Por Matías Correa
Segunda Parte
Entre otras cosas:
sobre bóvedas ajenas y conciencias secretas,
un colgado incompleto, un canicidio y
una manca monstruosa;
el relato de un hombre que pedalea
contra la más violenta de las tormentas,
una historia de reuniones imposibles
y dos anécdotas sobre desencuentros fatídicos
e inesperados golpes en la puerta;
además, de todo lo que alguien recuerda
haber olvidado en un cajón,
sobre un zoológico que solo existe
los domingos por la tarde
y de una mujer que acarrea el mundo
en sus pantalones;
narraciones pedestres
sobre hombres extraordinarios
e individuos ordinarios
de biografías
excepcionales.
UN MIEDO DE ESOS QUE NUNCA DEJAN DE VESTIR PAÑALES
Como toda bóveda que se precie de tal, aquella descubierta por Pölier también era el simulacro de una segunda conciencia. Es éste un símil capicúa que, como unos pocos y afortunados palíndromos, no pierde fuerza al ser leído a la inversa. Porque si es cierto que las bóvedas son como mentes extrañas, también lo es el hecho de que en la conciencia del otro se advierte un escondite secreto. Sin duda, se trata de un símil pedestre. Pero ¿existe acaso alguna figura más cómoda para pensar la mente ajena que la de una oscura caja negra? nos regodeamos con nuestros pensamientos e ideas imaginándolos como fetiches privados, extraños a todo quien sea incapaz de revisar los ficheros que ordenan la propia cabeza. De ahí quizá su fascinación —o sea, la de Pölier— al haber descubierto el escondite de Jonas. Porque tras esa pequeña puerta oculta en la pared de su salita, además de una libreta de notas, un lápiz grafito y un paquete de cigarrillos, había un territorio virgen, ahora abierto a ser explorado por la curiosidad del avejentado Albert Pölier.
Apenas un detalle: había un accidente de esta privada geografía cuya comprensión escapaba un miedo de esos que nunca dejan de vestir pañales de las manos de Pölier. Él podía entender que alguien quisiera ocultar del mundo una libreta de notas y también le parecía razonable tener a mano un lápiz dentro del mismo escondite, pero ¿cigarrillos? ¿Por qué una persona habría deseado mantener eso, precisamente eso en secreto?
La explicación más simple: quizás alguien no querría que él fumara. Podría haber sido su madre, su padre o, incluso, ambos. Claro que esto solo sirve como respuesta si Jonas todavía era muy joven cuando cerró la puerta de esa bóveda por última vez. Sin embargo, no hay que ser un niño para temer que otros descubran nuestros vicios. Pölier lo sabe muy bien: la vergüenza está lejos de ser un miedo de esos que nunca dejan de vestir pañales. (todavía le ocurre, cada vez que en lugares públicos Albert Pölier hurga en su nariz, la adrenalina excita sus sentidos debido al pavor que experimenta por la sola posibilidad de que alguien llegue a voltear de improviso la cabeza en un semáforo rojo, o de que un desconocido irrumpa intempestivamente en el baño donde él esté entreteniendo sus humores nasales). Sí, era posible que Jonas —ya maduro o precoz, da igual— fuera un fumador reservado. Cómo no, si hay quienes ven pornografía exclusivamente a solas o que leen a escondidas —y no necesariamente revistas sucias, también historietas, la Biblia y demás libros de autoayuda—, debía existir, y de hecho existe, gente incapaz de disfrutar sus cigarrillos si no es en secreto.
Pero además de la cuestión del tabaco, estaba esa sentencia con que terminaba la libreta de Jonas: Las fronteras de un mundo feliz no coinciden con las medidas de un mapa trazado para desgraciados. Un aforismo como ése volvía inconcebible para Pölier que el dueño de la libreta hubiese sido un niño. Es que los niños, simplemente, no suelen escribir sobre esas cosas. o, por lo menos, no deberían. Sería peligroso para ellos, desolador para el resto de nosotros, si pudieran hacerlo. Guardar silencio y no volver a anotar nada más después tan terrible despedida, siendo apenas un chiquillo —Pölier no quería pensar en ello—. Nadie debería ser capaz de aprender modos tan patéticos con las palabras a tan corta edad. Es algo que hemos de evitar, que un niño, sin importar cuán genial sea, hable así del mundo, de los hitos que circunscriben la felicidad.
¿Y qué tal si tras semejante sentencia se escondiera una lumbrera en su adolescencia? no era absurdo pensar en Jonas como el doble de un joven rimbaud con problemas de tabaquismo. Eso resultaba más tolerable. Pölier se figuró un rostro cubierto de granos, parcialmente oculto por una larga chasquilla, que caía lacia hasta llegar a medio camino del puente de la nariz. El Jonas que se imaginaba pasaba las noches sentado frente a un escritorio, sosteniendo un cigarrillo en una mano (la izquierda, suponía Pölier) y un lápiz grafito en la otra. Tal vez fue ahí, sobre ese escritorio, en esa libreta, donde, por última vez, habría escrito el joven Jonas: Las fronteras de un mundo feliz… luego, tras dejar para siempre esa habitación, ese departamento y ese edificio, urgido a escapar del pueblo —acosado por quién sabe qué fantasmas—, Jonas habría olvidado su libreta de notas para que Pölier viniera a encontrarla y deleitarse con ella años después.
Más que por haber descubierto que el dueño de la libreta pudo haber sido un adolescente, Pölier se alegró con la posibilidad de que Jonas siguiera vivo. Ello porque difícilmente podían haber pasado más de cinco, diez o quince años, desde la última vez que alguien abriera la puerta falsa tras la cual se escondía la bóveda. Y si Pölier estaba en lo cierto, Jonas lohmiller debería estar ahora cerca de la treintena o incluso todavía al final de sus veintitantos. Así fue cómo su interés, lo que en un principio no era más que un atado de conjeturas, se transformó en una trama de suposiciones, la cual, finalmente, dio lugar a una prístina ocurrencia:
—Seguramente le gustaría tenerla de vuelta —pensó Pölier en voz alta y, entonces, al tomar cuerpo, aquella idea devino exigencia: tendría que ubicar a Jonas y devolverle su libreta.
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One Comenta
Excelente libro. Saben si se viene otra publicación? Saludos