somos esquizofrénicos. Lo sospechaba desde hace un tiempo, pero días atrás caí en la cuenta. Repito: todos somos esquizofrénicos. Los síntomas de la dolencia, nebulosos y oscuros pero siempre alrededor nuestro, son aclarados por un italiano, académico él, llamado Alessandro Baricco, también conocido como “el autor de Seda”, aquella novelita preciosa donde la poesía y la mejor expresión de la redundancia comandan las riendas de un amor inolvidable. Esa destreza narrativa se pone al servicio de Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, libro que recopila una serie de columnas que el autor publicó entre mayo y octubre de 2006 en el diario romano la Repubblica, y al que podemos acceder en español a través de una edición reciente de Anagrama.

Como toda persona que ostenta más de cuatro décadas en esa valija que nos sigue a todos lados y que llamamos vida, Baricco se pregunta por los cambios que se están produciendo en estos tiempos. Pero no sólo se sienta a meditar, sino que intenta explicárselos a él mismo y en ese intento los expone también, en un ejercicio casi semanal de análisis y escritura que por momentos resulta endeble, no del todo atinado, pero que cuando acierta nos deja con la sensación de haber sido despertados por una cachetada y por una perorata del tipo “¡¿no ves esto, no podías verlo?!”.
La tarea esencial del texto es poner luz sobre los choques que se dan entre el “alma burguesa” –que valora el esfuerzo, la determinación, la profundidad de los saberes y los conocimientos– y los bárbaros, que tienen al placer como horizonte y al movimiento como valor supremo. Claro que Baricco nunca señala con el dedo a los bárbaros, nunca los ubica en un estrato social, ni siquiera en una franja etaria. Ellos son señalados por sus actividades, por su modo de actuar, por sus intervenciones en la cultura.

Luego de una explicación de varios epígrafes que signarán la dirección del libro, el autor da cuenta de los Saqueos –título del segundo capítulo del volumen– que se dan en tres ámbitos arrasados, según su parecer, por los bárbaros: el vino, el fútbol y los libros. Cada uno con sus particularidades, estos terrenos se vieron silenciosamente invadidos por las hordas bárbaras, y modificados para siempre. Si bien hay procesos diferentes, con sus temporalidades y particularidades, el avance bárbaro es resumido por Baricco del siguiente modo: “…con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso.” Ahí esta la clave. Solo así podría explicarse la irrupción del consumo del vino “hollywoodense” –término sumamente peyorativo que alude al vino norteamericano– en países como Tailandia o Brasil, por ejemplo, cuando históricamente, nos relata Baricco, la producción vitivinícola era una tradición italiana y francesa que muchas veces se confundía con el arte. Siguiendo aquella frase, también, podrá llegarse a una explicación de la pasmosa cantidad de títulos firmados por estrellas efímeras provenientes de lo que en Argentina conocemos como el “espectáculo”, que lamentablemente está presente en la televisión, la radio, el teatro y los diarios. Donde se lo busque.
Luego de esta revisión, el italiano emprende una caminata sin retorno y se adentra en la tierra misma de los bárbaros, en su meca, su lugar de paso constante y diario: Google. Aquel lector que con lo expresado sobre el vino, el fútbol o los libros aún no termina de convencerse del planteo de Los bárbaros, cuando llega acá no le quedan más armas para responder a las evidencias de la mutación. Respirar con las branquias de Google es El capítulo del libro, porque pone en evidencia el mecanismo que subyace en el buscador más popular del planeta, y que está cambiando nuestra manera de pensar, de construir saber.

Disculpen por las citas, pero no encuentro mejor manera de expresarlo: “Lo que nos enseña Google es que en la actualidad existe una parte inmensa de los seres humanos para la que, cada día, el saber que importa es el que es capaz de entrar en secuencia con todos los demás saberes. No existe casi ningún otro criterio de calidad, incluso de verdad, porque todos se los traga ese único principio: la densidad del Sentido está allí por donde pasa el saber, por donde el saber está en movimiento: todo el saber, sin excluir nada. La idea de que entender y saber signifique penetrar a fondo en lo que estudiamos, hasta alcanzar su esencia, es una hermosa idea que está muriendo: la sustituye la instintiva convicción de que la esencia de las cosas no es un punto, sino una trayectoria, de que no está escondida en el fondo, sino dispersa en la superficie.” Y un poco más adelante agrega Baricco que “el gesto de conocer debe ser algo parecido a surcar rápidamente por lo inteligible humano” y nos recuerda que ese gesto tiene un nombre, lo conocemos todos, lo practicamos casi todos los días: surfear, navegar, webear. Esa es la dinámica bárbara, el surfing, el webeo diario, sin entrar en la profundidad de las ideas, de los conceptos, de los hechos. “¿No ven la levedad de ese cerebro que está en vilo sobre la espuma de las olas?” Esa fue la última cita, lo juro.

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El libro continúa su camino explorando tópicos tan interesantes y constructivos como el alma, el esfuerzo, la música clásica o la guerra. Pero en vez de seguir ese camino y volver a caer en la tentación de transcribir nuevos extractos, quisiera destacar dos casos en los que el avance de la mutación se deja ver como iluminado por el sol en una mañana veraniega. El primero de ellos fueron las declaraciones del director del diario británico The guardian, Alan Rusbridger, quien en una entrevista reciente se mostró ansioso por la llegada de la versión para el iPad del periódico. La ansiedad de Rusbridger es un síntoma claro: el segundo periódico más leído del planeta (después del New York Times) no puede estar fuera de la lógica actual, que demanda más contenidos multimedia, más complementos gráficos, más imágenes, lo que redunda en una consecuencia clara: menos texto. Menos lectura. No pretendo plantarme como un enemigo de las herramientas multimedia actuales, no lo soy, pero es esta actitud, es esta necesidad de conquistar con más y mejores diseños en lugar de mejores escritos lo que quiero señalar. Se vende lo mejor diseñado, lo más agradable a la vista, lo más rimbombante. El contenido viene después.

El segundo caso viene de una confesión lanzada al pasar por Enrique Vila-Matas. En un texto en el que relataba un viaje para participar de un festival, el autor de Dublinesca nos cuenta que, la noche anterior a su participación, al momento de repasar unos ensayos sobre los cuales realizaría una exposición, tuvo pereza de leer y se puso a ver la televisión. Ese sencillo acto, producto seguro del cansancio, es un reflejo de lo que les hablaba al principio, de nuestra esquizofrenia. El hecho de que un tipo como Vila-Matas elija ver los noticieros de la TVE antes que leer –lo dijo así: “Me daba pereza de leer y encendí el televisor”– es un signo de que algo está cambiando, algo poderoso, y demuestra las diferencias de comportamientos que pueden existir en una misma persona. Así, un escritor español puede pasarse cuatro horas escribiendo por la mañana, dos leyendo un ensayo sobre Baudelaire a la siesta, cenar en McDonalds y cerrar el día anteponiendo la atrapante “caja boba” antes que el recorrido por unas páginas fantásticas.

En estos actos simples, nos dice Baricco, están las muestras del cambio, que no es más ni menos arrasador que los que se dieron a lo largo de siglos anteriores, pero que se está gestando con la velocidad de una ola gigantesca que amenaza con barrer casi todo. No hay que negarse al cambio, hay que tratar de entenderlo, de incorporarlo a nuestras vidas porque todos formamos parte de él. Pero habrá que elegir, en este trance, qué queremos preservar para las generaciones futuras, qué queremos transmitirles, porque este va dejando de ser nuestro mundo. Este es el principio del mundo bárbaro.

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3 comentarios

  1. Sebastian
    Posteado el 14/04/2011 a las 9:50 pm | #

    Este libro me perturbó en exceso; lo que más llamo mi atención era la mirada complaciente de Barricco, ante un fenomeno que la Sontag o Vargas Llosa no dudan en catalogar de apocaliptico. hace 80 años Wittgenstein advirtio que la sociedad tecnologica nos llevaría al abismo; el libro de barrico, de una faceta abiertamente bizarra nos invita a aceptar ese abismo. es como que un sicologo nos enseñara a amar a un hijo drogadicto que rechazamos. barrico dice: el futuro sera espantoso, pero no hay otro, asi que soportenlo de la mejor manera posible o idos a tomar por el c… su postura es tragicamente democratica, si a la mayoria le va you tube en vez de shakespeare, pues ¡que se joda shakespeare! es una lastima tener que meterse en la encrucijada del elitismo para salvaguardar la cuestion. la cultura, solo puede ser reafirmada por las elites, la plebe en los años que vienen rapidamente olvidaran lo que son los libros, y los niños que nacen en estos años puede que jamas tengan en la mano uno de verdad, ocupados como estaran con sus i pad y accesorios analogos.

    saludos

  2. JFU
    Posteado el 13/07/2011 a las 6:42 pm | #

    Pese a que coincido en parte de lo que decís, Sebastián, disiento en cuanto a lo que plantea Baricco. No es que sea “complaciente”. Advierte que estamos ante algo inevitable. Esa, creo, es la esencia del libro, que plantea tratar de adaptarnos de la mejor manera para lo que viene y rescatar lo mejor de lo que tenemos hoy para que -ojalá- subsista.
    Otros saludos.

  3. janguabarc
    Posteado el 14/08/2011 a las 4:02 am | #

    Frente a una ola que viene hacia ti solo hay tres posibilidades, una es quedarse estático y que la fuerza de ella te arrastre como un monigote, la segunda es darse vuelta y agarrar el impulso de ésta para ir en su dirección y el tercero es nadar hacia ella y capearla. La pregunta es,¿Cual debe ser nuestra actitud frente a eso?. Yo, personalmente prefiero nadar hacia la ola y superarla, asi me mantengo en el mar, pero siempre tengo la opción de salir a tierra firme, eso sí, cuando yo lo desee, no porque una ola me tiro.

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